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Vivir “resucitada-mente” (Jn 20)

Marco Salas 

El Padre no deja a su hijo solo en la cruz, sino que su respuesta es clara.  Lo resucita, resucita su modo de vida, valida su existencia, valida sus pasos, valida sus heridas y dolores. Y en el gesto narrativo de Juan que pone a un Jesús que no habla, dice la paz y queda en silencio. 

Él muestra sus heridas. En esto me parece que encontramos una propuesta clara para este tiempo de Pascua.

Vivir resucitadamente es vivir con la intención de que nuestra vida sea, a ejemplo del hombre de Nazaret, una entrega diaria de la vida, una entrega de la existencia. En el servicio al otro, en la no gestación de violencia, en la posibilidad de crear diálogo. 

Y allí, ese antiguo yo que tiene sus heridas, sus sombras, sus fragilidades, sus incongruencias, será nuevo, con las mismas marcas y heridas de siempre, pero ahora con la posibilidad clara de reestrenar la vida y volver a empezar.

Las heridas y los fallos no se niegan, sino que ahora se llenan de su amor, de su paz, de su Evangelio y esas heridas y sombras, ahora bailan un ritmo distinto, el ritmo de la esperanza. 

Todo lo que tengo y soy, sirve y es materia prima para gestar una vida en clave del resucitado. Y ahora, con alegría y paz, muestro mis heridas a ejemplo del Maestro y allí, cuando las muestro, doy luz a otros y permito que la luz de los otros me capacite para ir sanando. Y allí, justo allí, ya estoy siendo un hombre nuevo, capaz de mirar sus días grises y saber que allí también está Jesús.

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