Espiritualidad

La corrupción espiritual, enemiga de la santidad

P. Miguel Ángel Keller, osa 

Por desgracia, la corrupción es un tema de rabiosa actualidad. Todo el mundo habla de la corrupción, de políticos corruptos, de jueces corruptos, de profesionales corruptos, de negociantes corruptos, de empresa corruptas, de consecuencias de la corrupción, de víctimas de la corrupción, de corrupción a todos los niveles. 

Según el Diccionario de la Real Academia Española, corrupción es la acción y efecto corromper (depravar, echar a perder, sobornar a alguien, pervertir, dañar). Un concepto que se utiliza también para nombrar al vicio o abuso en un escrito o en las cosas no materiales. Porque, en principio, se corrompen, dañan, estropean o echan a perder las cosas materiales (alimentos, agua); pero también las cosas no materiales y las personas (una familia corrupta, una organización corrupta, una sociedad corrupta, un funcionario corrupto). Algo o alguien dañado, pervertido, echado a perder. Algo en sí bueno, pero que se daña o estropea, por agentes físicos o por la maldad humana. 

El Papa Francisco advierte frecuentemente, al hablar de la santidad y de la vida cristiana, contra el peligro de la corrupción, de que el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor sucumban ante las múltiples tentaciones del mal. Tanto en la sociedad y en la Iglesia como en las personas y en la vida cristiana. Y le preocupa especialmente por eso la corrupción espiritual. Advierte que “el camino de la santidad es una fuente de paz y de gozo que nos regala el Espíritu, pero al mismo tiempo requiere que estemos «con las lámparas encendidas» (Lc 12,35) y permanezcamos atentos: «Guardaos de toda clase de mal» (1 Ts 5,22). «Estad en vela» (Mt 24,42; cf. Mc 13,35). «No nos entreguemos al sueño» (1 Ts 5,6). Porque quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento. Como no encuentran algo grave que reprocharse, no advierten esa tibieza que poco a poco se va apoderando de su vida espiritual y terminan desgastándose y corrompiéndose”. (Gocen y alégrense, GE 164). 

Para Francisco, “La corrupción espiritual es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: engaño, calumnia, egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14). Así acabó sus días Salomón, mientras el gran pecador David supo remontar su miseria. En un relato, Jesús nos advirtió acerca de esta tentación engañosa que nos va deslizando hacia la corrupción: menciona una persona liberada del demonio que, pensando que su vida ya estaba limpia, terminó poseída por otros siete espíritus malignos (cf. Lc 11,24-26). Otro texto bíblico utiliza una imagen fuerte: «El perro vuelve a su propio vómito» (2 P 2,22; cf. Pr 26,11)”. (GE 165). 

Palabras realmente duras, pero ciertamente basada en la experiencia humana y en la revelación bíblica. Desde ambas, debemos concluir y no podemos olvidar que:

  • Es preciso estar alerta, luchar, esforzarse, dejarse iluminar y guiar por el Espíritu de Dios, para que el bien no se corrompa por el mal en nuestra vida, nuestra mentalidad, nuestra conducta, nuestra espiritualidad.
  • No consiste la corrupción espiritual únicamente en grandes pecados o males. De hecho, no se llama “corrupto” a un asesino, un violador o un terrorista. Es como una ceguera, un adormecimiento, una tibieza, un virus (¡comparación muy actual!) que poco a poco nos va dañando, pervirtiendo, deshumanizando, apartándonos del bien y del reino de Dios.
  • Aunque evidentemente hay grandes corrupciones que claman al cielo: robar a los pobres, traicionar a los amigos y familiares, discriminar por cualquier razón a las personas, negociar con personas o con la vida humana.
  • El engaño, la calumnia, el egoísmo, todas las formas de autorreferencialidad van minando sutil y progresivamente nuestra conciencia, nuestra manera de pensar y actuar, nuestra relación con Dios y con los demás. En el fondo, se trata de que mi yo y mis intereses estén el centro de todo, y me hagan capaz de pasar por encima de todo (conciencia, honestidad, fraternidad, principios, personas y el mismo Dios) con tal de conseguir lo que yo quiero.

Como decíamos al principio, todos podemos pensar en muchas formas de corrupción presentes hoy en nuestra realidad. Dice Francisco que es como un cáncer social profundamente arraigado. Y suele comentar Mons. José D. Ulloa que es un fenómeno de doble vía: tan corrupto es quien recibe la coima como el que la da…Tenemos que combatir seriamente a todos los niveles la corrupción. Pero tenemos que empezar a combatirla seriamente en nuestro propio corazón, renovando con la gracia de Dios nuestro camino hacia la santidad.

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