Espiritualidad

Espiritualidad de la cruz peregrina

La Cruz es el camino por el cual Jesucristo nos quiso redimir y contiene la expresión del amor más grande. Al recibir la Cruz peregrina estamos recibiendo a Aquel que personaliza, así como cuando recibimos y acogemos en casa al peregrino que viene en nombre de Cristo. Cuando Jesús aceptó la misión que el Padre le confiaba, mediante el misterio de la Encarnación y de la Redención, se hace peregrino del Amor de Dios en la humanidad. Con su venida Cristo no sólo quería librar a los hombres de los males que le apartaban de Dios, sino que también quería conquistar el amor de todos los corazones humanos. Todo esto está prometido realizarse al entrar Cristo en el corazón de cada uno de nosotros, al dejarlo entrar en casa. Recordemos aquello que decimos antes de acercarnos al altar para la comunión sacramental: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa. Una palabra Tuya bastará para sanarme”. Sí, y se realizará, pero hay que decírselo, y hay que abrir la casa de nuestro cuerpo, de nuestro corazón a Él, quien antes, por medio del sacerdote, se ha presentado, se ha dicho quién es y qué viene a hacer en quien le recibe: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo” (   ). Cristo es el peregrino de tu amor, de tu salvación. Luego para realizar esta misión de amor y de salvación, se despojó de su condición divina, deja la vida de gozo y de gloria, y eligió la de penas y vituperios. Así es el amor, es tan grande y hermoso que hace que el que todo lo tiene haga la experiencia del que no tiene, para alcanzar el amor y la felicidad del que se hace peregrino de ella (cf. Filp 2, 6-11)

La cruz es: todo por nosotros

Cristo para satisfacer a Dios Padre, que le pide realizar la obra de la Encarnación y Redención de la humanidad, y a la vez para llenarnos de su santo amor, quiso cargar con todas nuestras fragilidades, con todas nuestras penas y miserias, y escogiendo el camino de la Cruz, muere en ella, y así alcanza para nosotros la gracia y la vida divina, sobrenatural, bienaventurada.

Recordamos a Isaías cuando dice: “Él ha llevado nuestros sufrimientos, y ha cargado nuestros dolores sobre sí” (Is 53,4; 1Pe 2,24), y a San Pablo como confirmando lo del profeta al decir: “Al que no conoció pecado, por nosotros le hizo pecado, a fin de que nosotros viniésemos a ser justicia de Dios en Él” (2Cor 5,21). Luego lo reafirman los santos al decirnos: “quien era la misma inocencia apareció a los ojos de Dios como si fuese el mismo pecado; o mejor, vistió el traje de pecador, queriendo padecer las penas que debíamos pagar los pecadores para alcanzarnos el perdón y hacernos justos ante Dios” (Sn Ambrosio y Sn Anselmo). Y en clave poética San Juan de la Cruz, para ayudarnos a encontrar el valor de la Cruz y tomar la decisión de seguirle en todo momento, canta así: “Quien no sabe de penas, en este valle de dolores, no sabe de cosas buenas ni sabe de amores, porque penas es el traje de los verdaderos amadores”, el traje, la forma de ser y de convivir de los espirituales de veras.

¿Cómo lo hizo Jesús?

La exhortación que tenemos es a ver que Jesús aceptó una muerte tan ignominiosa porque moría por amor y para pagar nuestros pecados (cf. Juan 10,18). He aquí el espíritu del verdadero amor, el de quien prefiere morir o ser sacrificado en lugar de la persona amada, es capaz de dejar su propia comodidad o seguridad por ayudar a la persona que ama. Piensa: “Jesús quiso ser circuncidado cual pecador, ser rescatado en su presentación en el templo, recibir el bautismo de penitencia de manos del Bautista, y, finalmente, en su pasión, quiso que le clavaran en la cruz para pagar nuestras culpas, todo por amor”. ¿Necesitas más para abrir tu corazón, tu casa al peregrino de Jesús? Haz de saber que: “Él quiso con su desnudez pagar nuestra avaricia, con sus humillaciones pagar nuestra soberbia, con su obediencia a los verdugos pagar nuestras ambiciones de dominio, con sus espinas pagar nuestros malos pensamientos, con su hiel pagar nuestras intemperancias y con los dolores de su cuerpo pagar nuestros sensuales placeres”.

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