Testimonios de resiliencia muestran cómo la formación, junto a redes de apoyo, se convierte en impulso ante el desempleo y la exclusión.
Por Marianne Colmenárez
El calendario marca 8 de marzo y el mundo vuelve la mirada hacia las mujeres. Este año, el Día Internacional de la Mujer invita a derribar barreras estructurales que impiden la igualdad ante la justicia, desde leyes discriminatorias hasta prácticas sociales que limitan oportunidades.
En Panamá, donde según el Censo de 2023 residen más de cuatro millones de personas y las mujeres superan ligeramente en número a los hombres, ese llamado encuentra eco en historias concretas.
No son relatos de heroínas lejanas. Son experiencias reales, tejidas entre lágrimas contenidas y una confianza profunda en Dios.
Ovy Domínguez Ruiz, de 51 años, jamás imaginó que después de 22 años en una empresa del sector logístico tendría que empezar de cero. Graduada en Administración de Empresas Marítimas, madre de cuatro hijas y abuela, vivió casi al mismo tiempo la separación matrimonial y el cierre definitivo de la compañía donde trabajaba, tras la pandemia.
“Me quedé sin empleo y con una niña muy pequeña. No podía simplemente esperar una pensión alimenticia, eso no me alcanzaba”, expresa.
Regresó a la casa de sus padres, ambos mayores de 80 años. Allí, lejos de sentirse derrotada, encontró respaldo. “La red de apoyo más importante ha sido mi familia. Entre todos nos ayudamos”, afirma.
Aprender desde la necesidad
En medio de la incertidumbre, la oración fue su refugio. “Yo rezaba todas las noches y le decía al Señor, ¿qué hago? No tengo nada ahora mismo”.
Sin posibilidad de aceptar un trabajo fijo por el cuidado de su hija menor, Ovi comenzó, de forma empírica, a coser disfraces y vestuarios de danza. Nunca había tomado en serio una aguja y un hilo.
“Jamás había cosido algo así, pero me atreví”, recuerda. Lo que inició como pequeños arreglos para la academia de danza de su hija, se transformó en pedidos de otras madres.
La oportunidad decisiva llegó a través de la Pastoral Social Cáritas. Una amiga la invitó a participar en cursos de confección que ofrecía la Iglesia. “Madrugaba con entusiasmo, estaba lista desde las cinco de la mañana, aunque la formación empezara a las ocho. Fue un alivio, porque esos cursos en otras partes son muy costosos”, afirma.

Aprendió a elaborar camisolas típicas, pollerones y, más adelante, polleras completas. Unas compañeras le regalaron su primera máquina de coser y, posteriormente, recibió capital semilla con equipo nuevo y herramientas profesionales.

“Gracias al apoyo recibido por parte de la Pastoral Social – Cáritas, ha sido un antes y un después en mi vida. No solo aprendí costura, también redes sociales, marketing y hasta a usar inteligencia artificial para mis diseños”, asegura.
Hoy su emprendimiento, Creaciones Yaya, crece de forma orgánica; confecciona uniformes escolares, prendas típicas y participa en ferias de emprendedoras.
Ovi, como muchas mujeres panameñas, es valiente, constante, no se rinde ante las dificultades. Sueña con ver a sus hijas realizadas y siendo dueñas de sus propios negocios.
Interesadas en los cursos de Cáritas Arquidiocesana de Panamá pueden escribir al WhatsApp 6603-8300 para mayor información.
Educación para abrir caminos

En la comarca Guna Yala, Eidigili Valiente, de 31 años, ha librado otra batalla silenciosa. Madre soltera de dos niñas, logró graduarse en psicología y obtener un profesorado en educación media en la Universidad de Panamá.
“El mayor desafío es el factor económico. La extensión universitaria más cercana queda a tres horas en bote y eso implica gastos que muchas familias no pueden cubrir”, explica.
Hubo días en que solo tenía para el pasaje y, muchas veces, iba a la universidad sin comer, pero pensaba que al regresar a casa resolvería. Eidigili sabía que estudiar era el único camino para cambiar su realidad.
Lamentablemente, el título universitario no ha sido garantía de estabilidad laboral. Ha trabajado en proyectos y en el Ministerio de la Mujer, pero actualmente se encuentra desempleada y ofrece servicios psicológicos de manera independiente.
“Si no hubiese estudiado, sería el doble de difícil; el prejuicio hacia los pueblos originarios persiste, algunas empresas piensan que por ser indígena eres menos competente. Te piden años de experiencia cuando apenas estás empezando. Es como si tuvieras que demostrar el doble”, destaca.

Menciona que, para conseguir un puesto en el sector público, muchas veces tienes que conocer a alguien de un partido político.

“Eso desmotiva, porque nadie me ha regalado ningún diploma; tristemente no siempre se valora la capacidad. Existen casos en que los cargos son ocupados por personas sin la formación necesaria, solo por vínculos políticos”, resalta.
Desde su compromiso en la Pastoral Indígena acompaña a niñas y jóvenes de su comarca, insistiendo en que no abandonen la escuela. Para ella, cada graduación es motivo de celebración profunda.
“Me hace muy feliz ver a alguien de mi comunidad graduarse. Sé cuánto cuesta, sé el sacrificio que hay detrás. La educación puede cambiar nuestra realidad”, asegura.
