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Nuestro compromiso es llevar el mensaje liberador del Evangelio

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En la misa de este martes, el Arzobispo de Panamá, Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, inicia su homilía pidiendo que leamos con atención la descripción que el profeta Oseas hace de los sentimientos de Dios hacia aquellos que han hecho pacto con Él y luego han violado esa confianza. 

Invitó a los que siguen la misa diaria por FETV y Radio Hogar, a que examinen sus propias vidas buscando esas experiencias que les ayuden a entender el mensaje de Oseas, pero antes recordó que, en la época del profeta, los israelitas estaban bajo la influencia de la religión y cultura de los cananeos. 

Dijo que, aunque Israel había hecho pacto en Sinaí, de llegar a ser un reino de sacerdotes y una nación santa para Dios, en la época de Oseas el pueblo de Dios se había hundido profundamente en las prácticas de sus vecinos, cuya forma de vida debían de haber rechazado.

“Empleando la figura (o metáfora) de un matrimonio, el Señor, a través de Oseas, enseñó a su pueblo que, aunque le había sido infiel, aun así, Él no se divorciaría (o los expulsaría) si es que como pueblo se volvían a Él”, indicó Monseñor Ulloa.

Explicó que, aunque Oseas habla de una nación, el mismo principio se aplica a los individuos, aún aquellos que han sido gravemente infieles a Dios pueden volver a establecer su relación con Él, si es que se vuelven a Él con sinceridad de corazón.

La conversión que predica Oseas hoy es una propuesta para abandonar la hipocresía, afirmó Monseñor Ulloa, tras agregar que el profeta advierte que en ellos la vida va por un lado y el culto por otro, y por eso Dios rechaza sus ofrendas. 

El Arzobispo señaló que la llamada de Oseas llega hasta nosotros que hemos valorado mucho el culto, el cumplimiento de leyes, pero olvidando muchas veces lo más importante: nuestro compromiso para aportar, con nuestros actos, algo al cambio de esta sociedad. 

“El mundo camina alejado de la justicia, la solidaridad, el amor. Valoramos poco el gesto oportuno, el detalle discreto, el trato humano y la preocupación y solidaridad por los que menos tienen”, expresó. 

Por lo contrario, hay algo más importante “comprometernos de verdad para hacer el bien, solo así nuestro culto será verdadero y mantendremos lejos la hipocresía”.

Al referirse al evangelista que transmite dos milagros realizados por Jesús. Dar la vista a dos ciegos –evangelio de ayer- y devolver el habla a un mudo, el de hoy, provoca la admiración en sus oyentes. 

“Si algo define claramente el paso de Jesús por este mundo fue que “pasó haciendo el bien” y, hacer el bien, significó dejarse afectar por la pobreza y necesidad de la gente”, distinguió el Arzobispo, y es que “en el corazón de Cristo solo hay amor”. 

Prosiguió diciendo que el apostolado de Jesús se resume en los verbos: recorrer, enseñar, predicar y curar. Primero, es necesario recorrer, es decir, hacer el camino, ir donde las personas están.

Como seguidores de Jesús, Monseñor Ulloa invitó a todos los fieles a llevar la buena nueva a nuestra casa, hacerla presente en el trabajo, en la comunidad de vecinos, con los amigos, advirtiendo que no podemos vivir cerrados dentro de nosotros, ocupados solo con nuestras cosas.

Y cuestionó al final de su homilía: ¡Cuántas almas sencillas han acercado tantas almas a Dios! …se nos olvida trabajar por el Evangelio. El mundo necesita a Jesucristo y los dones del Espíritu Santo, y exclamó: ¡no podemos negárselo!

A continuación, el texto completo de la Homilía de Monseñor Ulloa desde la capilla de su casa.

Homilía Martes XV

José Domingo Ulloa M.

Iniciamos esta semana leyendo al Profeta Oseas, y su mensaje fue dirigido principalmente a Israel. Los primeros tres capítulos nos dan un relato de los problemas domésticos de Israel. Tienen el propósito de mostrarnos los pecados de Israel y el amor de Dios. El resto del libro contiene denuncias contra el pueblo por su idolatría y su pecado.

¿Alguna vez has dado amor y confianza, o has hecho convenios solemnes, y posteriormente han sido traicionado? ¿Has sido amado por una persona, a las que has tenido confianza, y luego, en un rapto de debilidad, ella ha traicionado aquella confianza dañando así la relación afectiva, y de este modo sabe lo que es sentir el anhelo de volver a ser digno de confianza?

