La voz del pastor

EL CARÁCTER APOSTÓLICO DE LA IGLESIA

Mons. Oscar Mario Brown

“La Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” ( LG 1).  Y es apostólica, en primer lugar, porque está fundada sobre los apóstoles, testigos elegidos, formados y enviados en misión especial por el mismo Cristo.  En segundo lugar, porque, asistida por el Espíritu Santo que habita en ella, guarda y transmite la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles.  Y, finalmente, porque los apóstoles siguen instruyéndola, santificándola y dirigiéndola hasta el retorno de Cristo, por medio de sus sucesores en el ministerio pastoral:  el colegio de los obispos, asistido por los presbíteros, junto con el sucesor de Pedro y sumo Pastor de la Iglesia.

Dios Padre ha enviado a Jesús al mundo para hacernos partícipe de su propia vida, por la fe y el bautismo.  Desde el inicio de su ministerio, Jesús instituyó el grupo de los Doce para formarlos y enviarlos (“apostél-lo”) a predicar y prolongar su propia misión.  Unidos a él, como el sarmiento a la vid, tienen todas las garantías de dar fruto (Jn. 15), y saben que Dios los ha constituido como “ministros de una nueva alianza” (2Cor.3: 6),” ministros de Dios” (2Cor.6: 4), “embajadores de Cristo” (2Cor.5: 20), “servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1Cor.4:1).

Serán los testigos elegidos de la resurrección del Señor y el fundamento de la Iglesia, y contarán para siempre con la presencia y el auxilio del Señor.  “Esta misión divina, confiada por Cristo a los apóstoles, tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que deben transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia.  Por eso, los apóstoles se preocuparon de instituir sucesores” (LG 20).

La fuerza semántica del verbo griego “apostel-lo” lo hace especialmente apto para señalar este fin: con el sentido de enviar, era distinto de su sinónimo “pémpo”, pues establecía una relación especial entre el mandante y el mandado, que lo constituía en representante o encargado suyo, al paso que “pémpo” destacaba más el simple acto de enviar.

“Apostel-lo” traduce el verbo hebreo “shalah”, que acentúa el encargo o la investidura del enviado, que adquiría para aquella tarea la misma autoridad que la persona mandante.  Por eso, los Setenta lo prefirieron por encima de “pémpo”, sobre todo, para indicar la misión de los profetas de Israel para hablar en nombre de Dios (Jer. 1:7; Ez. 2:3).

De este verbo deriva el sustantivo “apóstolos”, o apóstol, que adquirió el significado técnico de persona que convivió con el Jesús terreno y los Doce elegidos por él, desde el bautismo por Juan, hasta su resurrección y glorificación, como testigos de estos hechos ( Hch.1:21-22).

Algunos le regateaban a Pablo este título, porque decían: 1- que no había tenido contacto con el Jesús terreno; 2. No había sido testigo con los Doce de las apariciones pospascuales del Resucitado; y 3. Por eso mismo no había sido enviado como apóstol, ni por Cristo, ni por los doce apóstoles de Jerusalén.

En este contexto polémico, Pablo reivindica para sí el título de “apóstol de Jesús” pues su apostolado, dice, no le viene de hombres, sino de la voluntad eterna de Dios (2 Cor.1:1; Col 1:1); y es obra de “Jesucristo y de Dios Padre” (Gal.1:1).

Con lo dicho, Pablo no se incluye entre los Doce; no afirma que ha sido enviado por el Jesús terreno.  Pero declara que ha visto a Jesús resucitado en el camino de Damasco, lo mismo que los Doce (1Cor.15:5,7-9).  Afirma que también el ha sido enviado por Cristo resucitado en misión apostólica, igual que todos los otros apóstoles a los que se apareció Cristo, y que se le ha confiado el carisma específico de ser el apóstol evangelizador de los paganos (Gal.2: 8-10).  

El envío misionero surge del mismo Jesús, que a su vez envía a los apóstoles.  En la obra lucana, se restringe este título a los Doce.  Se responde de este modo a la necesidad de tener un criterio seguro de garantía de fidelidad a Cristo y a su mensaje.  Para ello, Lc. subraya el papel de los Doce como garantes autorizados y completos de la tradición evangélica.  Esta función fue transmitida por los Doce a los presbíteros-obispos, sus sucesores, con el rito de la imposición de manos y de la “elección a mano alzada (“jeirotoneo” Hch14:23), con la activa participación de la misma comunidad (1:23) y de sus profetas (13: 1-3) en la elección de los candidatos”.  Por eso, la Iglesia enseña que “por institución divina, los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia.  El que los escucha, escucha a Cristo; el que, en cambio los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió” (LG 20).

Toda la Iglesia es apostólica, por la comunión de fe y vida con su origen, a través de los sucesores de Pedro y Pablo y los demás apóstoles.  Y toda ella lo es también por haber sido “enviada” al mundo entero.   Todos los miembros de la Iglesia comparten este envío, si bien de diferentes maneras “la vocación cristiana es también vocación al apostolado”, es decir a la actividad que tiende a propagar el Reino de Cristo por toda la tierra. La fecundidad del apostolado depende de la unión vital con Cristo.

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