Espiritualidad

Espiritualidad del Nuevo Testamento

P. MIGUEL ÁNGEL KELLER, OSA 

“Se comienza a ser cristiano por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Benedicto XVI, Dios es amor, 1). Esta es la base de toda espiritualidad cristiana, que se fundamenta por eso en el Nuevo Testamento, donde encontramos la clave del encuentro con Jesús y su seguimiento.

Los Evangelios ofrecen numerosos relatos de ENCUENTRO de Jesús con los hombres y mujeres de su tiempo:

  • Con la samaritana (Jn 4, 5-42), a la que conduce progresivamente el descubrimiento del agua viva, que la convierte en anunciadora del Mesías entre sus conciudadanos.
  • Con Zaqueo (Lc 19,1-10), quien como fruto de este encuentro cambia radicalmente su actitud y su conducta, en concreto en relación con la justicia y el uso de los bienes materiales.
  • Con María Magdalena (Jn 20,11-18), a quien consuela y envía como primera testigo de la resurrección.
  • Con los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35), a quienes ayuda también progresivamente a descubrir su presencia y volver gozosos a la comunidad.
  • Con Saulo de Tarso, el futuro Pablo (Hech 9, 3-30; 22, 6-11; 26, 12-18), quien pasa en virtud del encuentro con el Señor de perseguidor a apóstol
  • Además de los encuentros personales (como las llamadas a los primeros discípulos: Mt 4,19; 9,9; Mc 10,21; Lc 9,59; Jn 1,38-39). Además son también muy importantes para la Iglesia los encuentros comunitarios, especialmente con los Doce (Mc 3,13-19; Mt 13,11; 28,18…).

El encuentro con Jesucristo es un encuentro vital, que nos introduce en las dimensiones más profundas de la vida y nos da una nueva comprensión de la persona humana, del cosmos, de la historia, de la Iglesia y, por supuesto, del mismo Dios, que se hace cercano y accesible en su misterio. 

El encuentro auténtico con Cristo y la aceptación de su persona y de su amor transforma la vida del ser humano y produce frutos de conversión (vida nueva coherente con la fe, también en su dimensión social y renovada permanentemente), comunión (fraternidad, comunión con Dios y los hermanos en la Iglesia y en el mundo) y solidaridad (de acuerdo a la doctrina social de la Iglesia y la opción preferencial por los pobres). Aunque es posible también volverse de espaldas al encuentro con Jesús, cerrarse a su palabra y rechazar su luz (Jn 3,19), frecuentemente por el apego a las riquezas (Mt 19, 16-22) u otros motivos. 

Es cristiano por consiguiente quien vive en relación con Cristo, en referencia a Él, “fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe”, por decirlo con la hermosa expresión de la Carta a los Hebreos (12,1).  El compromiso real con la persona, el evangelio y la misión de Cristo es lo que queremos decir cuando hablamos del SEGUIMIENTO de Jesús.

Según los Evangelios, es precisamente este llamado a seguirle –“sígueme”- el que convierte a un grupo de hombres y mujeres, sencillos y pecadores pero generosos, en discípulos de Jesús (ver Mc 1,16-20 y par.). Ellos responden con un compromiso de vida, que incluye algunos aspectos fundamentales para  vivir también hoy el seguimiento de Jesús: 

  • Se trata, en primer lugar, de un compromiso radical, que exige la renuncia a todo lo que uno tiene, por encima de la familia, las posesiones y hasta de la propia vida, para tomar la cruz y seguir a Jesús (ver Mt 16,24-28 y Lc 14,25-35).
  • Se trata por eso de comprometerse a una manera completamente distinta de vivir, a  entender y vivir la vida desde el amor y no desde el propio egocentrismo, a gastar la vida, como Jesús, en el servicio a Dios y a los hermanos: a esto se refiere Pablo cuando habla de seguir el ejemplo de Jesús, hacerse pobre como Él o tener sus mismos sentimientos (Rom 15,1ss.; 2Cor 8,9; Fil 2,5ss.).
  • Se trata, en fin, del compromiso de hacer propio en la existencia cotidiana un programa alternativo de vida, una manera diferente de vivir, basada en el mandamiento nuevo de Jesús (Jn 13,34-35) y con un nuevo orden de valores, el de las Bienaventuranzas (Mt 5, 3-10)
  • Se trata de un compromiso que, además de personal, es comunitario: no sólo porque a Jesús se le sigue en comunidad, sino también porque el seguimiento rebasa los límites de lo puramente individual y privado; hay que implicar a otros, pues el llamado al seguimiento es también llamado al testimonio y a la misión. Jesús llama para ser “pescadores de hombres” y testigos” (Mc 1,17; Hech 1,8).     

Aprendamos así del Nuevo Testamento, a vivir la espiritualidad cristiana como encuentro y seguimiento de Jesús.

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