Este domingo del Buen Pastor, la Iglesia Universal celebró la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, promoviendo la escucha profunda y el acompañamiento cercano para responder con generosidad.
Por Marianne Colmenárez
Bajo la imagen del Buen Pastor, los fieles fueron llamados este IV Domingo de Pascua a detenerse en medio del ritmo cotidiano para entrar en ese espacio interior donde Dios sigue hablando a cada uno de sus hijos.
No se trató de una fecha más del calendario litúrgico, sino de la oportunidad concreta que nos brinda la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, un tiempo de gracia que invita a redescubrir el sentido profundo de la vida como respuesta a un llamado.
El papa León XIV propone en su mensaje, precisamente, ese camino; insiste en la necesidad de cultivar la interioridad, aprendiendo a escuchar y abriéndose a una relación personal con Jesús que se fortalece en la oración y el silencio.
Acompañar para discernir
En la Arquidiócesis de Panamá, este llamado se traduce en un trabajo concreto de cercanía con los jóvenes. El sacerdote Fernando Suárez, director de la Pastoral Vocacional, señaló que uno de los primeros pasos ha sido preparar a quienes acompañan este proceso.

“Deseamos crear ese ambiente de libertad para el joven, para que pueda encontrar en ese acercamiento, ya sea con religiosas, religiosos, matrimonios, sacerdotes, laicos comprometidos, esa capacidad de escucharle”, afirmó.
Explicó que, en ese acercamiento, comienza un proceso que también implica depuración interior. “Vamos podando aquello que se necesita para que la belleza de la vocación en el joven sea verdadera y genuina”, expresó el padre Fernando.
Este acompañamiento se desarrolla en parroquias mediante encuentros, jornadas y espacios de diálogo donde los jóvenes conocen distintas formas de vida dentro de la Iglesia.
“No medimos fuerzas entre congregaciones o movimientos, sino más bien, buscamos promover la vida vocacional del joven”, subrayó.
La familia como espacio de aprendizaje
En su mensaje, el Papa invita a todos, en especial a las familias, a comprometerse cada vez más a crear contextos favorables, con el fin de que el don de la vocación pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado para dar fruto abundante.

En sintonía, el diácono Gilberto Tapia, director junto a su esposa Claudia, de la Pastoral Familiar, advirtió sobre los obstáculos que representan la rutina y el exceso de pantallas en los hogares panameños.
Para él, la familia debe ser esa primera escuela donde el corazón baja el ritmo para escuchar el susurro de la gracia divina. “No se trata de fórmulas complicadas, sino de gestos sencillos que abren el corazón. La oración no va a llegar sola, pero si vamos quitando cosas que nos hacen obstáculo, lo lograremos”, afirmó.
El diácono subrayó que la fe se transmite más por el ejemplo que por el discurso repetitivo.
“Nuestros hijos no aprenden a reconocer la voz de Dios por arte de magia y tampoco por repetir oraciones; ellos aprenden, en estos tiempos, viéndonos”, aseguró al recordar que la vocación es un proyecto de felicidad que se construye en el servicio mutuo de la pareja.
Escuchar en lo profundo
Para el seminarista Gabriel Chue, su llamado vocacional se reveló en la sencillez de un momento de oración.
“No fue un momento espectacular, sino más bien sencillo y profundo. En medio de un rato de oración sentí una paz distinta, como si todo encajara. Dios no grita, sino que habla en lo profundo del corazón”.

En su segundo año de formación en el Seminario Mayor San José ha descubierto que el silencio es una elección consciente de detenerse. Como dice el Papa, la vocación no es una posesión inmediata, sino un camino que madura análogamente a la vida humana, alimentándose de la relación cotidiana con el Señor.
“Sentí que el Pastor Bello no me imponía nada, sino que me invitaba a seguir un camino que, aunque exigente, estaba lleno de sentido”, compartió el joven seminarista.
Chue reconoce que seguir a Cristo implica renuncias que purifican el propósito original de cada individuo.
“Lo más difícil ha sido dejar atrás ciertas seguridades, esas podas duelen porque implican renuncia, pero también purifican el corazón”, añadió.
Su mensaje para otros jóvenes es que no tengan miedo de escuchar esa voz interior, porque cuando uno vive para lo que fue creado encuentra la plenitud.

Fidelidad que se hace alegría
La belleza espiritual de la que habla el Sucesor de Pedro se hace concreta en la vida consagrada. La hermana Isabel Buñay, quien celebra 50 años como sierva de María, es testigo de cómo la intimidad con Dios irradia una paz atractiva que no disminuye con el paso de los años.
La religiosa coincide en que la vocación es un diálogo cotidiano que requiere de espacios de recogimiento para no perder el norte en medio de las ocupaciones.
“Nuestra vocación es un continuo diálogo con el Señor; incluso en las dificultades, el Buen Pastor nos sostiene. Cuando caemos, tenemos la oración, y en los sacramentos vencemos todo temor”, aseguró.
A los jóvenes los exhorta a atreverse a hacer la experiencia, para poder tener convencimiento. “Ven y verás, dijo Jesús; en ese encuentro personal con el Buen Pastor se disipan los temores y se abre paso una paz profunda”, destacó.
