Espiritualidad

Espiritualidad y búsqueda de Dios

“Busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá” (Mt 7,7). San Juan de la Cruz lo expresa así: “Buscad leyendo y se hallarán meditando; llamen orando y les abrirán contemplando”. La lección santa muestra el camino del cielo, la meditación la camina, y se consigue andando con la oración y contemplación. Es raíz y principio de todos nuestros bienes y de la salvación; así como la lección profana es causa y origen de todos nuestros males.

El alma busca a Dios, aun sin

saber que lo busca

Las imágenes de la televisión, de los periódicos nos lo muestran. Hablan del deseo y necesidad que el hombre tiene de Dios, y de la desorientación que vivimos, donde se le busca a Dios: en la búsqueda del placer, la evasión del alcohol, las drogas, la corrupción o la ambición de lo material y el afán por el poder. ¿No son manifestaciones de una búsqueda mal orientada? Muchos buscan sin saber qué buscan ni dónde están buscando. “Señor, sal al encuentro de los que te desean aún sin saberlo” (Preces de Adviento).

Jeremías invita a saber escuchar a nuestros corazones: 29,11-15. El corazón es la sede de los deseos más profundos y auténticos del ser humano. Si no encontramos es porque no sabemos buscar. En vano buscamos fuera cuando la búsqueda debería iniciarse dentro de nosotros mismos. Fallamos en el primer paso: la identificación de nuestros deseos y anhelos reales, y así cuanto más nos aturdimos con lo de fuera, más nos incapacitamos para ESCUCHAR el anhelo profundo que brota de nuestro propio corazón, al que sólo se le escucha en el silencio.

Deseamos ser dichosos, pero no sabemos buscar en la fuente de esa dicha: “Cuando me deseen de todo corazón, me dejaré encontrar” (Jer 29, 14). Según el deseo, así nos acercamos a Dios. San Ignacio recomienda al ejercitante identificar sus deseos, en ellos está implícito el don que Dios nos reserva y sólo espera que se lo expresemos.

El deseo más grande:

MIRAR A JESÚS y cómo Jesús

En la JMJ Jesús nos ha mirado y nos mira con amor. ¿Cómo miraba Jesús? Lucas dice que después de la tercera negación de Pedro, “el Señor se volvió y le miró” (Lc 22,61), con una mirada que le cautivó y le impresionó tanto a Pedro, que “le hizo romper a llorar amargamente” (Lc 23,62).

Al crear, Dios vio que todo era bueno, (Gen 1,10); y con esa mirada embelleció la creación, mirada que se complace de la obra de sus manos. Hemos de pedir al Señor la gracia de mirarnos con esa mirada con que Jesús miró a Pedro cuando se equivocó, o con la que miró lo que había creado, con la que Él me miró al crearme: “Véante mis ojos, dulce Jesús bueno. Véante mis ojos, muérame yo luego” (Sta. Teresa); “Véante mis ojos, pues eres lumbre dellos” (Sn Juan de la Cruz).

Cómo mirar así. Cómo buscar así.

Cómo encontrar así

Es un proceso y requiere un camino de preparación, de purificación, de liberación de todo lo que esté obstaculizando que miremos nuestra vida personal y la de los demás con actitud positiva, con libertad de corazón. “Buscar y hallar a Dios, en todas las criaturas y a todas en Él” (Sn Ignacio). Mirar con los ojos de Dios, que al mirarnos pone en nosotros todas sus complacencias, porque “su mirar es amar y hacer mercedes” (Sn Juan de la Cruz), y nosotros somos sus hijos amados.

¿Dónde comenzar la búsqueda?

“Todo está dentro”

Cuando llegan las crisis es cuando estamos cerca de encontrar la puerta para las interrogantes que provocan nuestra mente y silencio interior. Las palabras del profeta Natán a David nos enseñan a seguir buscando y enderezar la dirección para encontrar: “Anda, haz todo lo que te dicta el corazón, porque Dios está contigo” (2Sam 7,3). Y en Jeremías nos lo confirma: “Yo pondré mi ley en su interior, y sobre sus corazones la escribiré” (Jer 31,31-35). 

Hemos de decidirnos a no buscar tanto fuera, que el encuentro comienza dentro de ti. “La palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón, para que no tengas que ir lejos a buscarla; está contigo, dentro de ti” (Dt 30,11.15). “Guarda tu corazón, de él brota la vida” (Prob 4,23). Entendemos que ahí dentro, en el interior, sucede todo, comienza todo. “El reino de los cielos está dentro de ustedes, y ya ha comenzado” (Lc 10,9).

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