En medio de la rutina, las preocupaciones y las cargas diarias, el llamado a volver a Dios cobra una fuerza particular durante estos 40 días de preparación espiritual
Karla Díaz
En este tiempo especial de Cuaresma, la Iglesia vuelve su mirada hacia uno de los sacramentos más transformadores de la vida cristiana, la reconciliación.
El padre Alejandro Goulbourne, quien cada tarde atiende a decenas de fieles en su parroquia, destaca que la confesión no es solo un rito, sino una oportunidad real de encuentro y cambio.
“Creo que es necesaria la reconciliación, porque somos hombres y mujeres con ganas de hacer el bien. Sin embargo, también tenemos que reconocer que somos limitados y que podemos lastimar a alguna persona sin la mínima intención”, expresa el sacerdote.

Para el presbítero, pedir perdón implica, primero, reconocer las propias faltas y acercarse a Dios con humildad. Aclara que no es Dios quien se aleja, sino el ser humano quien se distancia. Por eso, explica que la Iglesia, como madre y maestra, recalca en este tiempo la importancia del trípode cuaresmal: el ayuno o abstinencia, oración y obras de misericordia, y dentro de ese camino espiritual, la confesión ocupa un lugar central.
“No es solamente uno el que participa, es la Iglesia la que acoge al penitente, y cuando nos confesamos, eso debe invitarnos a ser mejores, porque el Señor nos invita a cambiar o a mejorar, no solo durante estos 40 días, sino siempre”.
El padre Goulbourne, cuya parroquia es considerada de tránsito y recibe personas de distintos lugares, reconoce que el servicio puede ser exigente. Sin embargo, insiste en que todos los sacerdotes están llamados a conducir a hombres y mujeres hacia Dios, especialmente a través de la reconciliación.
“Nos sentimos cansados, sí; nos sentimos agotados, sí. Por eso se hace necesario rezar para que haya más sacerdotes que puedan responder a la necesidad de acompañar al hermano y hermana, sobre todo, en los hospitales”, dice.
También hace un llamado a orar por aquellos sacerdotes que, por diversas razones, no están cumpliendo plenamente este rol pastoral, recordando que el acompañamiento espiritual es una misión que exige entrega y constancia.
Comprender la humanidad
del sacerdote
Por su parte, la psicóloga Yitzel Zúñiga ofreció una mirada complementaria al explicar que, muchas veces, los fieles desconocen la carga emocional y laboral que enfrentan los sacerdotes.
“Nosotros, como laicos, vemos al padre como esa figura que me acerca a Dios, mi guía espiritual y, cuando algo sucede en nuestra vida familiar, laboral o emocional, acudimos a él buscando orientación. Pero nos encontramos con horarios, citas previas y limitaciones que pueden resultar chocantes, porque creemos que el sacerdote debería estar disponible cuando lo necesitemos”, expresa.
Zúñiga explica que, detrás de esa percepción, existe una realidad poco visible, que son las múltiples responsabilidades administrativas, pastorales y comunitarias que recaen sobre el sacerdote.
“Muchos pueden estar pasando por lo que se conoce como síndrome de burnout o síndrome de quemado. Es un estrés prolongado que se vuelve crónico por una sobrecarga emocional y física del trabajo.
La especialista subrayó que, muchas veces, ni los mismos sacerdotes reconocen que atraviesan este estado. Por ello, hace un llamado a la corresponsabilidad.
“Debemos ser conscientes de que son seres humanos que necesitan descansar, reflexionar y recibir ánimo. Muchas veces exigimos mucho, pero ¿en qué momento felicitamos, agradecemos o damos palabras de aliento? Hace falta más apoyo en las parroquias”, concluye.
Un llamado a toda la Iglesia
En definitiva, la Cuaresma no es solo un tiempo individual, sino eclesial. “No es solamente una iglesia, una parroquia o una capilla; es toda la Iglesia la que está en sintonía”, recuerda el padre Goulbourne.
Aprovechar estos 40 días para confesarse no es cumplir una obligación, sino abrir el corazón a la gracia, sanar heridas invisibles y renovar el compromiso de ser mejores hijos de Dios.
