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¿Un político puede ser honesto?

En primer lugar, habría que hacer una distinción entre política en general y política partidista. Con frecuencia, cuando se critica con actitud y dureza esas opiniones están dirigidas a la actividad noble. Así lo entendían en la antigua Grecia en donde se elaboraron los principios éticos y cívicos para este compromiso.

La seducción del poder es tan grande que muchas personas que han entrado en el campo de la política movidos por grandes y nobles ideales de servir al pueblo, sobre todo, a los más pobres y marginados, terminaron hundidos en las mallas de la más detestable corrupción.

Para muchos, la opción política es pura ambición, con ansias desmedidas de rápido enriquecimiento a través de continuas manipulaciones.

De ahí que muchas personas crean que, en la práctica, es imposible ser político y, a la vez, ser honesto. Por otro lado, en la actualidad la corrupción ha tomado “carta de ciudadanía” ya que estamos viviendo en una especie de “cultura de la corrupción”.

Muchos de nuestros políticos pretenden esconder sus mañas corruptas bajo el término ambiguo de “realismo político” pretendiendo justificar cualquier medio con tal de obtener sus objetivos.

Algunos llegan a pensar que existen dos clases de ética, una para el común de los mortales y otra, mucho más amplia y ambigua, para los políticos.

En realidad no existen dos morales distintas en cuanto a las responsabilidades. Tampoco es verdad que la política tenga que prescindir de la ética para ser eficaz. Al contrario, lo que más ha influido en forma negativa para que no se concreten muchos excelentes proyectos económicos en nuestro país ha sido la corrupción imperante, sobre todo entre los políticos más influyentes. No se puede aceptar que la política sea campo propicio para la mentira, los negociados, los chantajes, las coimas, la doble contabilidad, el nepotismo, las cuentas secretas…

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