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Un proceso evangelizador renovado

Hace más de dos mil años, Jesús, en su afán por instaurar el Reino de Dios, nos dio un mandato que incluía varios aspectos, íntimamente unidos entre sí: «vayan por todo el mundo», «proclamen la Buena Nueva», «anuncien a toda la creación», «hagan discípulos y enséñenles», «sean mis testigos», «bautícenlos», «hagan esto en memoria mía», «ámense los unos a otros». Y hoy, esta sigue siendo la misión de la Iglesia: llevar la Buena Nueva a toda la humanidad con el fin de provocar una transformación y renovación en el ser humano, que por no conocer verdaderamente a Dios y su plan de salvación, vive con la mirada puesta en lo puramente material. Esta situación lleva a los hombres a hacer lo indecible por conseguir poder, dinero, prestigio, aún a costa de oprimir y abusar a los más vulnerables. 

Lamentablemente, hoy el proceso evangelizador se ha concentrado en preparar para los sacramentos, sin verdaderamente estimular ese cambio interior que llevaría al mundo a vivir el Reino de Dios aquí en la tierra. Los niños, jóvenes y adultos van por un sacramento y luego la gran mayoría no se queda participando de la vida comunitaria de la Iglesia. Para suscitar un cambio interior que impulse a las personas a vivir de acuerdo a las enseñanzas de Jesucristo, dando testimonio cristiano en todos los ambientes en que se desenvuelven, se requiere renovar el proceso evangelizador. 

La función que primero surge del mandato misionero de Jesús es el «primer anuncio», el cual va dirigido a las personas que viven en la increencia y a los bautizados que no practican los valores del cristianismo. Una vez que, por la gracia de Dios, se ha despertado el interés en conocer y seguir a Jesucristo, inicia entonces la formación en la fe y en la vida cristiana. 

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