Espiritualidad

La comunión de los santos

“Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios mantienen con nosotros lazos de amor y comunión. Lo atestigua el libro del Apocalipsis cuando habla de los mártires que interceden: «Vi debajo del altar las almas de los degollados por causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantenían. Y gritaban con voz potente: “¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia?”» (6,9-10). Podemos decir que «estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios […] No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce»” (Gaudete et exultate, 4)

Seguramente recordamos que, desde las primeras catequesis, nos enseñaron que la Iglesia está compuesta por tres grupos de cristianos: la Iglesia “militante” (nosotros, que luchamos en el mundo por alcanzar la santidad), la Iglesia “purgante” (en purificación para llegar al encuentro con el Señor) y la Iglesia “triunfante” (los santos que gozan en la presencia de Dios por toda la eternidad). Todos formando una sola Iglesia en lo que llamamos “la comunión de los santos”.

Y efectivamente, el Papa Francisco nos recuerda que los santos que ya han llegado a la presencia de Dios están en comunión con nosotros, unidos por el amor. Son los amigos de Dios y nuestros amigos, que nos rodean, nos guían, nos conducen, nos protegen, nos sostienen, nos animan y estimulan, nos alientan y acompañan. Toda una serie de expresiones que quieren ayudarnos a entender y vivir en la práctica la comunión de los santos. Entre los que están también personas que fueron cercanas, familiares, la mamá o los abuelitos…

En uno de sus sermones (325), San Agustín explicaba a sus fieles esta consoladora realidad: ellos eran como nosotros, no seamos perezosos ni busquemos disculpas; si decimos que no es fácil imitar a Jesús o a María, sí es posible imitar a los santos (niños, jóvenes, adultos, de diversas clases sociales y forma de vida) que nos precedieron. ¿Es posible, aunque seamos pecadores, recorrer el camino de la santidad? Ellos, una enorme muchedumbre, nos demuestran que sí.

El prefacio de los santos expresa igualmente esta convicción: los santos nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión. Son modelos concretos y reales de santidad, de fidelidad al Señor, de vivencia y testimonio del Evangelio en el mundo e interceden por nosotros ante Dios para que con su gracia también nosotros podamos hacer lo mismo y llegar a la vida eterna. 

La verdadera devoción a los santos no es por eso pedirles “milagros”, sino imitar su vida. La de los santos canonizados y más conocidos, pero también la de los santos más cercanos a nosotros, que hemos conocido y admirado. Son, como dice muy gráficamente el Papa, “los santos de la puerta de al lado: “los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»”(GE 7).

Los primeros mártires reconocidos y asociados al culto de la Iglesia fueron los mártires, que dieron su vida generosamente por confesar la fe en Cristo. Ellos dieron testimonio (martyr es una palabra griega que significa testigo) del mandamiento del amor, que es la clave de la santidad cristiana: “nadie tiene más amor que quien da su vida por sus amigos” (Jn 15,13 Pero otros muchos, sin morir violentamente, fueron testigos del Evangelio y entregaron su vida con amor: en la familia, en el trabajo, en la enfermedad, en la ancianidad, en la oración, en el servicio a la Iglesia, en la ayuda a los pobres, en la construcción de un mundo mejor.

La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero, como subraya expresamente el Papa Francisco (GE 9), se da en ámbitos muy diferentes, también incluso fuera de ella, y por obra del Espíritu Santo.

Les invito a seguir leyendo y meditando la Exhortación apostólica Gaudete et exultate (Gócense y alégrense) sobre el llamado a la santidad en el mundo de hoy.

Y no como un texto a conocer y estudiar, sino como una interpelación personal y una iluminación para entender mejor la espiritualidad y la vida cristiana.

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