DiócesisPanamá

Dios nos envía a su Hijo para que lo acojamos entre nosotros

Desde su humilde pesebre, Dios hecho Hombre, nos anuncia que el ser humano no encuentra su felicidad en bienes materiales  —que hoy buscamos desesperadamente— ni en conocimientos tecnológicos cada vez más sofisticados. Estamos necesitados de amor y del calor humano para sentirnos plenamente felices.

La distorsión actual de lo que es progreso y desarrollo, centrado en el tener más que en el ser, ha provocado que nos encerremos en nosotros mismos, cerrando las puertas de nuestras vidas a los demás.

El ser panameño —tan cálido y humano, tan festivo y hospitalario— se ha tornado desconfiado y frío debido a ese adoctrinamiento que impera en nuestras sociedades mediáticas, defensoras del individualismo y la competencia por ser más que el otro. Este esquema egoísta debe ser cambiado con urgencia antes de que sea tarde.

El Misterio de la Navidad nos habla de todo lo contrario, porque se centra en la persona y el bien común, poniendo la esperanza en Nuestro Salvador, quien siendo Dios se hizo hombre, y siendo hombre se hizo servidor de los demás.

Nos corresponde, entonces, imitar a nuestro Maestro Jesús, quien fue una casa de puertas abiertas para todo aquel que se le acercó. Tenemos a la vuelta de la esquina la Jornada Mundial de la Juventud, un evento único que nos dará la oportunidad de ser anfitriones de los jóvenes del mundo, a quienes podremos darle acogida en nuestras vidas y en nuestros vecindarios, tal como lo hizo el Maestro con la gente de su tiempo, y aprendieron a hacer las primeras comunidades cristianas.

Acogerlos en nuestras casas será la mayor riqueza que nos dejarán estos muchachos. En los hogares de acogida es donde en realidad se vivirá la JMJ. Abrir nuestras residencias a la juventud mundial será abrirlas también al mismo Cristo, que está tocando y quiere entrar.

Necesitamos imperiosamente esa experiencia en nuestras vidas porque también será un testimonio que Panamá le dará al mundo, demostrando que aquí las comunidades, pero también la economía y la política están redirigidas para que su centro sea decididamente el servicio a la vida y a la protección de nuestros jóvenes y de la naturaleza.

Recordemos que “la libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral (LS 112).

En medio de precarias comodidades, el Niño Jesús nos dice que es posible la alegría cuando recibimos su nacimiento rodeado de un manto de amor y de solidaridad.

Celebremos la Natividad del Señor en la sencillez y la humildad con la que vino a habitar con nosotros, y que esto nos lleve a ser solidarios con el prójimo, con los necesitados no solo de lo material sino también de lo espiritual.

¡Feliz Navidad!

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