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“Dios está por doquier encendiendo nuestra esperanza”

Redacción: [email protected]

Monseñor José Domingo Ulloa, arzobispo de Panamá, durante la eucaristía diaria que desde su casa transmite FETV Canal 5, aseguró hoy que Dios “está por doquier, “a través de tantos ángeles sin alas, pero con mascarillas y guantes” que están a nuestro alrededor.

«Dios está en la gente que hoy lleva mascarillas y guantes y nos ayudan»

El Arzobispo aseguró que Dios está “detrás de cada médico, de cada enfermera, de cada cajera de supermercado, de cada conductor de ambulancia, detrás de cada sacerdote y religiosa, detrás de nuestra gente de pastoral de la salud, detrás de cada padre y madre de familia, que nos ayudan a mantener viva la llama de la fe”.

El Señor, dijo Monseñor Ulloa, está detrás “de tantos trabajadores que quisiera quedarse en casa y no puede, porque tiene turnos de día y de noche expuestos al peligro, pero que asumen esta responsabilidad para que el país y tu yo tengamos al menos lo necesario.”

La homilía del Monseñor Ulloa se centró también en la murmuración.

El arzobispo aseguró que lo que nos está matando, más que el coronavirus“es el veneno de la murmuración y del chisme”, es “la lengua de serpiente” que algunos tienen.

“La murmuración se une al chisme, y las dos van creando aquel clima que amarga las situaciones y las relaciones”, señaló monseñor Ulloa, en el contexto de lo que ocurre hoy en medio de la pandemia, cuando por las redes y WhatsApp, se esparcen rumores y noticias falsas.

“La murmuración acaba con matrimonios, con familias, comunidades, grupos, iglesias y parroquias”, enfatizó.

 

El texto completo de la homilía completa de monseñor Ulloa, a continuación. 

Hermanos:

Que esta crisis sanitaria nos fortalezca, y nos permita caminar juntos en la contención y atención de la pandemia, para salir adelante como país. 

Un itinerario de quejas, que ignora la providencia de Dios

Eran frecuentes las quejas en el Israel del desierto. Había en ellas fundamento: el desierto es hostil e inhóspito; Egipto parecía más seguro (sobre todo idealizado desde lejos).

Y el pueblo quería seguridades. Por eso murmuraba, no sólo contra Moisés –el líder perceptible-, sino también contra Dios –responsable último de aquellas incomodidades-.

El ciclo se repetía mil veces: protesta airada, castigo pedagógico, conversión forzosa e intercesión de Moisés, perdón y salvación generosos por parte de Dios. Y vuelta a empezar, pasadas unas cuantas dunas.

 ¡Qué difícil es aprender a confiar cuando uno lo esta pasando mal! 

La narrativa de la Primera Lectura del Libro de Números, en la Liturgia de hoy, es para nosotros el retrato de un momento duro, dramático y cruel del pueblo de Dios caminando por el desierto.  Y nos revela que la actitud del pueblo de aquella época puede ser también la actitud de nosotros, el pueblo de hoy.

Hoy la Palabra nos revela una gran tentación que se convirtió en pecado cuando el pueblo se dejó apoderar el sentimiento de murmuración.

Y hermanos, el alma que murmura entra en la reclamación y pierde el sentido de gratitud. 

El alma que murmura solo ve las cosas por la óptica negativa de la maldad, y es incapaz de reconocer la bondad, el lado bueno y verdadero de las cosas. 

El alma que murmura es contaminada por una mala hierba, peligrosa y venenosa, que contagia todo el cuerpo y todas las sensaciones de la propia existencia humana.

El alma tomada por el sentimiento de la murmuración contagia los demás con aquellos sentimientos, porque nadie murmura para sí, murmuramos para los demás y queremos que los demás se conviertan también, picados por esta serpiente en la que, muchas veces, nos convertimos cuando reclamamos de todo.

Reclamamos del sol, de la lluvia, del camino, del asfalto, de las piedras; reclamamos del agua y de la luz; reclamamos por la vida. Y personas que reclaman se convierten amargadas, pesadas e insoportables por donde caminan.

La cuestión es que la persona murmuradora y tóxica, no  sabe que es así; el murmurador no toma consciencia del mal que toma cuenta de él. 

El murmurador no toma consciencia de que él está infectado, envenenado; y por donde él pasa, contamina con su veneno. Y de esto no se escapa ni la sociedad ni la iglesia.

Vivimos en el medio de una sociedad y una Iglesia enfermas, que están preocupadas solo con el virus, el cual sabemos que mata. 

Sabemos del peligro del coronavirus, sabemos del peligro de muchas otras enfermedades, pero también hemos de tener en cuenta el  peligro terrible que es la murmuración.

La murmuración acaba con matrimonios, con familias, comunidades, grupos, iglesias y parroquias. 

La murmuración se une al chisme, y las dos van creando aquel clima que amarga las situaciones y las relaciones. La murmuración hace que de las piedras salgan los diez mil expertos que todo lo saben. La murmuración hace que todos den recetas. Pues les dijo que no es momento de dar recetas; es momentos de ponernos a hacer el pastel. No preguntemos ¿Por que no se hace esto? ¡Hagámoslo!

Por la murmuración, el pueblo de Israel se fue quedando enfermo. Fue así que el  pueblo estaba infectado y contaminado; fue así como fueron picados por las cobras, y todas las serpientes tomaron cuenta del pueblo en el desierto. 

Por eso, si no fuera por Dios, si no fuera por la intercesión de Moisés, si no fuera por la serpiente de bronce que fue puesta allí para que aquel pueblo mirase y quedase sanado, todos habrían muerto.

