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“Estoy convencido que el cambio del mundo y la iglesia solo vendrá, si unidos caminamos, jóvenes y ancianos”, Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta.

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Un saludo especial a las Hnas. de Santa Ana que realizan su misión en la Parroquia Santa Marta y en la Parroquia San Juan Bautista de Aguadulce, hizo el Arzobispo de Panamá, y a la Directiva del Transporte Masivo de Panamá, y a los trabajadores, que representan a los 4,500 colaboradores de MIBUS, quienes en medio de esta pandemia se hace presente en las calles para garantizar el traslado de miles de ciudadanos.

Así inició hoy, Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, la misa en la Festividad de San Joaquín y Santa Ana. “Hoy queremos ponerlos en nuestras intenciones a cada uno de ustedes y sus familias, porque a pesar de sus temores, asumen el servicio a los pasajeros, de manera permanente y segura”, expresó para resaltar este servicio a la comunidad.

“También queremos colocar en nuestras intenciones a las autoridades del país, para que el Señor les iluminen con los dones del Espíritu Santo, para que podamos salir prontamente de esta pandemia y tomen las decisiones más acertada, teniendo presente la persona y el bien común”, dijo directamente.

Tras este saludo, recordó que hoy es un día muy especial, fiesta de los abuelos del Niño Jesús: San Joaquín y Santa Ana, una fiesta de gratitud y acción de gracias. “Hoy es un día de acción de gracias por la vida, por el derroche de cariño y amor de nuestros abuelos hacia nuestros padres y, en definitiva, hacia nosotros”, agregó. 

Explicó que celebrar el día de los abuelos nos ofrece la oportunidad para compartir las alegrías y las penas, y procurar a los abuelos unas horas llenas de cariño, ternura y amor en sus largas soledades; es mostrarles nuestra gratitud humana; aprovechar el momento para tratar de arrancarle una sonrisa

Destacó la figura del abuelo todos los días, pues su presencia en los hogares es un consuelo de desahogo para muchas familias, pues desempeñan distintos papeles y pueden lograr, junto con los padres, una magnífica educación y formación espiritual para sus nietos.

Monseñor Ulloa aprovechó para señalar que, en los momentos actuales, algunas familias enfrentan con angustia el dilema de las decisiones, acerca de la salud o el lugar de vivienda, más si el adulto mayor necesita de cuidados de especiales permanentes, encima no hay recursos económicos suficientes, surgen entonces las ideas y los sentimientos encontrados y los conflictos ante las decisiones de acudir a un lugar de vivienda particular, un hogar de ancianos.

Indicó que, a la hora de decidir, hay que pensar en qué es lo mejor para el anciano, dentro de las opciones posibles, y dialogar en familia acerca de las alternativas diversas y sus consecuencias.

Dijo que la memoria del anciano no es cuantitativa, sino cualitativa; no son una enciclopedia de datos, sino un tesoro de experiencias en las que no faltan cicatrices de heridas que enseñaron a vivir y huellas de caricias sinceras y limpias que enseñaron a amar.  

Asimismo, aseguró que un camino pastoral, sin ancianos, carece de algo importantísimo, y nuestros ancianos sin jóvenes cerca, se sienten exiliados de las corrientes de la vida, por eso corresponde a la Iglesia propiciar el encuentro gratuito que favorezca la conversación. “Estoy convencido que el cambio del mundo y la iglesia solo vendrá si unidos de las manos caminamos juntos jóvenes y ancianos”, comentó.

 

A continuación, el texto completo de la Homilía de Monseñor Ulloa desde la Capilla del Seminario Mayor San José.

Homilía Santa Ana y San Joaquín

Domingo 26 de julio de 2020

Mons. José D. Ulloa Mendieta osa.

 Recuerdo especial a las Hnas. de Santa Ana que realizan su misión en la Parroquia Santa Marta y en la Parroquia San Juan Bautista de Aguadulce.

Saludamos al Ing. Luis Campana García, Gerente General y Presidente de la Junta Directiva de Transporte Masivo de Panamá, a los trabajadores, que representan a los 4,500 colaboradores de MIBUS, quienes en medio de esta pandemia se hace presente en las calles para garantizar el traslado de miles de ciudadanos.

Gracias por el servicio que prestan a nuestro país, sabemos que a no saldrán en los grandes titulares, pero para sus familiares y para nosotros son esos héroes que salen de sus hogares a ofrecer un servicio, a pesar de las circunstancias que se vive, demostrado que no hay obstáculo que les impida seguir adelante y continuar siendo la gente que mueve a Panamá.

