Para cientos de egresados del Colegio Javier, el Servicio Social Javeriano no fue simplemente una actividad escolar. Fue una experiencia que cambió su manera de mirar Panamá y de comprender el verdadero significado del servicio.
Karla Díaz
Creado en 1970, como respuesta al llamado de la educación jesuita de formar hombres y mujeres comprometidos con la fe y la promoción de la justicia, el Servicio Social Javeriano celebra más de cinco décadas de historia.
El primer grupo de estudiantes vivió esta experiencia en 1971 y, desde entonces, miles de jóvenes han compartido durante varias semanas la vida cotidiana de comunidades rurales del país, donde colaboran en proyectos educativos, sociales y de construcción, convirtiéndose en protagonistas de una formación que trasciende las aulas.
El programa constituye la culminación del proceso de formación humana y cristiana que el Colegio Javier ofrece desde los primeros años de escolaridad. A través de convivencias, retiros y experiencias de preparación, los estudiantes llegan al décimo grado listos para vivir un tiempo de inmersión comunitaria que busca acercarlos a las realidades más vulnerables de Panamá y despertar en ellos una conciencia social permanente.

Aprendí a agradecer más
Una de esas estudiantes fue Glinys Burke, quien realizó su Servicio Social en el 2008 en la comunidad de Quebrada El Rosario, en el distrito de Las Minas, provincia de Herrera.
“El Servicio Social me hizo conocer otra manera de vivir que muchas personas en Panamá ni siquiera imaginan. Allí entendí cómo viven muchos niños, jóvenes y adultos en el campo, y aprendí a valorar todo lo que tenía en mi casa”, recuerda.
Antes de llegar a la comunidad, los estudiantes participaban en un proceso de preparación que incluía convivencias y un “pre-servicio”, donde experimentaban, aunque fuera por unos días, condiciones similares a las que encontrarían posteriormente.
“Nos iban preparando para cocinar con leña, usar baños de letrina, vivir a veces con electricidad y a veces sin ella, probar alimentos que nunca habíamos visto y, sobre todo, aprender a agradecer. La gente compartía contigo lo poco que tenía con una generosidad impresionante”.
Durante un mes permanecieron lejos de sus familias y también de sus grupos habituales de amigos. La organización del programa buscaba, precisamente, favorecer el encuentro entre estudiantes de distintos salones para fortalecer nuevos vínculos de amistad y trabajo en equipo.

Trabajo sin distinción
Cada estudiante recibía una responsabilidad específica dentro de la comunidad. “Me tocó enseñar a niños de varios grados de primaria al mismo tiempo. Tenía que preparar las clases procurando que cada uno recibiera el contenido que le correspondía. Fue un gran reto y una experiencia que me enseñó muchísimo”.
Pero las jornadas no terminaban en el aula. Después de las clases, llegaba el trabajo comunitario.
“Nos tocó ayudar en la construcción de una iglesia de forma hexagonal. Aprendimos a preparar mezcla, repellar paredes, cargar cemento… allí no importaba si eras hombre o mujer; todos trabajábamos por igual”, sostiene.
Sin comunicación
La comunicación con la familia también era completamente distinta a la actual. En 2008 la señal telefónica era prácticamente inexistente y muchos estudiantes decidían, incluso, no llevar celulares.
“Esperábamos con mucha ilusión el día en que llegaban las cartas. Era emocionante leer lo que escribían nuestros papás, hermanos y abuelos. Muchas veces era la primera vez que uno leía cuánto lo extrañaban o cuánto lo querían”, dice.
A casi dos décadas de aquella experiencia, Glinys asegura que el mayor aprendizaje permanece intacto.
“El Servicio Social te cambia la forma de pensar. Aprendes a valorar las comodidades que tienes, descubres la generosidad de personas que tienen muy poco y entiendes que el servicio no consiste únicamente en ayudar, sino también en dejarte transformar por quienes te reciben”.