Queridos hermanos, estamos muriendo y pereciendo hasta la eternidad, porque estamos dejando que el veneno de la murmuración y del chisme, tome cuenta de nosotros. 

Hoy nosotros tenemos un antídoto también para la enfermedad de la murmuración.

Miremos al Jesús crucificado y pidamos que Él sane nuestra lengua de serpientes, pidamos que Jesús sane nuestra alma de los sentimientos más duros y crueles que existen dentro de nosotros, que nos llevan siempre a querer reclamar, a ver el mal, a ver las cosas por el lado negativo.

Quien es sanado por Jesús, quien experimenta el amor misericordioso de Él, lleva cura y bendice para donde está, pero quien quiere quedarse en la enfermedad del mal de la murmuración, lleva maldición por donde camina.

Permitanos ser sanados por Jesús.

En plena Cuaresma, somos invitados una y otra vez a la confianza, más allá de la queja y la protesta: Dios es siempre fiel a sus promesas, aunque parezcan lejanas y necesiten una larga paciencia.

Una invitación a descubrir a Jesús, más allá de cualquier controversia

Jesús era un enigma para los judíos, que no acababan de descifrar su identidad. Lo juzgaban desde ‘abajo’, y así les resultaba desconcertante; su origen y su destino eran objeto de frecuentes controversias que no aclaraban nada. Partiendo de los criterios de siempre, no era posible discernir su sorprendente novedad.

Por eso conversión en la situación que cada uno viva es situarse en otro plano, contemplar al Hijo del Hombre desde ‘arriba’, desde la fe, desde la perspectiva de Dios. 

Por eso es necesario dejar a un lado ‘lo de siempre’ y abrirse a lo nuevo y prometedor. Es necesario recibir, con un corazón bien dispuesto, aquella Buena Noticia que Jesús trae de parte de Dios un hombre sin ningún poder, pero dotado de una impresionante autoridad: la de su palabra luminosa y penetrante.

Las dudas sobre él se disiparían definitivamente –lo anticipó él mismo- cuando fuera ‘levantado’ sobre la tierra; entonces se sabría por fin quién era. 

El sentido de la elevación del Hijo del Hombre sólo puede entenderse a la luz del misterio pascual de su muerte y resurrección. 

Para el evangelista Juan ése es el momento por excelencia de la glorificación de Jesús: cuando sea elevado sobre la cruz, será elevado también en la gloria y su condición divina aparecerá a los ojos de todos, al mismo tiempo que la verdad de sus palabras.

Preguntémonos sólo estas dos cosas: ¿Hemos descubierto en la cruz de Jesús al enviado de Dios que ha venido a salvarnos? ¿Aceptamos las contrariedades de la vida, con la convicción de que en ellas está siempre presente el mismo Dios que acompañó a Jesús en la cruz?

Es ahí donde deberemos mirar para ser sanados. Hace unos días nos recordaba el Papa Francisco cómo “tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. 

Por eso en medio del aislamiento nos decía el Papa Francisco el viernes pasado:  allí donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado” (Meditación en la Bendición Urbi et Orbi, para pedir por el fin de la epidemia del coronavirus, 27 de marzo de 2020)

San Juan Pablo II nos decía con fuerza en un encuentro con jóvenes en Chile: “el amor vence siempre, como Cristo ha vencido; el amor ha vencido, el amor vence siempre. Aunque en ocasiones, ante sucesos y situaciones concretas, pueda parecernos impotente, Cristo parecía impotente en la CruzDios siempre puede más” (2-IV-1987). 

Mirar al que ha sido “levantado” de lo alto. Volvamos nuestra mirada a Cristo crucificado. La cruz revela la plenitud del amor de Dios. Cristo traspasado en la cruz es la revelación más impresionante del amor de Dios (cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2007).

Mirando al que ha sido “levantado” de lo alto oremos con el salmo de hoy: “Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti; no me escondas tu rostro el día de la desgracia. Inclina tu oído hacia mí; cuando te invoco, escúchame en seguida”.

Recordemos los creyentes no somos de piedra, y podemos sufrir no sólo la preocupación, sino experimentar también una desazón que termina sumiéndonos en el miedo. 

Miedo por lo que está sucediendo ahora y por lo que luego vendrá cuando pase el huracán de este sunami y vemos cómo han quedado tantas cosas.

La vida duele, a todos nos duele, pero cuando se tiene fe y percibimos que Dios nos acompaña abrazando nuestras preguntas, secando nuestras lágrimas y encendiendo nuestra esperanza, entonces la vida, aunque siga doliéndonos, ya no nos destruye. 

Es lo que vemos en estos días por doquier a través de tantos ángeles que sin alas, sino con mascarillas y guantes, detrás de cada médico, de cada enfermera, de cada cajera de supermercado, de cada conductor de ambulancia, detrás de cada sacerdote y religiosa, detrás de nuestra gente de pastoral social/cáritas, pastoral de la salud, detrás de cada padre y madre de familia, nos ayudan a mantener viva la llama de la fe y a poner en acto la creatividad del amor y la certeza de la esperanza. Detrás de los trabajadores del aseo, recolectores, conductores, hormiguitas; la Policía, los Bomberos, los uniformados del Servicio Aeronaval, del Servicio Nacional de Frontera, Sinaproc… Qué decir del personal de supermercado, abarroterías, la tienda del paisano, o los trabajadores que permiten que el agua y la luz el internet estén funcionando, los empleados de la banca, los agricultores, ganaderos. 

Hoy se nos invita pues a salir de nuestra zozobra, de murmuración, a superar nuestro sufrimiento, para abrirnos a la compañía del buen Dios, a la intercesión de María Nuestra Señora de la Antigua. 

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