Hoy queremos ponerlos en nuestras intenciones a cada uno de ustedes y sus familias, porque a pesar de sus temores, asumen el servicio a los pasajeros, de manera permanente y segura.

También queremos colocar en nuestras intenciones a las autoridades del país, para que el Señor les iluminen con los dones del Espíritu Santo, para que podamos salir prontamente de esta pandemia y para que se tomen las decisiones más acertada teniendo presente la persona y el bien común.

Hermanos y hermanas:

Hoy es un día muy especial – Día del Abuelo y la Abuela -. Es la fiesta de los abuelos del Niño Jesús: San Joaquín y Santa Ana. Es una fiesta de gratitud y acción de gracias.

Celebrar el día de los abuelos nos ofrece la oportunidad para compartir las alegrías y las penas, y procurar a los abuelos unas horas llenas de cariño, ternura y amor en sus largas soledades; es mostrarles nuestra gratitud humana; aprovechar el momento para tratar de arrancarle una sonrisa. Lograr que se encienda la chispa de viveza de los ojos fatigados por los años, que tantas veces han expresado su generosidad, es una dicha.

Hoy es un día de acción de gracias por la vida, por el derroche de cariño y amor de nuestros abuelos hacia nuestros padres y, en definitiva, hacia nosotros.

Figura de los abuelos

En la sociedad actual, la figura de los abuelos requiere y exige que se establezca un reconocimiento público, universal y a la vez particular, al menos de cada nieto por sus abuelos. Ensalzar y resaltar la figura de la abuela y del abuelo es tributar un cariño afectuoso a quienes, dado su gran corazón, se lo merecen todo.

Un gran don del Padre celestial es la vida. Y saber envejecer es también un gran regalo del Señor. Debe ser para todos los abuelos motivo de silencioso gozo interior y de diario abandono en Dios.

¡Nuestros abuelos!

La Biblia reserva a los abuelos el calificativo de ricos en sabiduría, maestros de la vida, testigos de la tradición de la fe y personas llenas de respeto a Dios… Considero que es de suma importancia que se conserve o se restablezca donde se haya perdido, un pacto entre generaciones, de modo que los abuelos –llegado el término de su camino– puedan encontrar en sus hijos y nietos la acogida y la solidaridad que ellos les dieron cuando nacieron (Juan Pablo II, Evangelium vitae).

Respetar y valorar a los abuelos

Los abuelos necesitan mucho cariño y comprensión. Honrar a los abuelos supone un triple deber hacia ellos: acogerlos, asistirlos y valorar sus cualidades, dado que, a veces, los consideramos poco útiles a la sociedad. Es importante respetar y amar a los ancianos, a fin de que ellos se sientan parte viva de la sociedad. Decía Cicerón: «El peso de la edad es más leve para el que se siente respetado y amado por los jóvenes». Honrar a los abuelos es como deber de agradecimiento y de una extensión, cada día más justa y necesaria, del cuarto mandamiento…: «Honrarás a tu padre y a tu madre».

Dada la «sabiduría» que dan los años, los abuelos prestan una ayuda indescriptible en la formación y en la personalidad de los nietos. Los abuelos son un factor integrador en la vida familia, dado que su equilibrio emocional, cariño y comprensión, permite mantener un clima de serena convivencia, sosiego y tranquilidad en el hogar, que ayuda a obtener progresiva madurez en la formación de los nietos. Existe un gran entendimiento entre los abuelos y los nietos. Cada día necesitan más los nietos de los abuelos, y los abuelos de los nietos.

Vivamos la fiesta de los abuelos con alegría. Hoy existen muchos abuelos que viven con miedo e inseguridad: se muestran agobiados por los problemas y males que le rodean y, entonces, hay que llevarles la verdadera alegría. En nosotros está el hacer el buen servicio de transmitirles y comunicarles la verdadera alegría, la esperanza, la ilusión, la confianza y la pertenencia. Les invito a implorar a San Joaquín y Santa Ana y, sobre todo, a su excelsa Hija, la Madre del Salvador, inteligencia de amor para los abuelos, a fin de que nuestra sociedad los acoja y los trate con cariño, respeto y amor.

Es justo manifestar –no sólo este día– sino todos los días, nuestro agradecimiento, respeto y solidaridad a los abuelos.  En la actualidad, la presencia de los abuelos es un consuelo de desahogo para muchas familias. Poder contar con ellos, es un recurso muy importante.

