El Mes de la Etnia Indígena invita a escuchar, valorar y defender la dignidad de nuestros pueblos originarios.
Por Mons. José Domingo Ulloa M./Arzobispo de Panamá.
Celebrar el Mes de la Etnia Indígena es mucho más que recordar nuestras raíces. Es reconocer que los pueblos originarios siguen siendo una voz viva que interpela la conciencia de Panamá. Sus culturas, lenguas, tradiciones y sabiduría ancestral no pertenecen al pasado; son un patrimonio vivo que enriquece nuestro presente y puede iluminar nuestro futuro.
En un mundo que con frecuencia mide el progreso únicamente por el crecimiento económico, los pueblos indígenas nos recuerdan que el verdadero desarrollo nunca puede construirse sacrificando la dignidad de las personas, destruyendo la creación o debilitando la vida comunitaria. Ellos nos enseñan que la tierra no es una mercancía, sino una herencia que recibimos de Dios y que debemos custodiar para las futuras generaciones.
El Papa León XIV nos ha recordado que ninguna sociedad puede llamarse verdaderamente humana cuando deja sin voz a quienes tienen tanto que aportar al bien común.
«Escuchar a los pueblos originarios no es un gesto de cortesía; es una exigencia de justicia y una condición para construir una auténtica fraternidad».
Como Iglesia, renovamos nuestro compromiso de caminar junto a nuestros hermanos indígenas, defendiendo su dignidad, promoviendo sus derechos y anunciando a Jesucristo con profundo respeto por su identidad cultural. La fe no destruye las culturas; las purifica, las fortalece y las lleva a su plenitud en Cristo.
Este mes debe movernos también a revisar nuestras actitudes. Todavía persisten la exclusión, la pobreza, la falta de oportunidades y formas de discriminación que no pueden dejarnos indiferentes. El Evangelio nos impulsa a pasar de las palabras a los hechos, del reconocimiento ocasional al compromiso permanente.
Que el Mes de la Etnia Indígena despierte en todos nosotros la decisión de construir un Panamá donde la diversidad sea acogida como una bendición, un país capaz de mirar el futuro con la fuerza de quienes caminan unidos como una sola familia.
