Catequesis

Amigos del Espíritu Santo

La familia humana, hoy más que nunca, redescubre el sentido de la vida ante la realidad que le golpea. Los catequistas sabemos que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida, ayer, hoy y siempre. El levantamiento de la cuarentena ha provocado en las personas inquietudes por el hecho de salir de casa después de casi dos meses de encierro, en algunos miedo y en otros negación de las exigencias de bioseguridad. Los catequistas necesitamos sensibilizarnos con esta realidad para actualizar la promesa de Jesús, “No tengan miedo”, “Yo estoy con ustedes hasta el último día”.  El invitó a sus discípulos a permanecer en su amor y a esperar El Espíritu Santo: «Os he dicho esto, para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea colmada» (Jn 15, 11; cf. 17, 13).  

La alegría verdadera es don del Espíritu Santo. Es necesario que el catequista viva en amistad con el Espíritu Santo, a través de la oración para que le ayude a cultivar los frutos que el Espíritu da a sus amigos, sobre todo la alegría en medio de la tribulación.  San Pablo afirma en diversas ocasiones que «el fruto del Espíritu es alegría» (Ga 5, 22), como lo son el amor y la paz. Está claro que habla de la alegría verdadera, esa que colma el corazón humano en toda circunstancia de la vida.

Los cristianos, según San Pablo, repiten en sí mismos el misterio pascual del Cristo, que pasa por la  cruz, pero su coronamiento es la alegría en el Espíritu Santo para quienes perseveran en las pruebas. Es la alegría de las bienaventuranzas de los afligidos y los perseguidos (cf. Mt 5, 4. 10-12). Recordemos que también San Pedro, por su parte, exhortaba: «Alegraos en la medida en que participáis de los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria» (1 P 4, 13). Entonces este tiempo es de gracia para todos los catequistas, pues en medio de las dificultades está llamado a seguir en su misión para que otros tengan vida plena en Cristo.

Busquemos la amistad con el Espíritu Santo y pidámosle que encienda cada vez más en nosotros el deseo de cultivar sus frutos y crezca esa amistad con Él, que un día gocemos de su plenitud: «Danos virtud y danos la alegría eterna». Amén

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