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Oscar Arnulfo Romero: pastor, mártir y profeta

El 14 de octubre será un día glorioso e histórico para los salvadoreños. Su pastor, mártir y profeta, Monseñor Oscar A. Romero, será declarado santo por el Papa Francisco. Asesinado el 24 de marzo de 1980, sigue viviendo en el corazón del pueblo y su aureola de santidad brilla ante el trono divino. La voz de los pobres y desprotegidos llegó al corazón de Dios. No estará solo en la grandiosa ceremonia pues también serán canoniza-dos Pablo VI y otros gigantes de santidad. Estarán presentes los que participan en el Sínodo de los Obispos que ahora están abordando importantes temas sobre la juventud.

El Papa Francisco decía hace pocos días que “vivimos en un contexto en el que la barca de la Iglesia es golpeada por vientos contrarios y violentos. Al lado de esta dolorosa realidad hay que aceptar, con alegría y esperanza, a miles de sacerdotes que desde el día de su ordenación han sido fieles a Dios y a la iglesia y desempeñan con entusiasmo la misión que El Señor les ha confiado. Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos y humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada.

Monseñor Romero es ejemplo vivo de esta santidad. Su cotidiano acercamiento al Dios de los pobres le llevó a escuchar sus sufrimientos, los muchos muertos que le tocó recoger le enseñaron a leer mejor el evangelio y a pedir justicia por ellos. Su presencia carismática en medio del pueblo sigue siendo una luz de esperanza para esta nación que sigue buscando los caminos de la paz, la armonía y la reconciliación. Es justo, que, como iglesia, agradezcamos a Dios el regalo que nos ha hecho en la persona de tan querido pastor y mártir. Su voz sigue resonando en el corazón del pueblo y, sobre todo, en muchos países de nuestro continente latinoamericano heridos por el irrespeto a la dignidad de las personas y azotada por la violencia. Fue un auténtico profeta de Dios que con valentía y prudencia supo situarse en la línea de la verdadera justicia que brota del Evangelio, un obispo pastor que configuró su corazón con el de Jesús buen pastor. Abogó siempre por la paz, la justicia, los derechos humanos, la reconciliación y la dignidad de la persona. Se le siente presente en cada comunidad que lo quiere, respeta y recuerda con gran cariño y gratitud. Un profeta auténtico en el anuncio del Reino de Dios, un pastor, que como nos dice el Papa “olía a oveja y como Jesús dio su vida por ellas”.

San Juan Pablo II con el que nuestro beato se entrevistó varias veces, dijo en una ocasión: “Al término del segundo Milenio la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de Mártires”. Ahora podemos decir que El Salvador es tierra de mártires testimoniada, no solo por Monseñor Romero, sino por la sangre de otros sacerdotes, religiosa y laicos que murieron por predicar la verdad y la justicia Nos toca ahora pedir su intercesión, para que esta querida y amada nación, siga buscando los caminos de la paz y la reconciliación.

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