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La celebración de la fe y de la historia

Romario Hernández

En nuestra vida diaria vamos teniendo acontecimientos que nos hacen crecer como personas. Dentro de estos acontecimientos la fe y la historia ocupan un lugar privilegiado, que muchas veces pasa desapercibido o incluso olvidado.

Cuando decimos celebrar la fe no es necesariamente ir a misa, sino dedicar tiempo con Aquel que nos ama y nos ha llamado. Es “gastar” tiempo de calidad con Dios, aunque nunca será una perdida, sino una ganancia. Descansar en Él de todas nuestras preocupaciones y miedos, y celebrar las alegrías. En la oración logramos acércanos y experimentar el misterio del amor de Dios nuestro Padre.

Este encuentro no es y tampoco se limita a la recitación de oraciones de memoria, sino a experimentar esa “otra certeza que vale la pena”. Para ello hay diversas formas de hacerlo: la misa, como se menciono anteriormente, retiros, convivencias, grupos, encuentros, expresiones artísticas, entre otros.

En la oración logramos acércanos y experimentar el misterio del amor de Dios nuestro Padre.

Celebrar la historia es celebrar la propia vida. Continuamente la vida va pasando y la mayoría de sus acontecimientos no se repiten, uno no cumple 21 años todos los días. Cuando no celebramos nuestra historia, corremos el riesgo de “ser víctima de la historia que no hemos querido construir”.

Es fundamental que celebremos y vivamos los acontecimientos personales, de los pueblos y de los jóvenes. Participar en eventos significativos permite que se vaya asumiendo y construyendo nuestra historia. Celebrar la historia es ser parte de los sucesos que sedan: un aniversario, la terminación de los estudios, reencuentros, fiestas que nos van alegrando y enriqueciendo nuestro vivir.

Estamos llamados a que en nuestro día a día celebremos los acontecimientos que vivimos, y a dedicar tiempo a Aquel que nos permite ser parte de ellos.

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