Acción sugerida

¿Soy un cristiano mudo o vivo en clave de esperanza?

Sigue el examen de conciencia al que me llama el Señor durante las últimas semanas. En esta ocasión, se me invita a dar fruto en el Amor, y ver cómo mi vida de misericordia y santidad.

Entrar en la Iglesia no significa que de manera automática permaneceré. Esa es la enseñanza de esta semana. Para permanecer, debo demostrar con obras y testimonios, que en mi vida el centro es Jesús y, por ende, la vida en gracia.

Dios está invitando a una fiesta, la fiesta de la santidad y el Amor, pero no convida a los mejores y ya santos, sino a todo aquel que esté dispuesto a asistir.

Preguntémonos si nuestra vida es testimonio de felicidad y misericordia, o si somos apóstoles del pesimismo y la tristeza.

Eso implica que la llamada no es exclusiva, que no soy superior ni mejor que nadie. Que la puerta está abierta para cualquiera y eso me hace hermano y hermana de todos aquellos que entren a la rumba.

Ahora bien, está claro que no se trata de llegar y ya, es decir, tener el apellido de cristiano y punto. Hay que demostrar el ánimo y poner en práctica los criterios de quien nos invita.

El banquete del Reino es un don gratuito de Dios, pero exige que cada persona sea capaz de aceptar la invitación que se le dirige y, llevar una vida coherente con el significado de la invitación. Sólo con esas dos actitudes es posible mantenerse en el ámbito de la gracia divina que, aunque ilimitada, jamás avasalla la libertad humana.

Por eso, miremos cuánta gente se siente amada, sin avasallamiento ni exigencias, a nuestro lado. ¿Cuántos se sienten aceptados, a pesar de sus fallos e imperfecciones? ¿Somos invitados mudos, o proclamamos la gracia de Dios con la vida?

¡Ánimo!

 

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