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La Lupita, una santa sin altar

Raúl Serrano OSA 

Hay santos y santas cuyas imágenes nunca veremos expuestas para la veneración en nuestras iglesias. Son los que se encuentran en esa gran multitud que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de que habla el capítulo séptimo del Apocalipsis. Pienso que la Lupita forma parte de esa gran multitud. 

Yo la conocí en el año que pasé en Dipilto, Nicaragua, como maestro de novicios y al mismo tiempo encargado de atender la capilla de Dipilto y de otros pueblos cercanos.

 A la Lupita la conocí bien, porque ella era la encargada de llevarnos las tortillas cada mañana. Era su manera de sobrevivir día a día, en un país desolado por la guerra y los desastres naturales. Nunca faltaba a la iglesia cada vez que había alguna celebración. En realidad, casi todo el mundo asistía a misa en Dipilto cada domingo. Sólo había un señor que nunca lo veía en la iglesia. Un día fui a visitarlo y le pregunté por qué no iba a la iglesia, me respondió que él era evangélico y añadió: “yo sólo creo en Dios y en María Santísima”.

Para Navidad, los novicios organizaron las posadas y fuimos con toda la gente, cantando de casa en casa, con un niño que hacía de San José y una niña que hacía de la Virgen, pidiendo posada. La Lupita caminaba a mi lado y noté que iba llorando, le pregunté: Lupita, ¿por qué llora? Y me respondió: “es que me acuerdo de mi hijo, que hubiera estado ahora como el niño que hace de San José”. 

Días después, Lupita me contó su historia. Había estado casada y había tenido un hijo y habían vivido pobres, pero felices en ese pueblo. Cuando la situación se puso difícil para vivir en Nicaragua, a causa de la guerra, su esposo decidió que se fueran para Honduras. Había personas que se encargaban de llevar a la gente por senderos a través de la montaña hasta Honduras. Se sumaron a un grupo de vecinos y juntos se pusieron en camino buscando mejor situación de vida en el país vecino. En la misma frontera de Honduras su esposo tuvo la desgracia de pisar una mina que lo mató a él, al niño y a ella la dejó en tal condición que la gente que venía más atrás pensaron que también estaba muerta y la dejaron con los otros dos cadáveres a la orilla del sendero. Otras personas que pasaron más tarde se percataron de que estaba viva y le buscaron ayuda médica. Pasó muchos meses en el hospital, incluso la llevaron a los Estados Unidos para operaciones delicadas que le tenían que hacer. Cuando se sintió suficiente fuerte, pidió regresar a Honduras y allí vivió en un campo de refugiados hasta que le dijeron que las cosas estaban mejor en Nicaragua. Regresó a su pueblo, pero se encontró que las cosas habían cambiado y ya no tenía casa donde vivir. Cerca de la iglesia construyó su choza con tejas viejas y pedazos de lata. Para ganarse la vida, se puso a vender tortillas. 

En 1998, el Huracán Mitch arrasó Dipilto y la Lupita como la mayoría de los habitantes del pueblo se quedaron sin nada. Sin embargo, esta vez corrió mejor suerte y le construyeron una casa donde pudo pasar, más cómoda, sus últimos años de vida. 

Como lo ha sido para muchos de sus compatriotas, la vida de la Lupita fue el paso por una gran tribulación. Sin su fe y la gracia del Señor, que siempre la sostuvo, no hubiera podido resistir tantas desgracias y desventuras. A pesar de todo se mantenía alegre y dispuesta a luchar día a día hasta que el Señor dispusiera otra cosa. Ahora, espero que esté de nuevo con su esposo y su hijito en la casa del Padre.

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