Lee con atención la descripción que Oseas hace de los sentimientos de Dios hacia aquellos que han hecho pacto con Él y luego han violado esa confianza.

Examina tu   propia vida buscando experiencias que te ayuden a entender el mensaje de Oseas.

En la época del profeta, los israelitas estaban bajo la influencia de la religión y cultura de los cananeos. El nivel de cultura de los agricultores radicados en la ciudad y la fertilidad de sus rebaños y campos (aparentemente causada por los dioses y diosas de la fertilidad) atrajeron a los israelitas.

Los ritos mediante los cuales la gente suplicaba a los dioses de la fertilidad eran obscenos, licenciosos e inmorales.

Aunque Israel había hecho pacto en Sinaí de llegar a ser un reino de sacerdotes y una nación santa para Dios, en la época de Oseas el pueblo de Dios se había hundido profundamente en las prácticas de sus vecinos, cuya forma de vida debían de haber rechazado.

Empleando la figura (o metáfora) de un matrimonio, el Señor, a través de Oseas, enseñó a su pueblo que, aunque le había sido infiel, aun así, Él no se divorciaría (o los expulsaría) si es que como pueblo se volvían a Él. Aunque Oseas habla de una nación, el mismo principio se aplica a los individuos. Aun aquellos que han sido gravemente infieles a Dios pueden volver a establecer su relación con Él si es que se vuelven a Él con sinceridad de corazón.

Por eso la conversión que él predica hoy es una propuesta para abandonar la hipocresía. El profeta señala que, en ellos, la vida va por un lado y el culto por otro.

Por eso Dios rechaza sus ofrendas. ¿Qué sentido tienen esos altares si los que allí se acercan no tienen a Dios en su corazón?

Ofrecer sacrificios a Dios olvidando lo que Él quiere, es lo que Oseas condena. Todo ese comportamiento, toda esa incoherencia tendrá consecuencias en el pueblo. El exilio en Babilonia será el resultado de un estilo de vida que Dios no acepta.

La llamada de Oseas llega hasta nosotros. Hemos valorado mucho el culto, el cumplimiento de leyes, pero olvidando muchas veces lo más importante: nuestro compromiso para aportar, con nuestros actos, algo al cambio de esta sociedad.

El mundo camina alejado de la justicia, la solidaridad, el amor. Valoramos poco el gesto oportuno, el detalle discreto, el trato humano y la preocupación y solidaridad por los que menos tienen.

Todos estos aspectos cultuales, que no hay que infravalorar, no pueden dejarnos tranquilos. Son insuficientes. Hay algo más importante: comprometernos, de verdad, para hacer el bien. Solo así nuestro culto ser verdadero y mantendremos lejos la hipocresía.

Por otro lado, el evangelista nos transmite dos milagros realizados por Jesús. Dar la vista a dos ciegos –evangelio de ayer- y devolver el habla a un mudo, el de hoy. Todo ello provoca la admiración en sus oyentes.

La frase es significativa, no es lo que están acostumbrados a ver y surge el asombro y la admiración.  El pueblo sencillo ve las cosas sin malicia y su interpretación de los hechos se atiene a la realidad de lo que contemplan.

La admiración conduce a los interrogantes y, desde ahí, el esfuerzo por encontrar su respuesta. Curiosamente, cerca están los fariseos que, habiendo visto lo mismo, rechazan la realidad y lo interpretan torticeramente para negar lo que hay detrás de la acción de Jesús: la mano de Dios.

Al ver a la gente sintió compasión

Si algo define claramente el paso de Jesús por este mundo fue que “pasó haciendo el bien” y, hacer el bien, significó dejarse afectar por la pobreza y necesidad de la gente. Ve aquellas multitudes como “ovejas sin pastor”, desorientadas, necesitadas de luz para saber por dónde caminar.

Y surge en Él la compasión. Y actúa: les lleva un mensaje donde queda patente la bondad de un Dios que ama a todos y solamente quiere el bien de sus hijos.

En el corazón de Cristo solo hay amor. La compasión no es otra cosa que la proyección de ese amor que bulle en su corazón. Es la compasión que va más allá del simple sentimiento de tristeza ante el mal de los demás. Conlleva hacer algo por que ese mal desaparezca.

La mies es mucha, pero los obreros pocos

La labor de Jesús en la predicación del Reino es inabarcable. Se extiende por todas partes donde hay dolor, tristeza, necesidad material y espiritual. También nosotros en nuestro deseo de hacer el bien podemos sentirnos desbordados. Muchas veces nuestra actuación es muy limitada.

