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¡Proclamemos al mundo que Jesús es nuestro Salvador!

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Se ha acusado muchas veces al Antiguo Testamento de proyectar la imagen de un Dios castigador, resentido, colérico, rencoroso, hoy el profeta Oseas pone en boca de Yhah algunas de las expresiones más hermosas de toda la Escritura: «cuando Israel era joven, lo amé», «yo lo enseñé a andar, lo alzaba en brazos».

Así empezó el Arzobispo de Panamá, Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, su homilía y seguidamente indicó que el tiempo del Antiguo Testamento no es ya el nuestro y, sin embargo, de cuántas maneras sutiles terminamos relacionándonos con Dios como enemigo a la puerta y no como santo en medio de nosotros… 

“Al vivir así, instalados en cualquiera de estas posturas, señalamos a Dios como a un adversario siempre al acecho que se alegra en nuestra desgracia. Y le cerramos del todo la entrada a nuestro hogar”, lamentó.

Y continúo diciendo que, aunque Dios venga con su Paz, le despedimos con nuestra guerra, haciendo al mediador culpable de la ruptura, sin embargo, Él permanece dentro o fuera, compartiendo nuestra mesa o esperando en el umbral: santo en medio de todos, aunque solo los pobres lo sepan descubrir.

Citando el Evangelio de hoy, explicó que las instrucciones de Jesús a sus discípulos son muy claras y concretas a sus discípulos, y les dice explícitamente que tienen que hacer y decir lo mismo que Él ha hecho y lo mismo que Él ha dicho: proclamar la cercanía del Reino de los cielos y manifestar con sus obras que ya se hace presente.

En su habitual lenguaje directo, Monseñor Ulloa, indicó que por lo contrario surgen voces pesimistas que hablan de tragedias, muertes y desastres. O el negativo que piensa que nada funciona, en ambos casos se lleva amargura. 

Pero, el verdadero discípulo proclama el Reino de los Cielos, anuncia que Jesús es el Señor y Salvador, advirtió tras afirmar que el discípulo es movido por la fe, y no se deja llevar por el desánimo, no se deja llevar por el cansancio, porque su refugio es el corazón de Jesús. 

“Si tú eres discípulo de Jesús, pon tu corazón en Él, enamórate verdaderamente, puedes tener seguridad, no hay otro nombre que pueda salvarnos y nos liberarnos que no sea el nombre de Jesús, acotó. 

A continuación, el texto completo de la Homilía de Monseñor Ulloa desde la capilla de su casa.

Homilía Jueves 9 de julio XV

José Domingo Ulloa M.

Se ha acusado muchas veces al Antiguo Testamento de proyectar la imagen de un Dios castigador, resentido, colérico, rencoroso. Un personaje más cercano a los dioses grecorromanos, abrasados de bajas pasiones, que al Padre bueno a quien Jesús rezaba.

Hoy el profeta Oseas pone en boca de Yhah algunas de las expresiones más hermosas de toda la Escritura: «cuando Israel era joven, lo amé», «yo lo enseñé a andar, lo alzaba en brazos», «yo lo curaba», «con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía», «me inclinaba y lo daba de comer», «se me conmueven las entrañas», y esa frase lapidaria con que cierra su cavilación, de una vez para siempre, «que soy Dios, y no hombre; santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta».

El tiempo del Antiguo Testamento no es ya el nuestro y, sin embargo, de cuántas maneras sutiles terminamos relacionándonos con Dios como enemigo a la puerta y no como santo en medio de nosotros…

En ocasiones, nos volvemos airados contra Él porque creemos que permite impasible nuestras desdichas. Otras veces, nos escondemos de su mirada por temer que censure nuestras vergüenzas.

Tampoco es difícil descubrirse a uno mismo lamiéndose las heridas en una soledad quejosa, con la puerta cerrada a la verdadera compasión divina. Cuando no maldiciendo los muchos sacrificios que hemos hecho para agradar a un Dios que no nos corresponde a nuestro antojo.

Al vivir así, instalados en cualquiera de estas posturas, señalamos a Dios como a un adversario siempre al acecho que se alegra en nuestra desgracia. Y le cerramos del todo la entrada a nuestro hogar.

Aunque Él venga con su Paz, le despedimos con nuestra guerra, haciendo al mediador culpable de la ruptura. Dios, no obstante, permanece. Dentro o fuera, compartiendo nuestra mesa o esperando en el umbral: santo en medio de todos, aunque solo los pobres lo sepan descubrir.

Instrucciones muy claras y concretas las que les da Jesús a sus discípulos. A ellos que lo han seguido de cerca, ahora les dice explícitamente que tienen que hacer y decir lo mismo que Él ha hecho y lo mismo que Él ha dicho: proclamar la cercanía del Reino de los cielos y manifestar con sus obras que ya se hace presente.

