En el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, sus voces recuerdan que detrás de cada migración hay una historia de búsqueda de oportunidades, pero también una lucha por conservar la identidad, la dignidad y la cultura.
Karla Díaz
Para muchos jóvenes indígenas, llegar a la ciudad no comienza con una oportunidad, sino con una pregunta: ¿qué encontraré aquí que no pude encontrar en mi comunidad?
La respuesta suele estar relacionada con la búsqueda de educación, empleo, atención en salud y mejores condiciones de vida. Pero el traslado desde las comarcas hacia los centros urbanos también implica enfrentarse a una realidad para la que no siempre existen las condiciones necesarias.
Aparece la discriminación, los empleos precarios, la falta de redes familiares, las dificultades económicas y el desafío permanente de conservar una identidad que muchas veces es cuestionada o invisibilizada.
Este 9 de agosto, se conmemoró el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, y Panamá está llamado, no solamente a celebrar la riqueza de sus pueblos originarios, sino también a mirar las condiciones en las que viven quienes, por necesidad o por deseo de superación, dejan sus comunidades y llegan a las ciudades.

Salir de la comarca para buscar oportunidades
Yanel Venado Jiménez, Coordinadora de Género y Juventud de la Coordinadora Nacional de Pueblos Indígenas de Panamá (COONAPIP), conoce de cerca esta realidad.
Explica que una de las principales razones que llevan a los indígenas a salir de sus comunidades es la falta de oportunidades para continuar estudiando, acceder a servicios de salud, conseguir empleo o desarrollar proyectos que permitan mejorar sus condiciones económicas.
Incluso, quienes culminan el bachillerato pueden encontrar dificultades para continuar una carrera profesional, debido a la limitada oferta académica disponible en los territorios indígenas y a la escasez de extensiones universitarias. La llegada a la capital, sin embargo, no garantiza automáticamente mejores condiciones.
“Mano de obra barata” es una de las primeras realidades con las que, según Yanel, pueden encontrarse quienes llegan sin educación superior. A ello se suma que muchos lo hacen sin familiares o redes de apoyo que puedan acompañarlos durante el proceso de adaptación.
El resultado puede ser una vida todavía más precaria para quienes llegaron buscando precisamente lo contrario.
Cuando la ciudad también discrimina
Uno de los problemas más dolorosos señalados por Yanel es la discriminación. Las burlas y el irrespeto por el idioma, la vestimenta o el origen indígena continúan siendo frecuentes. Los niños y jóvenes pueden convertirse en víctimas de bullying en las aulas de clases, mientras que la exclusión también puede aparecer de manera estructural cuando las políticas públicas no toman en cuenta las particularidades de los pueblos indígenas.
Para Yanel, combatir esta realidad comienza desde la educación y desde el hogar.
La sociedad debe aprender a mirar a los pueblos indígenas “horizontalmente”, como sujetos de derechos, con conocimientos, capacidades y aportes valiosos para el país, y no desde una posición de superioridad. “Necesitamos escuchar, respetar y reconocer los aportes que nuestros pueblos aportan para el desarrollo cultural del país”, sostiene.

Migrar no significa abandonar la identidad
Yanel explica que, desde la infancia, existe una transmisión cultural entre madres, padres, abuelos y niños. Quien sale de su comunidad lleva consigo esa base cultural. Sin embargo, la discriminación y otros factores pueden debilitar esa relación con las tradiciones.
Por eso, jóvenes, mujeres y líderes indígenas han creado iniciativas para mantener vivas sus expresiones culturales también en las ciudades. Han ideado competencias de oratoria en sus idiomas, danzas, desfiles de las mil nagüas o de las mil molas y certámenes de belleza indígena que son algunas de las formas mediante las cuales las nuevas generaciones reivindican quiénes son.
Una realidad más profunda
Para el padre Julio Arváez, coordinador de la Pastoral Indígena de la Arquidiócesis de Panamá, un indígena sin su comunidad y su entorno natural pierde el horizonte de la vida.
A su juicio, la cultura indígena no puede entenderse únicamente como vestimenta, idioma, danza o artesanía. Existe una experiencia profunda de comunión con la creación y con el Creador que puede quedar invisibilizada cuando una persona se instala en ambientes urbanos o suburbanos.
La escasez y la falta de oportunidades también pueden fracturar a las familias. Los jóvenes se desconectan de sus comunidades y algunos llegan, incluso, a sentir que, para alcanzar una mejor posición social, deben dejar atrás aquello que fueron.
Una Iglesia llamada a acoger
Frente a esta realidad, el padre Arváez define el papel de la Iglesia con dos palabras: madre y compañera. Muchos indígenas que migran hacia Panamá o Panamá Oeste ya han tenido una experiencia de comunidad eclesial en sus lugares de origen y, al llegar a la ciudad, buscan mantener ese vínculo.
Pero también existen quienes nunca han tenido una experiencia cercana con la Iglesia. Allí, considera el sacerdote, comienza un desafío pastoral: acoger, escuchar y anunciar el Evangelio en diálogo con la cultura. “Todo inicia con cercanía, escucha y ternura a la gente que es diferente”, explica. En este sentido, el diálogo entre fe y cultura se convierte en una tarea urgente para las parroquias urbanas.
Los pueblos indígenas no necesitan ser mirados desde la lástima, sino desde la dignidad; necesitan ser reconocidos, pasar de la admiración a la responsabilidad cotidiana. “Que se les respeten sus derechos y se les den oportunidades para construir un Panamá donde nadie tenga que renunciar a sus raíces para poder tener futuro.

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Jóvenes que no renuncian a sus raíces
Cada dos meses, en los encuentros de jóvenes indígenas católicos, la Pastoral Indígena escucha historias de jóvenes que estudian, trabajan, forman sus familias, participan en la sociedad y, al mismo tiempo, fortalecen su identidad cultural.
Son testimonios que demuestran que es posible integrarse a la ciudad sin dejar de ser indígena. El padre Julio habla de jóvenes indígenas que hoy son artistas, educadores, líderes sociales, políticos, expertos en redes sociales y pequeños artesanos.
Son historias que rompen con los estereotipos y muestran que el indígena no debe ser visto solamente desde la pobreza o la vulnerabilidad. También hay talento, liderazgo, creatividad, espiritualidad y capacidad de transformar la sociedad.
El futuro del país
Los resultados del Censo de Población y Vivienda 2023 reflejan la importancia demográfica de los pueblos indígenas en el país. Panamá registra 697,849 personas indígenas, equivalente a cerca del 17 % de la población nacional, distribuidas entre los pueblos Ngäbe, Guna, Emberá, Wounaan, Naso Bribri y Buglé, además de otras comunidades asentadas tanto en las comarcas como en zonas urbanas y rurales.
Uno de los rasgos más relevantes es que se trata de una población eminentemente joven. El 38.8 % de las personas indígenas tiene menos de 15 años, lo que representa 270,517 niños, mientras que el 53.9 % corresponde a personas entre 15 y 59 años, grupo donde se concentra la mayoría de los jóvenes y adultos en edad productiva. Solo el 7.3 % supera los 60 años, una proporción mucho menor que la registrada entre la población no indígena.
