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Niñez indígena y maternidad temprana es una realidad que exige respuestas

Niñez indígena y maternidad temprana   es una realidad que exige respuestas

Un informe de la Defensoría del Pueblo revela las profundas brechas que enfrenta la niñez y adolescencia indígena en Panamá. Detrás del 59 % de las madres adolescentes indígenas hay pobreza, exclusión educativa, falta de servicios básicos, desigualdad y situaciones de violencia que permanecen muchas veces en silencio.

Karla Díaz

 

El 59 % de las madres adolescentes de Panamá son indígenas, una cifra que guarda mucho más que una simple estadística sobre embarazo temprano, más bien visualiza la realidad de niñas y adolescentes cuyos proyectos de vida pueden quedar marcados por la pobreza, la interrupción de sus estudios y la ausencia de oportunidades.

La cifra forma parte del primer informe defensorial especializado sobre los derechos de las niñas, niños y adolescentes indígenas en Panamá, presentado por la Defensoría del Pueblo con el apoyo técnico del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y el acompañamiento de la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas de Panamá (CONAMUIP).

Una cifra que tiene muchas causas

Para Yanel Venado Jiménez, abogada originaria de la comarca Ngäbe Buglé, y responsable de Género y Juventud de la Coordinadora Nacional de Pueblos Indígenas de Panamá, el informe constituye un esfuerzo importante para visibilizar una problemática que requiere ser comprendida desde la realidad propia de los pueblos indígenas.

Venado advierte que la situación puede ser todavía más compleja de lo que reflejan las estadísticas, porque la niñez indígena no vive una única realidad. “No es lo mismo un niño que vive cerca de la urbe a un niño que está en completo abandono en lugares inhóspitos de las comarcas”, explica.

A su juicio, cualquier respuesta debe partir de un conocimiento profundo de los territorios y de la participación de sus autoridades tradicionales. Considera necesario que los estudios futuros incorporen, de manera directa, a quienes conocen desde dentro las comunidades.

Esta mirada resulta especialmente importante cuando se aborda el embarazo adolescente. La líder indígena considera que este tema no puede analizarse de manera aislada, porque está relacionado con otras carencias que afectan a la niñez indígena.

El informe revela que el 15 % de las niñas, niños y adolescentes indígenas permanece fuera del sistema educativo.  “Un niño con hambre no va a rendir”, señala Venado. Tampoco lo hará adecuadamente quien debe caminar durante horas para llegar a la escuela o esperar a que baje el nivel de un río para poder cruzarlo.

La educación es la puerta

para romper el círculo

La experta señala que hablar de embarazo adolescente también significa hablar de educación, y no solamente de permanecer dentro de un aula, sino de contar con una formación integral que permita a niñas, niños y adolescentes conocer sus derechos, fortalecer su autoestima, desarrollar un proyecto de vida y recibir orientación adecuada sobre sexualidad y relaciones familiares.

La especialista considera que la educación es uno de los principales caminos para romper el círculo de pobreza que afecta a las comunidades indígenas. “Si nosotros no apostamos a educar a la niñez, estamos prácticamente dando datos que ya todos sabemos cómo son”, plantea.

Venado también llama la atención sobre la necesidad de fortalecer la educación sexual y el diálogo dentro de las familias. El silencio, los tabúes y la falta de orientación pueden dejar a adolescentes expuestos a situaciones para las cuales no cuentan con herramientas de protección.

A ello se suma el impacto de las redes sociales, que han introducido nuevas formas de exposición y riesgos para niños y jóvenes.

 

Entre la cultura, el silencio y la falta de oportunidades

La cifra del 59 % de madres adolescentes indígenas abre un espacio que no se circunscribe a una sola variable. Para quienes han acompañado durante años a las comunidades indígenas desde la pastoral, la educación y la defensa de sus derechos, el fenómeno tiene raíces profundas y exige mirar más allá de los números.

Monseñor Luis Enrique Saldaña Guerra, obispo de la Diócesis de David, considera que, para comprender lo que ocurre, es necesario acercarse a la realidad de las comarcas desde dentro y no pretender interpretar sus dinámicas únicamente desde la mirada externa.

El obispo advierte que algunas situaciones de violencia pueden repetirse dentro de las comunidades y pasar de una generación a otra. Por ello, considera que el tema requiere una atención especial y, sobre todo, un abordaje construido con la participación de los propios pueblos indígenas. “No habría posibilidad de una solución si no se toma en cuenta el peso de la cultura”, sostiene.

Para Saldaña, las respuestas no deberían llegar exclusivamente desde fuera de las comarcas. Propone que personas indígenas preparadas, autoridades tradicionales y miembros de las propias comunidades participen en la investigación y en la construcción de las soluciones. “Hay mucha gente preparada entre los indígenas que puede hacerlo”, afirma.

Por su parte, el padre Jorge Sarsanedas, quien durante décadas ha acompañado la realidad de los pueblos indígenas, introduce otro elemento a la conversación: las oportunidades.

Para el sacerdote, el embarazo temprano no puede atribuirse automáticamente a una práctica cultural. Considera que la permanencia de las niñas y adolescentes en el sistema educativo puede retrasar la maternidad y ampliar sus posibilidades de construir un proyecto de vida diferente.

“Yo no creo que por cuestión cultural ellos se casan jóvenes; es cuestión de oportunidades”, sostiene. Sarsanedas reconoce que el 59 % continúa siendo una cifra alta, pero recuerda que, desde su experiencia y percepción de las últimas décadas, la situación ha cambiado. Según explica, hace unos 20 años el porcentaje era todavía mayor.

Su apuesta vuelve a situarse en la educación, pero intercultural. El verdadero desafío, sostiene, está en garantizar una educación formal que respete y dialogue con esa cultura. “Si hubiera educación intercultural, muchas cosas se aclararían y se evitarían”, afirma.

Mientras tanto, el obispo Saldaña reconoce que la Iglesia cuenta con herramientas para acompañar a la niñez, pero admite que existen dificultades para incidir en otros sectores de la población adulta.

La pastoral puede reunir a las comunidades, ofrecer formación y promover el respeto a la vida y a los derechos humanos. Sin embargo, considera que el desafío exige un trabajo mucho más profundo y sostenido, por lo que la educación vuelve a aparecer como un factor clave.

 

Educar a conciencia

El desafío real es convertir los datos en políticas públicas, fortalecer la educación, trabajar con las familias, proteger a las niñas y adolescentes frente a la violencia y garantizar que los niños indígenas puedan crecer con identidad, dignidad y oportunidades.

El 59 % no es solamente una cifra sobre maternidad adolescente, es un indicador que obliga a preguntarse qué está ocurriendo antes de que una niña se convierta en madre y qué oportunidades tendrá después.

La respuesta, por tanto, no puede limitarse a evitar un embarazo. Tiene que comenzar mucho antes, en la educación, en la protección, en la familia, en la prevención de la violencia y en la posibilidad real de que cada niña indígena pueda imaginar y construir un futuro distinto, según se desprende de las fuentes consultadas.