Espiritualidad

Santidad es mirar y actuar con misericordia

A los pocos días de ser elegido Obispo de Roma, un periodista entrevistó al Papa Francisco y comenzó preguntándole: ¿quién es Jorge Bergoglio? De inmediato, el Papa respondió: “un pecador a quien el Señor ha mirado con misericordia”. No fue una respuesta improvisada o retórica, sino algo nacido de su corazón y central en su espiritualidad: la confianza en la misericordia del Señor, que muy pronto le llevaría a proclamar la celebración del “Año de la misericordia”. 

De hecho, el lema que eligió para su escudo episcopal es miserando atque eligendo, unas palabras de San Beda el Venerable comentando la vocación de Mateo el publicano (Mt 9,9ss.), que le impresionaron desde su juventud: “Jesús miró al publicano con misericordia y le eligió”. Palabras muy parecidas al comentario de San Agustín sobre el perdón a la mujer adúltera, que también Francisco ha recordado en sus discursos: se fueron los acusadores y “quedaron solos la miseria y la misericordia” (ver Jn 8,9).

Dios es Padre, Amor y Misericordia, tiene entrañas de madre. Su perfección y santidad se identifican con su misericordia.  Los cristianos somos “un ejército de perdonados”. Y la santidad cristiana es por eso inseparable de la misericordia. “En el evangelio de Lucas ya no escuchamos el «sed perfectos» ( Mt 5,48) sino «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará» (6,36-38). Y luego Lucas agrega algo que no deberíamos ignorar: «Con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (6,38). La medida que usemos para comprender y perdonar se aplicará a nosotros para perdonarnos. La medida que apliquemos para dar, se nos aplicará en el cielo para recompensarnos. No nos conviene olvidarlo”(Francisco, Gocen y alégrense, GE 81).

«Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia »“La misericordia tiene dos aspectos: es dar, ayudar, servir a los otros, y también perdonar, comprender. Mateo lo resume en una regla de oro: «Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella» (7,12)…. Dar y perdonar es intentar reproducir en nuestras vidas un pequeño reflejo de la perfección de Dios, que da y perdona sobreabundantemente (GE 80-81).

La santidad cristiana es misericordia, es la actitud de un corazón generosos y abierto, capaz de dar, ayudar y servir. Amar al otro, por lo menos, como a mí mismo. Amar al otro como el Señor le ama y me ama, hasta entregar la vida para que nosotros vivamos, como recordamos en este tiempo pascual. Amar al otro como amamos a Dios, reconociendo su presencia en él, y especialmente en el rostro de los pobres y los que sufren: “cuanto hicieron a alguno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25, 40).

La misericordia se manifiesta dando, pero también perdonando. “Jesús no dice: «Felices los que planean venganza», sino que llama felices a aquellos que perdonan y lo hacen «setenta veces siete» ( Mt 18,22). Es necesario pensar que todos nosotros somos un ejército de perdonados. Todos nosotros hemos sido mirados con compasión divina. Si nos acercamos sinceramente al Señor y afinamos el oído, posiblemente escucharemos algunas veces este reproche: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» ( Mt 18,33)” (GE 82)

Ese último texto citado por Francisco es conocido como la parábola del siervo sin entrañas, incapaz de perdonar una pequeña deuda a un compañero a pesar de que el amo le había perdonado a él una mucho más grande…Ahí estamos retratados todos, con nuestro egoísmo, intransigencia y avaricia, nuestras actitudes de “perdono pero no olvido”, “el que me la hace me la paga”, “lo que tengo es mío”…

Necesitamos cambiar y convertirnos, mirar a los demás con misericordia, tener entrañas misericordiosas, que se manifiesten en el dar y el perdonar. La mirada y las entrañas con que Dios mira a su pueblo (Lc 1,78, la entrañable misericordia de nuestro Dios), el padre bueno al hijo perdido (Lc 15, 20, lo vio y se le conmovieron las entrañas), el buen samaritano al viajero herido (Lc 10,33, al verle sintió compasión), Jesús al pueblo pobre y abandonado (Mt 9,35-36, como ovejas sin pastor) y a los pecadores (no necesitan médico los sanos sino los enfermos, Lc5,32), al buen ladrón (Lc 23,43), e incluso hasta a los mismos que  le crucificaron  (Perdónales porque no saben lo que hacen, Lc 23,34). Con los mismos “ojos misericordiosos” con los que María mira a la Iglesia.

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