CatequesisEspiritualidad

No me eligieron ustedes

Comisión Arquidiocesana de Catequesis

Ser catequista es una invitación personal de Dios a la cual debemos responder con amor y prontitud porque “la mies es mucha, pero los obreros pocos”.  Así como Jesús eligió a los Doce y los comprometió en su misión, así nos llama hoy a los bautizados a llevar su mensaje de salvación al mundo entero, pues el número de los obreros sigue siendo pequeño.

Al recibir los sacramentos de iniciación cristiana, nos hacemos partícipes de la misión redentora de Cristo Sacerdote. Los fieles laicos participamos de este sacerdocio de Cristo, aunque de un modo diferente. Estamos llamados a evangelizar el mundo a través de nuestras tareas terrenales, realizadas con perfección humana, buscando en todo la gloria de Dios.  Cada circunstancia que vivimos, cada momento de la jornada, cada actividad, cada trabajo, podemos ofrecerla a Dios, realizándola y viviéndola en su Amor, imitando a Cristo, sumo y eterno sacerdote.

Por un lado, los sacerdotes han sido llamados expresamente por Dios, para consagrarse totalmente a la obra para la que el Señor los llama.  En la última cena, todas las palabras de Jesús, todos las señales que había realizado culminaron en el gesto de partir el pan y de ofrecer el cáliz, anticipación del sacrificio de la cruz, y en esas palabras: «Tomen y coman este es mi cuerpo; tomen y beban, esta es mi sangre». Este gesto de Jesús es el agradecimiento extremo al Padre por su amor y misericordia. Agradecimiento en griego se dice eucaristía, y por eso el sacramento se llama eucaristía.

Por otro lado, ser catequista es un privilegio, una de las tareas más importantes y valiosas que Dios le puede encomendar a una persona. Le confía la formación de almas, a través de mostrarles con su propio testimonio de vida, lo que realmente es amar a Dios.

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