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Transmitiendo la fe hoy

El mundo se encuentra hoy en una situación muy diferente a la que vivieron nuestros abuelos, transmisores de la fe por excelencia. Existe una cierta disociación en lo que respecta a Dios y la vida del hombre. Una cosa es la Iglesia y sus rituales, otra la forma en que cada quién vive su vida. Pero, la Iglesia está al servicio del mundo, por lo cual este

alejamiento entre Dios y hombre, impone una situación nueva en cuanto a la transmisión de la fe. En el intento por renovar la fe cristiana y volver a acercar el hombre a la fe, se busca reaprender un catecismo y administrar unos sacramentos, pero lo que se requiere en verdad es redescubrir a Jesucristo y motivar un proceso de conversión que lleve a la adhesión a su doctrina con todo el corazón.

Pues la fe en Jesucristo es la única respuesta a la situación desconcertante que vive el hombre hoy.

Hay que volver a Jesucristo, pero comprendiendo lo que esto significa. Renovar nuestra fe es revivir en la vida diaria el misterio de Cristo. Y la Eucaristía es el momento en el cual se expresa visiblemente el vínculo entre lo que vivimos cada día, y lo que Cristo hizo una vez en Jerusalén. Hay que insistir en la importancia primordial de la conversión del corazón, pues la fe nace en el corazón, y el corazón sólo se abre si reconoce que el encuentro con Jesucristo lo lleva más allá de lo que se imaginó un día. 

Una vez que el corazón se abre a la fe, ésta debe traducirse en obras concretas.

No basta con decir “Señor, Señor”; hay que hacer la voluntad del Padre. Jesús nos explicó esto en el Sermón del monte, en las bienaventuranzas, que reflejan el mandamiento del amor.

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