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Hacia una iglesia rejuvenecida

Para realizar cabalmente su misión evangelizadora, la Iglesia ha de renovarse constantemente, mediante la conversión, la adaptación a las diferentes culturas y la promoción de una nueva mentalidad misionera, manteniendo presente el derecho de la libertad religiosa y el respeto a la libertad de conciencia de los hombres que honestamente buscan la verdad y el bien. Para ello, es preciso recibir cada día la fuerza siempre nueva de la Palabra de Dios, de la Eucaristía que es la presencia de Cristo y de la fuerza de su Espíritu. Esta renovación permite a la iglesia conservar su frescor, su impulso y su fuerza para que el anuncio del Evangelio llegue verdadera- mente al corazón del ser humano. 

La conversión es la condición preliminar para mantener la iglesia rejuvenecida. En primer lugar, hemos de hacernos un serio examen de conciencia sobre las responsabilidades que los cristianos tenemos en relación a los males de nuestro tiempo. Esto nos debe llevar a reasumir con mayor pasión la adhesión a la persona de Cristo y a su evangelio. En segundo lugar, la evangelización interna de la iglesia ha de conducirla a una adaptación a las culturas y a las nuevas sociedades en que vivimos en nuestros días. Por ejemplo, ha de identificarse con los nuevos pobres y las nuevas víctimas de la sociedad actual. 

En la nueva mentalidad misionera, es importante preservar las buenas relaciones de los cristianos con todo el mundo exterior que los rodea, para lograr la fraternidad universal. La Conferencia de Puebla nos llama a convivir en libertad, pero siendo solidarios, promoviendo la participación y ejerciendo la autoridad con el espíritu del buen Pastor. Este cambio de mentalidad eclesial parte del Concilio Vaticano II, «porque el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que […] se asocien al misterio pascual de Cristo» [GS 22]. 

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