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Ecos de la misión juvenil arquidiocesana

Isaac Jaime viene de la parroquia San Nicolás de Bari, de Arraiján. En el “santo sorteo”, quedó ubicado para la misión en Nueva Gorgona, Chame, y hasta allá se fue Dios para tocarlo.

Isaac trata de contarnos cómo le fue: “No encuentro palabras para describir mi alegría. ¡Todo fue tan waoo!”

Y agrega: “Yo jamás había vivido algo así. Esta misióbn me hizo comprender lo que narra la escritura respecto a la primera comunidad de cristianos, en la que compartían las alegrías y tristezas (…) me hizo interiorizar más la vida de oración, y reconocer tantos errores que uno no se da cuenta que comete (…) pero con mis hermanos practicábamos la corrección fraterna y esto me ha ayudado a crecer como una persona de fe”.

Evangelizador evangelizado

Con los misioneros ocurre que vuelven ellos “salvados y liberados”. Será la pícara inocencia de nuestros campos, el buen sabor del café hecho con agua de río, o porque Dios en definitiva habla mejor através de los pequeños. José Cedeño, quien desde la parroquia San Judas Tadeo, fue a misionar en las montañas de Capira, relata lo siguiente: “Definitivamente Cristo está en mis hermanos, en la gente que visitamos, en las personas por quien orábamos, con las que platicábamos, y también en aquellos que no abrieron sus puertas”.

Reconocer a Dios en el sufrimiento

Cuando vemos el dolor, el sufrimiento, la reacción siempre es de huida. Pero para la gente que habita en esos campos donde ahora se fue a misionar, es difícil huir. Toca afrontar, y confiar.

Algunos de los jóvenes misioneros tuvieron ocasión de ver el dolor humano cara a cara.

“Dios nos permitió poder sentir dolor por ellos y y con ellos”, cuenta Azael, de la Zona 4.

Y añade: “Como dice el Papa Francisco,  ¡Uno no es cristiano si no siente el dolor humano!”. Ante las diversas situaciones encontradas, “orábamos por aquellos enfermos sin trabajo, tristes, desolados porque, convencidos de que Cristo es el único que nos sana y nos salva”.

Pero también se incomodan los misioneros cuando los sacan de su zona de cónfort para servir a los demás. Tal es el caso de Solymar, joven adolescente de Veracruz, quien habla de la disciplina que se necesitaba para entrar en el ritmo de oración.

“Tocaba levantarnos de madrugada para hacer las oraciones del día, y terminar igual, orando, ese rigor nos hacía reconocer la inmensidad de cosas que nos perdemos sentados en nuestras casas”.

Comunitario

Irwin, proveniente del sector Este de la Arquidiócesis, reconoce que “en el momento que nos flaqueaba la fe, venía Cristo en forma de un compañero misionero que exhortaba a seguir adelante, o en el momento de las comidas que quizás no era lo que se pensaba, pero el Señor nos mandaba alimento con tan buenas personas que desinteresadamente ayudaban a los misioneros”. Milagros, de Juan Díaz, dice que ya extraña lo que quedó atrás. “Mi corazón todavía está triste, pero no es porque se acabó, si no porque Cristo nos regaló grandes compañeros para compartir junto a ellos el mensaje salvífico del evangelio, y los hemos dejado atrás para seguir la vida. Cristo nos ha mirado con amor al regalarnos esta misión arquidiocesana”.

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