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¿Descubriste que somos iguales?

Bernardina de Moreno

Hace semanas atrás, nosotros vivíamos nuestras diferencias a nuestro modo, unos mirando desde “su posición social” a sus semejantes con altivez y orgullo por sentirse superior. Pensábamos que la tecnología era lo último en progreso en la tierra y por circunstancias ocurridas quedó demostrado lo contrario. 

Éramos felices, tal vez en otra época, y hasta ahora nos dimos cuenta. Sucede que, precisamente por esas circunstancias que vivimos ahora, los jóvenes estudian de forma virtual sin presencia física y los adultos mayores sufren de soledad. Cuando estamos enfermos añoramos la salud, y al estar presos la libertad. 

Ahora bien. Analicemos el hecho de que, la humanidad seguía un patrón de vida que regía su conducta, la sociedad tenía sus normas y clasificaciones bien definidas y cuadradas; ricos aquí, pobres allá, blancos, negros, poderosos, marginados, andrajosos e indigentes. Tú tienes… Tú vales…  eres intocable. La forma en que nos relacionamos con los demás fue creando esa diferencia de clases sociales que prevalecía en nuestra forma de tratar a los demás, nuestro confort social nos tenía ubicados en nuestra posición social. Un poderoso millonario jamás le cruzaría por la mente ser igual en dignidad, a un pobre. Recordemos el pasaje bíblico de el mendigo Lázaro y el rico Epulón. 

Dios en su infinita misericordia observaba la conducta del ser humano creado en libertad, dueño y señor de sus actos, olvidando que, el pan no se hecha a los perros. 

La comunidad mundial, con su diversidad de cultura, vivía sumergida en sus intereses personales, sin importarles si Dios, había dicho esto, o aquello, eso no tenía relevancia para nadie, bastaba tener poder y fama y vivir en un mundo creado a sus antojos y caprichos, después que yo tenga y pueda, a disfrutar.

Pero, una mañana el planeta amaneció patas para arriba, como si hubiera ocurrido una hecatombe universal. Algo invadió la mansión del rico y el jacalito del pobre, poniendo en peligro la integridad física del uno y del otro. El poderoso y orgulloso pensó: a mí nadie me toca (como al Titanic), el pobre como el publicano del evangelio, sin levantar la cabeza, suplicó misericordia.

 Un día, la mansión de vidrio del intocable, fue impactada por un objeto que violó su seguridad, se dio cuenta que era vulnerable. No podía defenderse, estaba a merced de su enemigo, igual que el pobre en su ranchito, y descubrió por fin que eran iguales. 

Sucede que los tiempos de Dios, son perfectos, ni antes ni después., ya nada será igual, o escuchamos el, ¡Shema humanidad! Y reconocemos que Dios, es uno y tenemos que amarlo y obedecerlo, o seguiremos dando coses contra el aguijón, como si fuéramos ateos. 

Ante Dios somos iguales y hasta ahora lo hemos descubierto, al darnos cuenta de que, ante la enfermedad y la muerte, todos somos vulnerables.

Dios nos creó a su imagen y semejanza, con la misma dignidad de personas, para que nadie se crea superior a los demás. El puso en nuestras manos un mundo perfecto, con todo lo necesario para vivir, y ser felices, no hay costilla de los demás, sino viviendo en armonía, compartiendo los bienes creados, para que existiera paz entre los hombres. 

Aprovechemos este tiempo de prueba, para sacar ventaja y hagamos un giro de ciento ochenta grados, para darle un nuevo rumbo a nuestras relaciones interpersonales, tomando en cuenta que, al crearnos iguales, Dios quiso que tuviéramos la misma oportunidad de vivir como hermanos, iguales con dignidad de personas creadas a su imagen y semejanza. 

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