El discípulo de Jesús proclama el Reino de los Cielos

 “A lo largo del camino proclamen: ¡El Reino de los Cielos está ahora cerca!” (Mt 10, 7).

Estamos recurriendo los caminos de la vida, estamos yendo por el camino de la vida; y la gran pregunta es: “¿Qué estoy anunciando?” ¿Qué estoy proclamando”? “¿Qué estoy llevando al corazón de las personas que caminan conmigo, que viven conmigo, que encuentro a lo largo del camino?”

El pesimista anuncia las cosas pésimas de la vida; habla de tragedias, muertes y desastres.

El negativo ve todo sobre la óptica negativa: nada presta, nada funciona. Y, así, cada uno es movido por el impulso de tu corazón.

Quien esta amargo lleva amargura para el camino. Aquel que esta engañado vive sobre ilusiones y siembra ilusiones para todos los lados que camina.

El orgulloso, lleno de soberbia, lleva aquello que es orgullo en su corazón, se eleva más que los demás, anuncia a sí propio todo el tiempo, habla de sí mismo, todo se vuelve para él, es el centro del mundo y del universo.

¿Y el verdadero discípulo de Jesús que anuncia?: El discípulo de Jesús anuncia a Jesús, proclama el Reino de los Cielos, anuncia que Jesús es el Señor y Salvador.

En el mundo de descreencia y desesperanza, con todo aquello que reconocemos que hay en el mundo, el discípulo no se para en la tragedia, pero si se detiene en la esperanza, él es movido por la fe, no se deja llevar por el desánimo, no se deja llevar por el cansancio, porque su refugio es el corazón de Jesús.

Él no lleva las personas para a un corazón ni para los otros corazones, él lleva a todos para el corazón de Jesús.

Por lo tanto, si tú eres discípulo de Jesús, has de anunciar anunciarlo es a Él, proclamar con la palabra y la vida que el Reino de Dios está cerca.  Y hemos de invitar a tomar posesión de ese Reino.

Por eso no podemos vivir ni proclamar el reino de este mundo; ni podemos anunciar las tinieblas.

No podemos, muchas veces, incluso siendo personas de Iglesia, dar mucho destaque como algunos quieren dar al demonio, las tinieblas y la acción del mal.

El discípulo de Jesús anuncia Jesús, proclama el Reino de los Cielos

Proclamemos a Jesús, proclamemos que Él está sanando, bendiciendo, iluminando y guiándonos.

Proclame que Él está en nuestro medio. Invoquemos el nombre de Jesús, su presencia entre nosotros y, por favor, lleva ese Jesús no el miedo a tus hijos, a las personas.

Llevemos aquello que Jesús hace y es para cada uno de nosotros, aunque Él sea poca cosa en tu vida. Deja a Jesús convertirse el señor de tu vida, porque es eso que debemos anunciar.

Las personas cuentan enredos de películas y novelas, narran fútbol con maestría, saben decir todo sobre cada cosa, y, por fin, cada uno en el área que pone el corazón.

Si tú eres discípulo de Jesús, pon tu corazón en Él, enamórate verdaderamente, y cada día, por Él y por Su reino y, puedes tener seguridad, si queremos anunciar salvación, liberación, cura y restauración, no hay otro nombre que pueda salvarnos y liberarnos que no sea el nombre de Jesús.

¡Proclamemos al mundo que Jesús es nuestro Salvador!

La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento».  (Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n, 1).

Y frente a este envío recordemos: las oposiciones al Reino serán siempre las mismas: el demonio que esclaviza y sojuzga a las personas. Hay que expulsar estos demonios. Una característica del discípulo será la alegría de dar, de dar prontamente, de dar gratuitamente.

Siempre habrá duda de quien se presta para hacer de la religión un negocio y del acercamiento al Señor una ganancia material.

Por eso ninguno podemos olvidarnos, laicos y sacerdotes que la fuerza del Reino está en la gratuidad, tanto del don recibido como del don que se ofrece (algunos laicos y sacerdotes hacen de este mandato un negocio…).

Todo es regalo y todo es gratuidad. Por eso no es extraño que les pida completa libertad para poder andar el camino: sin estorbos físicos, sin apegos materiales, sin dinero, sin ambiciones de gloria.

No era fácil para aquellos discípulos y ciertamente tampoco es fácil para nosotros. Estamos tan acostumbrados a comprar y vender que quisiéramos también comprar el Reino, pero un reino que se vende deja de ser el de Jesús.

A cambio de ofrecer y recibir este Reino, Jesús promete la paz. Todo lo contrario, para quien lo rechaza: no encontrará paz, pues el dinero y la ambición nunca lograrán proporcionar la verdadera paz.

 

 PANAMÁ, acatemos las normas que nuestras autoridades han implementado. Por ti, por los tuyos, por Panamá -Quédate en casa.

 

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

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