Cincuenta años después, la parroquia Nuestra Señora de la Asunción de Panamá Viejo guarda en sus paredes la memoria de varias generaciones que caminaron, organizaron actividades, reunieron centavos, rezaron y soñaron.
Karla Díaz
En Panamá Viejo, la historia está plasmada en piedras, ruinas y documentos. Pero hay otra historia, menos visible, que permanece en la memoria de quienes todavía pueden contar cómo era aquel lugar cuando la parroquia apenas comenzaba a tomar forma.
Quien llegaba a aquella comunidad encontraba potreros, muchos cangrejos, escasez de servicios y familias que se conocían entre sí. Natividad Vásquez, conocida como “China”, llegó siendo una niña y todavía puede regresar con la memoria a aquellos años.
Recuerda una iglesia pequeña, con bancas de madera y un techo sencillo. Recuerda también que el templo se fue levantando poco a poco, mientras la comunidad organizaba bailes, ferias y actividades para conseguir los recursos necesarios.
“Este pueblo levantó la parroquia de Panamá Viejo”, dice, convencida de que aquella obra no puede entenderse sin recordar a quienes pusieron sus manos y sus esfuerzos al servicio de la comunidad.
Una historia que comenzó antes de 1976
La historia oficial de la parroquia tiene una fecha precisa: el 15 de agosto de 1976. Ese día, coincidiendo con la solemnidad de Nuestra Señora de la Asunción, fue decretada canónicamente la creación de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción de Panamá Viejo, en respuesta al crecimiento de una comunidad, cuya mayoría profesaba la fe católica.
Pero decir que la parroquia nació en 1976 sería dejar fuera una parte esencial de la historia, ya que mucho antes de que existieran archivos parroquiales propios, libros sacramentales y un consejo parroquial formalmente constituido, ya había personas reuniéndose para celebrar la fe.
Los testimonios recogidos muestran que la atención pastoral del sector estuvo vinculada inicialmente a otras comunidades y, de manera particular, a la presencia de los Misioneros Redentoristas. El padre Yury Cortés explica que la experiencia pastoral en Panamá Viejo estuvo relacionada en sus primeros años con el desarrollo de San Gerardo Mayela y con el proceso de establecimiento de los Redentoristas en Panamá.
El templo se fue levantando poco a poco, mientras la comunidad organizaba bailes, ferias y actividades para conseguir los recursos necesarios.
La Iglesia era el barrio mismo
La misión fue tomando forma entre visitas a los hogares, celebraciones, reuniones y el acompañamiento a las familias. Mientras los sacerdotes caminaban la comunidad, los vecinos hacían lo suyo.
Omaida Quijano llegó a Panamá Viejo siendo apenas una niña. Evoca un lugar donde había potreros, donde el agua no siempre estaba disponible y donde la iluminación era precaria. Aun así, la iglesia estaba allí.
Su recuerdo del templo es sencillo, un espacio con techo abierto, sostenido por estructuras humildes. Pero también rememora lo que hacía el padre Carlos Alberto Sosa, quien buscaba acercarse a los niños, proyectando películas y protegiéndolos como el gran tesoro del barrio.

Aquella iglesia no era únicamente el lugar donde se celebraba la misa, era también un punto de encuentro. Allí los niños aprendían, las familias se conocían, se organizaban actividades y se compartían las dificultades y las alegrías.
Dilsa María Pérez, conocida con cariño como “Tita”, recuerda algo parecido. En su infancia, las celebraciones llegaron a realizarse en distintos espacios de la comunidad, en casas de vecinos y en otros lugares donde era posible reunir a los fieles.
La comunidad era pequeña, pero tenía algo que hoy muchos consideran perdido: la cercanía. Los vecinos compartían comida, los niños llamaban “abuelas” a las mujeres mayores, las familias se ayudaban entre sí.
El rostro de los primeros servidores
Entre quienes fueron dejando huellas aparece el padre José Luis Lara, uno de los redentoristas españoles que, según el testimonio de Nilsa Esther Moreno, tuvo un papel decisivo en el proceso que condujo a la creación de la parroquia.
“Lara visitaba hogares, conocía a las familias y animaba a la comunidad. Su deseo era que aquella presencia pastoral adquiriera una identidad propia”, señala Nilsa.
Nilsa recuerda que el padre Lara fue su primer párroco y que, a partir de ese momento, comenzaron a organizarse formalmente los archivos parroquiales y los registros sacramentales. Ella misma fue escogida como secretaria del primer consejo parroquial.
Y con ella comenzó también una larga sucesión de sacerdotes redentoristas que acompañaron a Panamá Viejo durante las décadas siguientes. En sus recuerdos aparecen José Casal, Agustín Dávalos, Evaristo Martínez, Santiago Benítez, Valentín Villar, Gerardo Vargas, Ramón Coto, Julián Pereda, Julián Domínguez, entre otros.
Finalmente, en 1976, llegó el momento esperado, cuando La Asunción se convirtió oficialmente en parroquia.

Una parroquia que mira hacia el futuro
Hoy, el padre Yury Cortés recibe el desafío de conducir esta historia hacia una nueva etapa.
Para el actual párroco, estos 50 años no pueden convertirse solamente en una mirada nostálgica al pasado. El Jubileo debe servir para agradecer, pero también para revitalizar.
Él habla de una parroquia eucarística, misionera, evangelizadora, solidaria y alegre, fiel al carisma Redentorista. Su apuesta es volver a las calles, recuperar las pequeñas comunidades, visitar los hogares y acercarse a quienes, por distintas razones, se han alejado de la Iglesia. Esa visión ya se ha concretado en misas misioneras celebradas en los barrios y hogares de la comunidad.
También los jóvenes están comenzando a ocupar un papel importante en esta nueva etapa, con iniciativas de pastoral juvenil, teatro, tecnología y misión. Así, los 50 años no son una línea de llegada, son un nuevo comienzo.
El padre Yury siente estos 50 años como una experiencia pascual. Una comunidad que ha atravesado dificultades, pero que sigue teniendo niños, adultos, jóvenes, familias, ancianos dispuestos a servir.
Por eso la historia de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá Viejo no puede contarse solamente refiriéndose al trabajo pastoral de los sacerdotes, fechas y edificios. Hay que contarla desde los rostros de aquellos hombres y mujeres cuyos nombres quizá nunca aparecieron en un documento, pero cuyas manos ayudaron a levantar aquella iglesia.
Hoy, 50 años después, las paredes son más firmes y la comunidad enfrenta nuevos desafíos, pero permanece lo esencial, un pueblo que sigue buscando a Dios y mantiene firme su devoción a la Virgen de la Asunción.
