editorial

Colón

La reciente masacre, acaecida en Colón, es un hecho casi inexplicable y en parte todavía sin resolver. Esta situación ha causado una fuerte conmoción y ha acaparado la atención del pueblo panameño. Los medios de comunicación, las redes sociales, los comentarios de la ciudadanía y la misma Iglesia católica, con su pastor Mons. Manuel Ochogavía a la cabeza, se han referido al crimen y han reaccionado desde diversas perspectivas, pero con unánime rechazo.

¿Cómo explicar el hecho? ¿Por qué suceden estas cosas? Son preguntas que todos nos hacemos, y también por supuesto los creyentes. Y preguntas que no tienen desde luego una respuesta fácil.

Los sucesos de Colón han puesto al descubierto la raíz de los males del pueblo colonense. Una situación de inequidad y clamorosa injusticia, un abandono de parte de los gobiernos, una educación deficiente que daña para siempre a los niños, jóvenes y adolescentes, el cáncer de la violencia pandillera y los negocios ilícitos, la carencia de un plan de desarrollo coherente y humano, las actitudes de pereza y la situación de precariedad laboral.

Pero también y frente a esta situación, nos recuerdan a todos la necesidad de reafirmar con fuerza la importancia de la familia, la educación integral y atención a la juventud, la creación de fuentes de trabajo honesto y debidamente remunerado, el combate contra la violencia y las engañosas fuentes de dinero fácil, la denuncia de la injusticia, el sentido de un desarrollo integral y humano, no meramente económico, el rescate de los valores y la lucha contra los vicios.

Después de los crímenes de Colón no se puede volver a lo mismo, no basta castigar a quienes los perpetraron, sino que es preciso eliminar sus causas y comprometernos todos con una forma diferente de pensar, actuar y vivir.

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