editorial

La vacuna de la Solidaridad

En la adversidad se conoce a los amigos, dice el conocido refrán. Y en el contexto de esta pandemia han surgido manos solidarias; miles de personas que se han sensibilizado desde el primer momento de la crisis sanitaria, y han abierto su corazón y sus despensas para tender sobre sus prójimos un manto de fraternidad y compasión, al estilo cristiano.

Mientras las cifras aterradoras del contagio y las pérdidas humanas por el coronavirus nos estremecen el ánimo hasta lo más profundo, consuela saber que esta pandemia ha hecho florecer verdaderas lecciones de solidaridad por parte de ciudadanos y empresas. Lo que debe fortalecernos la esperanza y quitarnos el temor son aquellos miles de voluntarios que salen de sus casas arriesgándose sólo por ayudar a los hermanos que sufren más vulnerabilidad y marginación. Estos voluntarios son un verdadero ejemplo del buen samaritano, que con sus propios recursos se lanza a poner el hombro, caminar la milla extra, y acompañar al que sufre, aunque signifique poner él mismo cierta cuota de pesadumbre.

Eso es cristianismo. Eso es Misericordia, viga maestra de esta Iglesia nuestra.

Los panameños no han quedado de brazos cruzados para llevar alimentos a quienes, desde el confinamiento o por estar afectados por el desempleo, no cuentan con los recursos para suplir las necesidades más apremiantes. 

Se han adoptado medidas creativas que han aliviado el impacto social y económico de la pandemia, al menos en las comunidades más al margen de la vida ordinaria. No todo ha sido negativo, no todo es aflicción. Esta realidad que nos golpea ha servido también para que florezcan nuestros mejores sentimientos como panameños y uno de ellos es, sin duda, que sabemos hermanarnos con el que sufre.

¡Qué bueno tenernos los unos a los otros!

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