El encuentro entre abuelos y nietos es enriquecedor para ambos. Pueden hacer con ellos cosas distintas, se sienten más libres ante su presencia. En términos generales, los abuelos sienten mucho placer con sus nietos, les ofrecen mucho cariño. Abuelos y padres desempeñan distintos papeles y son muy valiosos a la hora de transmitirles valores. Podemos decirle que entre ellos hay complicidad.

Pero a pesar de ello, los abuelos deben respetar la decisión de los padres, aunque no estén de acuerdo, salvo en casos de riesgo. Podrán hacer valer su opinión, ganándose la confianza de sus hijos, estableciendo una relación afectuosa con los mismos. Es importante valorar que, tanto padres como abuelos, procuran el bienestar de los niños.

Los abuelos transmiten a sus nietos la tradición de la familia y deben ser para ellos un ejemplo. Tienen una situación privilegiada de confianza, lo que les permite convertirse en perfectos transmisores de los valores morales. Pueden lograr, junto con los padres, una magnífica educación y formación espiritual para sus nietos.

Juan Pablo II dedicó unas líneas muy emotivas a los abuelos cuando dijo que: “ellos tienen ciertamente mucho que dar en su sabiduría y experiencia a la comunidad, si ésta sabe estar cercana a ellos, con atención y capacidad de escucha”.

Sé que, en los momentos actuales, algunas familias enfrentan con angustia el dilema de las decisiones acerca de la salud o el lugar de vivienda. Las casas son pequeñas, y cuando hace falta que el adulto mayor tenga cuidados de enfermería más permanentes, no se cuenta con lugar en casa para agregar una persona más, o no hay recursos económicos suficientes. Surgen las ideas y los sentimientos encontrados y los conflictos ante las decisiones de acudir a un lugar de vivienda particular, un hogar de ancianos.

Desde que era seminarista, antes de la ordenación sacerdotal, me ha tocado visitar unos cuántos de estos hogares. Los he visto muy buenos, con calidez en el personal que trabaja a su cuidado, con buen clima de convivencia. Y esto tanto en los más caros, como en otros sencillos y humildes. La alegría de la vida no depende de lo caro de la cuota, sino de la visita de la familia y de las actividades que se propongan.

A la hora de decidir, hay que pensar en qué es lo mejor para el anciano, dentro de las opciones posibles, y dialogar en familia acerca de las alternativas diversas y sus consecuencias.

Pero también he visto lugares que son un espanto. Descuido en la limpieza, malos tratos, abandono de la familia, desidia en los controles de los organismos pertinentes. Hace un tiempo una persona que se dedica a visitar un geriátrico desde la Parroquia me pedía: “¡Padre, diga algo! Es una vergüenza”.

Muchas veces pasan semanas o meses y hay quienes no son visitados por sus hijos o nietos. Sobreviven con amargura sin mucha noción del paso del tiempo. Les pasan los achaques de los años transcurridos, algunas enfermedades o dolencias que se les han instalado, y soledades prolongadas.

No son respetados en su derecho a una ancianidad digna. Son sobrantes y descartables, y se los somete a una especie de eutanasia en cuotas.

Pensemos hoy: ¿Qué les sucede a los abuelos que pasan el final de sus vidas en los asilos y residencias de ancianos, y sus nietos no van ni siquiera a visitarlos?

Un abuelo que nos estuvo acompañando en el Triduo por la Solemnidad de Santa y San Joaquín nos dijo estos días que La sociedad occidental le rinde culto a lo bello, a lo joven, a lo hermoso. Y muchas veces ve a la vejez como un contravalor. No se estima la sabiduría del corazón, inclusive no se respeta lo que llamamos la vejez venerable.

Este laico mayor nos recordó que “los ancianos no son un peso. Todo lo contrario, son una fuente de sabiduría y de armonía porque transmiten la fe y los valores en la familia”. Fue estremecedor al mencionar que “cuando muere un anciano, desaparece una biblioteca. Los mayores son los custodios; son la memoria colectiva”.

“Son la memoria y la riqueza; un tesoro para las nuevas generaciones, y ese tesoro se da diariamente a través del testimonio de fe. Valores a nuestros abuelos y a nuestras abuelas”. Por eso un pueblo que no custodia a los abuelos, un pueblo que no respeta a los abuelos no tiene futuro, porque no tiene memoria, ha perdido la memoria”.

La memoria del anciano no es cuantitativa, sino cualitativa. No son una enciclopedia de datos, sino un tesoro de experiencias en las que no faltan cicatrices de heridas que enseñaron a vivir y huellas de caricias sinceras y limpias que enseñaron a amar.  El anciano que, además, ha vivido ese recorrido vital y le ha permitido morir al ego, ha hecho transparencia del Ser esencial. 

