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“LA NIÑA ANITA”

RAÚL SERRARNO OSA 

El párroco me invitó a que lo acompañara a visitar a la Niña Anita y esa fue la última vez que la vi. La encontramos sentada en una habitación de su casa y nos recibió con mucha alegría. El padre conversaba con ella y yo la observaba. Tenía unos ojos claros, brillantes y llenos de vida, a pesar de sus años. Su vista era verdaderamente hermosa. Una mirada que denotaba que ya estaba contemplando otra realidad más allá de la física. Tenía la alegría de la que espera no la muerte sino la vida. La paz y el gozo que irradiaba su presencia me hizo recordar la estampa- recordatorio del funeral de una hermana franciscana. Tenía escrito en ella un poema que había compuesto la misma hermana para esa ocasión. En el poema, la hermana pedía que la velaran en un salón lleno de luz, flores y música; que los asistentes vistieran trajes de fiesta; que estuviera allí su ataúd, pero vacío, y cuando la gente preguntara por ella, por su cuerpo, les respondieran: “Pero ¿no lo  saben? Vino su amado y se la llevó”. El semblante de la Niña Anita reflejaba  ya la alegría de la cercanía del Amado.

 “El amor es mi peso; él me lleva doquiera soy llevado”, decía San Agustín. El amor fue el peso en la vida de la Niña Anita. Impulsada por ese amor se entregó completamente al servicio de la Iglesia, pero la Iglesia tangible que es la parroquia. La vida parroquial fue el ambiente en que desarrolló su piedad y se preparó para la llegada de su Amado.

En aquellos años, la parroquia marcaba el ritmo de la vida de toda la  población. Algunos meses eran conocidos con el nombre de la fiesta religiosa principal que se celebraba durante ese mes. Junio era el mes de San Juan; julio el mes de Santiago y noviembre el mes de las Ánimas. De este modo, la gente vivía una espiritualidad marcada por la liturgia de la Iglesia. Algo que va a recomendar el Vaticano II cuando declara que la “Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde 
mana toda su fuerza”. Las fiestas de la Iglesia marcando el ritmo de la vida de  todos los parroquianos los llevaba a vivir “concordes en la piedad”, conservando en sus vidas lo que recibieron en la fe.

Tres amores, diría, marcaron la vida de la Niña Anita: el amor a la Eucaristía, el amor a la Inmaculada Concepción y el amor a los pobres. A estos tres amores dedicó su vida. 

El esplendor de la celebración de “Corpus Christi” es algo que se ha mantenido en su parroquia. Quizá se ha perdido algo de la piedad y devoción por el Santísimo Sacramento al convertirlo en atracción turística. La celebración de la Purísima con la población llena de banderas y estandartes; la solemne procesión con los niños y niñas de la primera comunión, es algo que muchos recordarán con nostalgia. 

La piedad de la Niña Anita no fue lo que despectivamente llaman “beatería” y la prueba de ello fue la marca de la “fiesta de los pobres” de San Juan de Dios, que cada 8 de marzo coronaba su permanente obra misericordiosa. Ese día la parroquia acogía a pobres no sólo de esa parroquia sino a muchos más venidos de otras parroquias vecinas. 

En las otras parroquias se empezó a celebrar a San Juan de Dios como el santo  de los pobres, pero nunca alcanzó la importancia que tenía en la Villa de los  Santos. La razón, no se contaba en las otras parroquias con la dedicación de  una persona como la Niña Anita que ese día se desvivía para atender, como si se tratara de Cristo mismo, a cada pobre que llegaba.

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