Ante esa realidad no cabe la lamentación vacía mientras contemplamos el mal. La realidad debe instarnos a obrar y cuando observemos la tarea que nos queda por realizar, y a la que no llegamos, no hemos de dejar lugar al desaliento.

Hemos de levantar nuestro corazón a Dios para presentarle esa mies y pedirle que envíe obreros. Que nuestra acción imperfecta termine siempre en sus manos a través de una oración sencilla y confiada.

Por eso el apostolado de Jesús se resume en los verbos: recorrer, enseñar, predicar y curar. Primero, es necesario recorrer, es decir, hacer el camino, ir donde las personas están.

Sé que, hoy, recorrer queda incluso más fácil, porque tenemos los automóviles, los medios de locomoción y, más aún, tenemos los medios virtuales, la internet, los medios de comunicación. Más no importa los medios, Jesús utilizo el medio que Él tenía, que era caminar.

Lo importante es asumir que nosotros necesitamos llevar la buena nueva a nuestra casa, hacerla presente en el trabajo, en la comunidad de vecinos, con los amigos; lo que no podemos es vivir cerrado dentro de nosotros, ocupados solo con nuestras cosas.

Nuestro compromiso es enseñar aquellos que de Dios nosotros aprendemos. Así como Jesús enseñaba en las sinagogas, nosotros necesitamos enseñar en casa, en las redes sociales, enseñar donde estamos viviendo.

No podemos dejar de evangelizar y de catequizar en nuestra propia casa y familia, predicando el Evangelio del Reino de Dios.

Pero recordemos solo enseña aquel que aprende. Por eso nosotros primero, hemos de aprender de Jesús, escucharlo y aprenden en la escuela de Jesús lo que nosotros vamos a enseñar.

Padre y madre, no dejen de enseñar las lecciones básicas de educación para tus hijos, pero no dejen de Evangelizar y de catequizar en vuestra propia casa y familia.

Una cosa es recibir la enseñanza que es conocimiento, otra cosa es predicar, es decir, impregnar en el corazón del Evangelio de la Vida, para que él quede marcado y basado dentro del alma y del corazón.

Prediquemos el Evangelio, primero, con nuestra propia vida y, después, con las palabras.

Prediquemos con simplicidad y humildad, pero no dejemos de predicar. Jesús sanaba todo tipo de enfermedad, necesitamos ser señal de la cura de Dios, pero primero, hemos de dejarnos sanar por Él, porque necesitamos ser sanados.

La Palabra de Dios cura y liberta, Jesús nos cura cuando permitimos que la Palabra de Él entre en nosotros y realice su obra. También hemos de traer la cura para los de casa, para la familia.

Vivimos en un mundo donde Dios está siendo aparcado de forma displicente. Algunos lo ven innecesario. Los que creemos y esperamos en Él, podemos sentir nuestra impotencia ante la fuerza de los que lo niegan, lo atacan y rechazan. Un mundo huérfano de ese buen Padre tiene el riesgo de caminar por sendas oscuras, deshumanizadoras.

Recuerda: Jesús no se suele detener en discutir sobre su persona. Recorre pueblos y aldeas, y busca a la gente que está extenuada y abandonada … como ovejas sin pastor.

No podemos dedicarnos, por tanto, a perder el tiempo en vanas discusiones, mientras tanta gente se aleja de Dios … y no llegan a conocerlo. Pero, en ocasiones, se nos anima a que discutamos entre nosotros … ¿Y el Evangelio?

¡Cuántas almas sencillas han acercado tantas almas a Dios! … Personas anónimas en sus familias, religiosas en el silencio de su convento, sacerdotes en parroquias perdidas. Pero ahora, el ídolo de la “opinión pública” exige que nos pidan nuestro parecer, que seamos populares y, se nos olvide trabajar por el Evangelio. Sin embargo, el mundo necesita a Jesucristo y los dones del Espíritu Santo ¡no podemos negárselo!

La Virgen nunca discute: se fija en las necesidades de sus hijos y nos dice: “Haced lo que Él os diga”.

Y ahí percibimos la abundancia de esa mies: tantas personas anhelantes de Dios, sin saberlo, y resistiéndose a dar salida a ese anhelo. Nuestra impotencia encuentra en la bondad de Dios un puerto de salvación y esperanza. Tras nuestro esfuerzo, solo nos queda rogar al Padre de la mies que siga actuando y envíe esos obreros que el mundo está necesitando.

 PANAMÁ, acatemos las normas que nuestras autoridades han implementado. Por ti, por los tuyos, por Panamá -Quédate en casa.

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

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