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El niño que soñó y perseveró en su sueño de ser sacerdote

El niño que soñó y perseveró en su sueño de ser sacerdote

Tras años de maduración vocacional, de formación académica y espiritual, José Luis Aguirre Pinto recibió el Orden Sacerdotal, contando con el amoroso respaldo de su familia que lo acompañó desde su niñez.

 

Betzaida Toulier

 

Hay juegos que marcan el destino. Mientras otros niños de su edad soñaban con ser superhéroes, bomberos o futbolistas, un pequeño de apenas cinco años ya sabía qué ropa quería vestir. Contaba con la complicidad silenciosa de su madre que, día a día, alimentaba su fe.

“Con una galleta y un vaso con agua, a semejanza del vino, celebraba misa y decía que quería ser sacerdote”, cuenta su madre Luciria Pinto Mendoza, quien le aconsejaba: “eso solo lo sabe Dios”.

Aquello no era un capricho pasajero; era el ensayo general de una vida entera a la cual se consagró José Luis Aguirre Pinto, el pasado sábado 27 de diciembre en la Catedral San Juan Bautista de Chitré, tras ser ordenado sacerdote, de manos del obispo Rafael Valdivieso Miranda.

No era un juego. José Luis ya no usaba telas improvisadas, sino la estola y la casulla que lo acreditaba como nuevo presbítero de la Iglesia, bajo la mirada atenta de la comunidad y la emoción contenida de su familia.

 

Dios llama en diferentes

momentos

José Luis evoca con claridad el momento en que su vida tomó un rumbo definitivo. Si bien de pequeño “jugaba a ser sacerdote”, la posibilidad real se manifestó a los 17 años. El detonante fue la intervención de un sacerdote llegado a la parroquia San Juan Bautista de Macaracas, quien le formuló una pregunta directa: “¿Tú no has pensado en ser sacerdote?”.  Aunque inicialmente respondió que no, esa pregunta quedó grabada en su mente y lo llevó a iniciar un proceso de oración, discernimiento e investigación.

Grata sorpresa

Su decisión de entrar al seminario fue una sorpresa para su familia, que se enteró cuando el Diácono Permanente César Carrasquilla (Q.E.P.D.) pidió a la comunidad orar por él en la festividad de San Sebastián, en la comunidad de Bajo de Güera. Su familia aceptó su decisión, de manera particular, su madre, pues fue la reafirmación de ese sueño de niño del que ella fue cómplice.

“Desde pequeño, el solo escuchar sonar las campanas de la iglesia, era señal de que debíamos estar temprano en misa”, hace memoria su madre, tras agregar que más grandecito acompañaba al sacerdote a las comunidades, y “eso lo hacía feliz”, dijo.

“Cuando José Luis me dijo que quería entrar al seminario, le di mi bendición y le afirmé que, tanto yo como su papá, le acompañaríamos en este caminar. Hoy estamos en su Ordenación Sacerdotal, y agradecidos con Dios que se fijó en nuestro hijo para servir a su Iglesia”, expresó.

Alegría y compromiso

La Ordenación Sacerdotal de José Luis Aguirre Pinto fue un momento de gran alegría y compromiso. Ver a tantas personas que lo han acompañado en su camino le ha hecho darse cuenta de la gran responsabilidad que asume. “Estoy al servicio de ellos, y quiero ayudar a los que están más alejados, a los que se sienten tristes y solos”, dijo.

Su misión como sacerdote

Aguirre Pinto se siente llamado a servir a todos, especialmente a los que necesitan de la presencia de Jesús. “Quiero llevarlos de la mano de Dios y ayudarlos a encontrar la paz y la alegría en la fe”, expresó. También destacó la importancia de la Eucaristía y el sacramento de la Penitencia en su ministerio.

El obispo de rodillas

Al finalizar la celebración, ocurrió lo inesperado para los ojos distraídos, pero profundamente significativo para los presentes. Monseñor Valdivieso, en un acto de humildad, se puso de rodillas para recibir la bendición del nuevo sacerdote.

Antes, en su homilía, monseñor Valdivieso valoró los años de maduración y formación del ordenando, y advirtió que han sido años no exentos de obstáculos, pero su perseverancia fue determinante para llegar a ser ordenado sacerdote.

Un ministerio que comienza

Hoy, el padre José Luis Aguirre Pinto ya no necesita imaginar que consagra. Sus manos, las mismas que hace años sostenían juguetes, ahora sostienen el cáliz. Su historia nos recuerda que las vocaciones más grandes suelen nacer en la sencillez de un hogar y que, a veces, los sueños de un niño de cinco años son los planes más serios que Dios tiene para una comunidad.