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Una oportunidad de hacer algo nuevo

Una oportunidad de hacer algo nuevo

Esta reflexión está basada en la Segunda Carta de san Pedro, invitando a confiar en las promesas de Dios y la bondad del Padre.

 

Padre Miguel Ángel Ciaurriz, OAR. 

Mientras rezaba la oración de la mañana, los Laudes de la Liturgia de las Horas, me detuve en un breve texto de la Segunda Carta de san Pedro que me puso a pensar. Por alguna razón, este pasaje me llamó la atención con más fuerza que otras veces.

“Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperan estos acontecimientos, procuren que Dios les encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables. Consideren que la paciencia de Dios es nuestra salvación”. (2 Pe 3, 13-15).

Permítaseme compartir las reflexiones que me provocó este pasaje.

Confiados en la promesa del Señor, Dios, con nosotros, está comprometido a ser bueno. Primero, porque es Padre; y un buen padre, una buena madre, solo pueden obrar bien. Me vino a la memoria aquel otro texto del evangelista Lucas: “Pues si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?” (Lc 11, 13).

 

 

Nuestra oración a Dios debe estar presente siempre en la vida cotidiana.

 

Dios tiene, en cierta manera, una deuda con nosotros. San Agustín enseña que esa deuda no nace porque nos deba algo por derecho, sino por la generosidad de sus propias promesas. Por eso tiene todo el sentido que vivamos aferrados a ellas: la promesa de Dios es roca firme sobre la que edificar la vida.

Hoy, los movimientos reivindicativos sociales utilizan con frecuencia la frase “otro mundo es posible” para señalar la necesidad urgente de transformar las estructuras que generan tanto sufrimiento, especialmente entre los más pobres. Solo miremos el mapa de las guerras en el mundo. Nuestra fe descansa en esa misma esperanza, pero la radica en una promesa divina: el mundo nuevo no es una utopía abstracta, sino el horizonte hacia el que Dios nos convoca y al que nosotros, juntos, debemos caminar, aunque tengamos que atravesar el estrecho de Ormuz, tan en boga en estos días.

 

La extensión del Reino de Dios no es una espera pasiva; es una tarea compartida. Entre todos tenemos que hacer realidad ese mundo más justo en el que la justicia, finalmente, habite. Y a todos beneficie.

 

El texto de Pedro nos habla de una actitud concreta: la vigilancia. Se trata de vivir cada día, y llegar a cada noche, como si fueran el último día y la última noche de nuestro peregrinaje por este mundo. No por angustia, sino por intensidad espiritual: estar listos para presentarnos a Dios y dar cuenta de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestra esperanza.