Los recientes hechos de violencia en Antón, San Miguelito y otros puntos del país vuelven a poner sobre la mesa una pregunta urgente: ¿cómo recuperar la convivencia? Familias, educadores, Iglesia y especialistas coinciden en que la respuesta no puede limitarse a la acción policial.
Karla Díaz
La violencia dejó de ser una noticia que ocurre únicamente en determinados barrios o sectores del país. En las últimas semanas, hechos registrados en lugares como Antón, San Miguelito y Rana de Oro han vuelto a sacudir a comunidades enteras y han instado nuevamente a preguntarnos, ¿qué está pasando con nuestra capacidad de convivir?
En Antón, la conmoción llegó después de varios hechos violentos registrados en pocos días. Entre ellos estuvo el asesinato de una joven futbolista de 23 años. Las investigaciones apuntaron a una posible relación con grupos pandilleriles, aunque las autoridades señalaron que el móvil todavía estaba bajo investigación.
Pocos días después, familias de Antón salieron vestidas de blanco a las calles para pedir paz. La caminata, organizada por la parroquia San Juan Bautista y encabezada por el padre Saúl Gaona, fue una respuesta comunitaria ante una realidad que, para muchos habitantes, comienza a generar miedo y a modificar incluso sus hábitos cotidianos. El propio padre Gaona advierte que no se trata solamente de los asesinatos que ocupan titulares.
Existe también una violencia silenciosa que se desarrolla dentro de los hogares y que, aunque no siempre termina en una denuncia, puede dejar profundas heridas.
“No podemos normalizar la violencia”, sostiene el sacerdote, quien llama a las familias a acercarse nuevamente a sus hijos, conocer sus amistades, saber con quiénes conversan y recuperar el tiempo que se dedica a acompañarlos.

La violencia también comienza en silencio
La preocupación encuentra eco en quienes trabajan diariamente con niños y familias.
Desde Santa Librada Rural, Chivo Chivo, Elidia Castro, madre maestra, conoce de cerca las realidades que enfrentan muchos hogares. Para ella, la violencia no siempre comienza con un golpe o un disparo. Puede comenzar con una palabra, con la indiferencia, con la ausencia de afecto o con un niño que crece sintiendo que no es escuchado.
Castro señala que la falta de oportunidades económicas, la frustración y determinadas condiciones sociales pueden convertirse en factores que alimentan los conflictos. Pero insiste particularmente en algo: los niños necesitan amor, atención y acompañamiento.
Desde su trabajo como madre maestra, enseña a los pequeños, incluso, a manejar el enojo. Un niño puede molestarse, explica, pero eso no significa que deba responder golpeando. Técnicas sencillas como respirar, contar hasta diez o detenerse antes de reaccionar son pequeñas herramientas que pueden ayudar a construir desde la infancia otra manera de enfrentar los conflictos.
Búsqueda de respuestas en lugares equivocados
Rutilio Pérez y su esposa Candy, coordinadores nacionales del Movimiento Familiar Cristiano y vinculados también al ámbito educativo, consideran que detrás de cada hecho violento existe una historia familiar.
Rutilio advierte que la sociedad está experimentando una pérdida progresiva de valores, mientras niños y jóvenes reciben influencias diversas y, en ocasiones, buscan respuestas en lugares equivocados.
Como docente, plantea una preocupación que debería interpelar a toda la sociedad: ¿en manos de quién estamos dejando las futuras generaciones?
Para la pareja de esposos, la formación humana y cristiana debe preceder a la formación académica. No basta con formar buenos profesionales si no se forman también personas capaces de respetar, dialogar y reconocer la dignidad del otro.

La violencia doméstica también habla
Las estadísticas del Ministerio Público muestran que el problema tampoco está solamente en las calles.
Entre enero y noviembre de 2025 se registraron 15.013 denuncias por violencia doméstica, un 4,7 % más que las 14.341 contabilizadas durante el mismo período de 2024. En ese mismo lapso se registraron 3.693 denuncias por maltrato de niños, niñas y adolescentes.
Estas cifras permiten comprender mejor una de las preocupaciones expresadas por los entrevistados, y es que la violencia social también puede tener raíces en la violencia cotidiana que se aprende y se reproduce dentro de los hogares.
La psicóloga Ángela Correa plantea, precisamente, esta relación. A su juicio, la convivencia en la sociedad termina siendo un reflejo de lo que ocurre dentro de las casas.
Estrés, poca tolerancia a la frustración, dificultades para manejar las emociones y falta de empatía forman parte de un escenario que, según la especialista, requiere una toma de conciencia.
Los niños y adolescentes, advierte, aprenden observando. Copian conductas y, cuando no se les enseña una manera asertiva y cordial de resolver los conflictos, pueden terminar reproduciendo aquello que han visto.
Por eso, su propuesta comienza con algo que parece elemental, pero que resulta cada vez más urgente, y es detenerse, observar cómo estamos actuando y decidir cambiar la manera en que reaccionamos.
Acompañar más allá del templo
Para Rutilio Pérez, la respuesta tampoco puede descansar únicamente sobre el Estado. La Policía y las instituciones de justicia tienen una responsabilidad fundamental, pero la prevención requiere la participación de las familias, las escuelas, las organizaciones sociales y la Iglesia.
El Movimiento Familiar Cristiano trabaja en esa dirección. Pérez explica que se busca impulsar espacios de formación sobre comunicación familiar, relaciones de pareja, convivencia y otros aspectos que permitan acompañar a las personas en situaciones concretas de la vida.
La propuesta es llevar esa formación también fuera del espacio estrictamente litúrgico, acercándose a quienes, quizás, no participan regularmente de la vida parroquial.
Para el padre Saúl Gaona, la catequesis, la familia y la vida de fe deben estar conectadas. La fe no puede reducirse al cumplimiento de ritos; debe traducirse en la manera en que las personas se relacionan con los demás.
El desafío es enorme, las cifras lo confirman y las comunidades son testigos. Pero quizás la recuperación de la convivencia no comience con una gran respuesta nacional, sino con decisiones pequeñas y cotidianas en lo interno de una familia, donde un padre escuche a su hijo, una madre acompañe, una pareja aprenda a dialogar y una Iglesia que sale al encuentro de quienes más necesitan ser escuchados.
