Espiritualidad

Espiritualidad y compromiso de vida

Los antropólogos y moralistas hablan hoy con frecuencia de la opción fundamental de la vida o de la persona. Lo que equivale a hablar del compromiso. La opción fundamental es la orientación o dirección global de toda una vida humana. El ser humano se caracteriza precisamente por su capacidad de optar y elegir; pero al analizar el mundo de las decisiones humanas, nos damos cuenta de que entre las muchas decisiones cotidianas –muchas veces superficiales y periféricas- está siempre presente una decisión básica, que motiva frecuentemente todas las demás y determina la orientación global de la vida de una persona, condicionando su perspectiva y dando lugar a las decisiones más concretas.

Esa es la que llamamos opción fundamental de la persona, que viene a ser por consiguiente lo mismo que su motivación básica, su máximo ideal, su proyecto de vida. Opción, porque supone el ejercicio de la libertad para determinar la dirección de la propia vida y marca la identidad de toda la persona; fundamental, porque es la fuente de todas las acciones y decisiones particulares, constituyéndose en el fundamento de

la personalidad y de toda la actitud práctica del sujeto.

Por supuesto, la llamada opción fundamental tiene por supuesto mucho que ver con el tema de los valores, y especialmente con lo concerniente a la escala de valores. La opción fundamental sería entonces la correspondiente al valor subjetivamente considerado como primero o básico: aquello

por lo que vale la pena vivir y morir, que condiciona la apreciación de todos los demás valores, y que justifica las acciones y/o elecciones necesarias para conseguirlo. En la práctica es, por supuesto, muy distinto el comportamiento de una persona según que en su escala de valores predomine –por seguir la terminología clásica- lo vital, lo ético, lo estético, lo religioso, lo económico…

Con un lenguaje más sencillo y recurriendo a los evangelios, la opción fundamental se entiende analizando textos como Lc 12,  34 y 16,13: “Donde está tu tesoro, está tu corazón”, “nadie puede servir a dos señores”…. Pero se identifica sobre todo con la teología del Reino como único absoluto (Lc 12, especialmente 12,31) y del seguimiento incondicional de Jesús (Lc 9,57ss.; 14,25ss.), que constituyen uno de los ejes temáticos de todo el evangelio, y explicitan el sentido fundamental del compromiso cristiano.

La opción cristiana es aquella que acepta la oferta de Dios en Jesucristo como el más auténtico camino de realización personal y de sentido para su vida, eligiendo el Reino y sus valores como el tesoro en el que pone su corazón, y rechazando cuanto se opone al servicio del Señor. Naturalmente, cuando esta opción –que se vive en el Espíritu y está llamada a realizarse en el ámbito de la Iglesia- es la fundamental de la persona, el Reino se convierte en su meta, y el seguimiento de Jesús en su camino. Podemos hablar entonces de un verdadero compromiso cristiano o de una auténtica opción fundamental cristiana, que sería lo mismo que decir opción por la gracia, por la fe, por el amor, por los valores del reino (justicia, verdad, libertad, paz…)

Esta sería la estructura básica del compro miso cristiano y de su espiritualidad. Desde su opción fundamental por el Reino y el seguimiento de Jesús, los esquemas del comportamiento moral (actitudes y actos) sufren un cambio radical (la conversión cristiana). La opción fundamental del creyente supone una transformación de su manera de entender y realizar la existencia: perder la propia vida y entregarla en servicio a los demás, como verificación real de la apertura a Dios y de la aceptación de Cristo Jesús. 

En todas las dimensiones de la vida y de la historia: relación con Dios, relación con los demás, relación consigo mismo, relación con el mundo y las realidades temporales.

Desde el encuentro con Jesucristo vivo, se camina por el mundo en actitud de discernimiento y de compromiso. En esto consiste la identidad cristiana, y el Evangelio nos invita a vivirla así y a comprometernos como Jesús y con Él, optando por una auténtica vida cristiana, de testigos y constructores de un mundo humano y fraterno, sin dejarnos engañar por los criterios y sugerencias del egoísmo y el materialismo. A este compromiso, esta opción fundamental y esta experiencia cristiana, San Agustín la llamaba “construcción de la ciudad de Dios” y, más recientemente, Pablo VI la identificaba con la “construcción de la civilización del amor”. El nombre es lo de menos, lo importante es el contenido: una espiritualidad basada siempre en el encuentro con Jesucristo vivo y su decidido seguimiento.

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