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Que no paralicen tu alma

Algunas heridas, gracias a Dios, cicatrizan con cierta velocidad. Otras tardan en cerrarse y siguen abiertas por semanas, meses, incluso años.

Una ofensa, una traición, un desengaño, un fracaso, pueden hacernos daño durante un tiempo breve, pero sin dejar grandes huellas en la propia vida. Existen heridas del alma que sangran durante un tiempo largo, muy largo, casi asfixiante.

Esas heridas ahogan el corazón y lo sumergen en depresiones intensas, en miedos que aturden, en odios que destruyen, en desesperanza, en agonía interior.

Es casi imposible evitar los malos momentos, es importante saber afrontarlos con un corazón sano y con un realismo sereno.

En el mundo no todos son buenos, pero tampoco todos son malos. No todas mis decisiones llevan a buenos resultados, pero no todas están condenadas al fracaso. Entre mis amigos no todos son fieles y sinceros, pero gracias a Dios no son todos traidores y miserables las heridas constituyen un ingrediente inevitable entre quienes emprenden un camino. A veces, porque uno mismo es torpe y no supo prever dónde estaba el peligro. Otras, porque los otros, con o sin culpa, obstruyen nuestra vida, cortan nuestros mejores sueños o también (gracias a Dios) impiden que llevemos a cabo planes absurdos.

Hoy es un día en el que mi corazón puede recibir una terapia profunda. Basta simplemente que le dé permiso a Dios para que limpie, para que le deje hablar en lo más íntimo del alma, para que consuele mi dolor, para que perdone mi pecado, y para que me lleve a perdonar a todo aquel que me haya provocado alguna herida en este camino.

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