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Entre peligro y altura han encontrado en Dios la base más firme de sus vidas

Entre peligro y altura han encontrado en Dios la base más firme de sus vidas

En el Día del Albañil, el 3 de mayo, las historias de Oscar González y Antonio Pérez revelan una verdad poco contada, porque hay quienes no solo levantan estructuras, sino que también, desde la fe, reconstruyen vidas enteras bajo el signo de la cruz, donde el sacrificio y la esperanza cumplen una misión.

Karla Díaz

kdiaz@panoramacatolico.com

 

Hay trabajos que dejan huellas visibles, paredes, columnas, edificios que se elevan piso a piso; y hay otros que simplemente no se ven, una mano tendida o una vida restaurada. A veces, esas dos formas de construir habitan en las mismas manos…

Como en la inolvidable salsa “Juan Albañil”, de Cheo Feliciano, donde la vida se mezcla con sudor, sacrificio y dignidad, hoy, en Panamá, existen hombres que siguen escribiendo esa misma historia, pero con un ingrediente que la canción apenas sugiere: la fe.

El 3 de mayo, Día del Albañil, suele pasar desapercibido entre jornadas largas y rutinas exigentes. Sin embargo, detrás del ruido de la mezcla y el peso del concreto, hay vidas que hablan de entrega, peligro, disciplina y también de Dios.

 

Una misma vocación: construir

Oscar González Mendoza ha aprendido a edificar su vida sobre algo más firme que el cemento. Tiene 46 años, pertenece a la parroquia San Francisco Javier de Nueva Esperanza y es coordinador de la Capilla del Carmen de Felipillo; además, es catequista de Confirmación de segundo nivel. Lleva más de 20 años vinculado a su comunidad, aunque reconoce que en la última década su entrega ha sido total.

Casado desde hace ya tres años con Teófila González, Oscar no tiene hijos, pero habla de su comunidad como quien habla de familia.

Y cuando se le pregunta qué ha cambiado en su vida desde que decidió servir de lleno a la Iglesia, su respuesta inmediata es que Dios ha hecho grandes cosas en él y que siente que la Iglesia es su refugio.

Y esto es una convicción, porque para el señor Oscar, la vida no se divide entre trabajo y fe, pues todo forma parte de lo mismo.

Su camino en la construcción no fue inmediato, primero trabajó la madera. Con sus manos aprendió a moldear, a medir y a crear. Y en ese inicio encontró su mejor inspiración. “ Si san José, padre de Jesús, fue carpintero, ¿por qué yo no? Y esa idea se convirtió en impulso. Con el tiempo fue aprendiendo más, hasta llegar a trabajar en grandes estructuras.

Y en medio de esa grandeza, en medio de las alturas, Oscar también ha vivido momentos determinantes y peligrosos, pero ha sentido a Dios. Recuerda una mañana trabajando en lo alto, un mal paso, un descuido y un resbalón que le obligó a resistir.

“Fue cuestión de segundos, yo ya tenía experiencia, pero son situaciones que pueden llegar a pasar; lo cierto es que en ese momento le pedí a Dios y sentí como si alguien me hubiera tomado de la mano”, recuerda con emoción.

Por eso, cada jornada empieza igual, encomendándose a Dios, porque ser albañil no es solo un oficio duro, es también peligroso. “Hay que tener disciplina y también fe, sin eso, no se puede”.

La otra construcción que no se ve

Pero si algo define a Oscar, no es solo lo que levanta con sus manos. Consagrado al Sagrado Corazón de Jesús desde hace más de cinco años, ha encontrado en esa espiritualidad una fuerza que lo sostiene. En su comunidad, no busca protagonismo, simplemente está, acompaña y escucha.

Recuerda que hace años, un amigo se sentía atrapado, sin fuerzas para avanzar, y cómo a través del consejo sencillo, pero firme, logró sembrar esperanza. “Ponga todo en las manos del Señor… Él es el único que conoce su corazón”, le dijo.

Y en su matrimonio, junto a su esposa Teófila, vive una fe compartida, ambos sosteniéndose en la oración. “Nos apoyamos con palabras de ánimo; ella ora por mí, yo oro por ella”, destaca.

 

Desde abajo hasta levantar una comunidad

Antonio Pérez tiene 55 años y una vida marcada por el esfuerzo.

Llegó a Panamá en 1993 desde el interior, buscando oportunidades. Como muchos, empezó desde abajo con trabajos exigentes, jornadas largas y responsabilidades que no daban tregua, pero con algo muy claro: una familia que mantener.

Hoy es capataz, encargado de proyectos desde 2009, pero su mayor orgullo no está en el cargo, sino en lo que a través de los años ha construido en la vida de otros.

Antonio pertenece a la parroquia Virgen de Guadalupe, en Las Garzas, específicamente en la capilla San Esteban. Y ahí, su historia toma forma, porque esa capilla no siempre fue lo que es hoy.

Antes, era un pequeño espacio donde apenas cabían 25 personas. Hoy, es fruto del trabajo comunitario, de una fe puesta en acción.

Recuerda con mucha alegría cómo la levantaron, desde cero, con el apoyo del padre y el esfuerzo de todos. También ha participado en otras construcciones dentro de la parroquia y actualmente trabaja en levantar la capilla del Santísimo, un espacio destinado a la adoración.

Con 23 años de matrimonio, tres hijos y un nieto, ha dedicado también más de dos décadas al servicio parroquial, a la catequesis y formación de parejas en la Pastoral Familiar.

Y ahí, en ese terreno humano, ha vivido experiencias que no se olvidan. Como aquella madrugada, a las 2:00 a.m., cuando una familia en crisis le llamó pidiendo ayuda. Recuerda que, junto a su esposa, se levantó y se fueron, sin un plan, pero con mucha disposición de escuchar. Y así también le ha tocado escuchar y acompañar a matrimonios que han estado a punto de separarse y que hoy están sirviendo en la Iglesia. “Y siempre decimos que no somos nosotros… es Jesús quien actuó”, señala.

 

Estos albañiles panameños han aprendido que construir va más allá de lo material, es sostener familias, fortalecer comunidades y ser instrumentos de Dios en medio de las dificultades.

 

El valor que muchas veces no se ve

En medio de todo, hay una realidad que ambos hombres reconocen, y es que el trabajo del albañil no siempre recibe el valor que merece. Es un oficio duro, riesgoso, exigente, pero esencial, al cual debería dársele más valor. 

“Así como Jesús dijo: ´tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia’, nosotros también construimos… pero con Él”, destaca Oscar. 

Y agrega Antonio que, para ellos, cada obra no es solo un proyecto, sino una responsabilidad, un servicio, una oportunidad de hacer las cosas con amor.

El oficio de albañil, muchas veces pasa inadvertido, sin embargo, hombres como Oscar y Antonio sostienen más de lo que parece; sostienen familias, comunidades y la fe de otros cuando se estremece por situaciones de la vida. 

Pero también es una labor que les deja grandes enseñanzas, porque en medio del polvo y las herramientas, saben orar, luchan por llevar una vida de gracia y por construir desde el corazón.