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SAN BENITO Y EUROPA

José-Román Flecha Andrés

En este día de San Benito recuerdo que visité la abadía de Montecasino, una mañana de invierno del año 1966. Año y medio antes, el día 24 de octubre de 1964, había llegado allí Pablo VI para consagrar la iglesia de aquella abadía, destruida por un  terrible bombardeo que Pío XII había  tratado de evitar.

  Pues bien, en Montecasino expresaba el Papa su deseo de que la memoria de San Benito ayudara a escuchar el acento de su pacífica oración, para descubrir “el amor, la obediencia, la inocencia, la libertad de las cosas y el arte de su buen empleo, la prevalencia del espíritu, la paz, en una palabra, el Evangelio”. 

Benito de Nursia se apartó de la sociedad de su tiempo para encontrarse a sí mismo. Aquella fuga la imponía “la decadencia de la sociedad, por la depresión moral y cultural de un mundo que no ofrecía al espíritu posibilidades de conciencia, de desarrollo, de diálogo; se necesitaba un refugio para reencontrar seguridad, calma, estudio, oración, trabajo, amistad y confianza”.

Las cosas han cambiado con el paso de los siglos. “Hoy no es la carencia, sino la exuberancia de la vida social, lo que incita a este mismo refugio. La sociedad está hoy necesitada de volver a aquellas raíces en las que encontró su vigor y esplendor: las raíces cristianas que San Benito en tan gran parte le proporcionó y alimentó.

Dos capítulos hacen desear la presencia de San Benito: la fe que él y su Orden predicaron en Europa, y la unidad, en la que aquel gran monje solitario y social nos educó.

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