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En la Sagrada Familia de Nazaret cabemos todos

Pastoral Juvenil Arquidiocesana

La celebración del nacimiento de Jesús es el momento oportuno para meditar en uno de los misterios centrales de nuestra fe: la Encarnación del Hijo de Dios. En la mayoría de las religiones monoteístas se habla de profetas enviados por el Altísimo para enseñar a los hombres las cosas celestiales. Pero solo en el cristianismo, Dios mismo entra en la historia del hombre, haciéndose uno de nosotros.

Es muy bueno considerar las consecuencias de este misterio admirable: Jesús participa de nuestra naturaleza humana para permitirnos participar de su naturaleza divina; entre otras. Pero para estos días me gusta mucho pensar en esta: que Dios quiso nacer en una familia y, aun siendo Rey del universo, quiso someterse en todo a sus padres.

Pensar en los integrantes de la Familia de Nazaret nos puede llenar de gozo y ternura: José, varón justo de la estirpe de David; María, la esclava del Señor; y Jesús, el Dios hecho pobre niño. Esta consideración, sin embargo, nos puede llevar también a pensar en todas las carencias que nuestra familia terrena tiene en comparación a la Sagrada Familia, cuya santidad colectiva podría parecer hasta imposible de imitar.

Más que un ideal al cual tender, la Sagrada Familia es un refugio donde cabemos todos. Cualquier cosa que falte en nuestra familia podemos buscarla en la Familia de Nazaret: en José, un papá laborioso que nos protege y nos enseña el bien; en María, una mamá tierna y cariñosa, atenta a nuestras necesidades; y en Jesús, un hermano y amigo incondicional.

Por ser miembros de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, estamos espiritual-pero-realmente presentes con Jesucristo en el hogar de Nazaret; María y José son realmente nuestros padres. Acojámonos a ellos, sobre todo en este Año Jubilar de San José, para que, así como ellos formaron la humanidad de Jesús, nos formen a nosotros también para ser otros Cristos en el mundo.

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