Espiritualidad

El gran criterio de santidad cristiana

Confiesa San Agustín, que uno de los textos del Evangelio que más le impresionaban, cuestionaban y ponían en crisis era la escenificación del juicio final del capítulo 25 de San Mateo, cuando el Señor juzga a los seres humanos  y los separa a la derecha o a la izquierda según un único criterio, que Francisco llama “el gran protocolo”: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» ( Mt 25,35-36), o no lo hicieron o hiciste así (Francisco, Gocen y alégrense, GE 95) .

Es reafirmar y profundizar la bienaventuranza que declara felices a los misericordiosos. Y es por lo tanto una aclaración fundamental de la identidad de la vida y la santidad cristiana. ¡El cristianismo es Cristo! Proclamó el Papa durante la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá. No es una religión, sino una fe y una vida; un encuentro personal con Jesucristo que nos transforma, para vivir con Él, por Él, en Él y como Él.

La oración es como la respiración de la fe, pero para vivir la santidad cristiana, como hemos cantado tantas veces, no basta rezar; hay que vivir, actuar, hacer…sobre todo obras de misericordia. “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis. Decía San Juan Pablo II que «si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse». El texto de Mateo 25,35-36 «no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo». En este llamado a reconocerlo en los pobres y sufrientes se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más profundas, con las cuales todo santo intenta configurarse” (GE 96).

El mismo Juan Pablo II y el Documento de Aparecida explica que creer en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía no es afirmar que solamente en este sacramento está el Señor realmente presente. También está presente realmente en la comunidad (donde dos o tres se reúnen en su nombre), en la Palabra (que realmente es Palabra de Dios), en los pobres y los que sufren: ahí quiere que le reconozcamos igualmente (ver Juan Pablo II, Iglesia en América 12; Aparecida n. 257).

 Como concluye Francisco: “Ante la contundencia de estos pedidos de Jesús es mi deber rogar a los cristianos que los acepten y reciban con sincera apertura, « sine glossa », es decir, sin comentario, sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza. El Señor nos dejó bien claro que la santidad no puede entenderse ni vivirse al margen de estas exigencias suyas, porque la misericordia es «el corazón palpitante del Evangelio».

 Cuando encuentro a una persona durmiendo a la intemperie, en una noche fría, puedo sentir que ese bulto es un imprevisto que me interrumpe, un delincuente ocioso, un estorbo en mi camino, un aguijón molesto para mi conciencia, un problema que deben resolver los políticos, y quizá hasta una basura que ensucia el espacio público. O puedo reaccionar desde la fe y la caridad, y reconocer en él a un ser humano con mi misma dignidad, a una creatura infinitamente amada por el Padre, a una imagen de Dios, a un hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?” (GE 97-98).

Al final de la vida nos examinarán sobre el amor. Pero no un amor teórico, poético o solamente dirigido a Dios; sino un amor real, encarnado, dirigido necesariamente también al hermano, especialmente a los pobres, enfermos, sufrientes, víctimas de la violencia o la injusticia. Y comprometido con la construcción de un mundo más justo, más fraterno, más humano, a la vez que concretado en obras de misericordia y acciones concretas. Es la dimensión horizontal, social y política del Evangelio, que no podemos olvidar. De ahí nace la opción preferencial por los pobres, tantas veces proclamada y renovada en la Iglesia de América Latina, que nos llama a todos a la conversión.

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