Ese anciano vuelve a ser un niño:  nada teme, todo lo acoge, de todo se sorprende, la mirada de un anciano tiene algo que enamora, quizá porque es la mirada de quien está ya soltando las amarras finales y está más próximo a lo eterno y definitivo. La ancianidad nos regala algo que nos devuelve al niño que fuimos, a la vez que permite emerger una nueva sabiduría. Por ello, los ancianos han de poder soñar y nos han de poder explicar sus sueños.

Jóvenes que sueñan, ancianos que con visiones: Un camino pastoral sin ancianos carece de algo importantísimo, y nuestros ancianos sin jóvenes cerca, se sienten exiliados de las corrientes de la vida. Corresponde a la Iglesia propiciar el encuentro gratuito que favorezca la conversación.  Porque conversar es acoger, es un modo de hospitalidad humana, es detenernos a vivir un rito de contemplación y de gozo; es abierto a las sorpresas y al misterio que mueve la conversación.  No se programa; surge en cualquier momento.

Nuestra sociedad necesita ancianos soñadores que nos encandilen con su saber, con su perspicacia, con su “nada que perder” que les hace prácticos y locos a la vez. Creo que es la vivencia de aquello que denominamos místico, donde todo esto puede florecer.

Estoy convencido que el cambio del mundo y la iglesia solo vendrá si unidos de las manos caminamos, jóvenes y ancianos.

Orar por nuestros gobernantes

La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia sobre qué cosas son importantes en nuestra vida, qué valores son los que rigen nuestra existencia.  Para el cristiano, la vida, la tenemos que construir sobre los valores que nos propone Jesús.

La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos presenta al Rey Salomón pidiéndole a Dios una sola cosa: sabiduría.  Salomón no pide bienes personales, tampoco pide poder.  Pide lo que más necesita un gobernante: sabiduría para distinguir el bien del mal y así gobernar rectamente a su pueblo.

Estamos en un momento en que la crisis sanitaria nos ha tensionado a todos, no vemos luz al final del túnel, hemos sido atrapados por la desesperanza. 

Es por ello, que nos parece oportuno hacer una petición al pueblo de Dios, oremos, doblemos nuestras rodillas al Dios de la Vida, a ese Dios que entregó a su Único hijo por la salvación de nosotros.

Y en ese orar, indudablemente debemos hacerlo por nuestras autoridades, nuestros gobernantes. El Papa Francisco señaló en una oportunidad que: Creo que nosotros debemos convertirnos y rezar por los políticos de todos los colores, ¡todos! Rezar por los gobernantes, como también los gobernantes deben rezar por su pueblo.

 Los gobernantes son responsables de la vida de un país. Es bueno pensar que, si el pueblo reza por los gobernantes, los gobernantes también serán capaces de rezar por el pueblo, porque para servir desde el poder es fundamentalmente comprender y escuchar a las personas.  Ya no puede ser válido ese dicho: “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.  Nuestras autoridades deben también pedirle sabiduría a Dios para tener una verdadera actitud de servicio y que el poder que tienen sea para el bien de toda la comunidad, para la realización del bien común. Especialmente de los más necesitados.

Rezar por quien piensa diversamente

¿Quién de nosotros reza por los gobernantes? ¿Quién de nosotros reza por los parlamentarios? ¿Para que puedan llegar a un acuerdo y sacar adelante al país? Parece que el espíritu patriótico no llega a la oración; sí, a las descalificaciones, al odio, a las peleas, y así es como termina. Porque la función de un parlamento es discutir, pero no aniquilar al otro; es más, buscar entre todos el bien común.  Y respetar al que tiene una opinión diferente a la mía.

Recuperemos la confianza, hagamos lo que a cada uno nos corresponde en la sociedad, escuchemos el clamor del pueblo y hagamos los ajustes necesarios para que en el recomenzar después de la pandemia, sea para ser mejores personas, mejor país, donde la inequidad y la pobreza, él juega vivo y la corrupción sean males del pasado.

Reitero, por usted y por sus seres querido, especialmente los más vulnerables, cuídese, use correctamente la mascarilla, mantenga el distanciamiento físico, tómese la temperatura, y haga un constante lavado de las manos.

A los abuelos en su día: Felicidades y que Dios les bendiga.

PANAMÁ, acatemos las normas que nuestras autoridades han implementado. Por ti, por los tuyos, por Panamá -Quédate en casa.

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

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