Espiritualidad

Aceptar el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas

MIGUEL ÁNGEL KELLER, OSA

Los primeros cristianos reconocidos y venerados en la Iglesia como santos fueron los mártires. Aquellos que durante las persecuciones decretadas en el Imperio romano dieron su vida por confesar la fe, fueron testigos (eso significa la palabra mártir) de Jesucristo y aceptaron como Él la muerte por fidelidad a Dios, hicieron realidad la palabra del Señor: nadie tiene mayor amor que quien es capaz de dar la vida. El pueblo cristiano recogía piadosamente sus restos, los sepultaba con reverencia, escribía la memoria de su martirio, celebraba la Eucaristía sobre su sepulcro y edificaba templos, una vez pasada la persecución, en el lugar de su testimonio.

“Las persecuciones no son una realidad del pasado, porque hoy también las sufrimos, sea de manera cruenta, como tantos mártires contemporáneos, o de un modo más sutil, a través de calumnias y falsedades. Jesús dice que habrá felicidad cuando «os calumnien de cualquier modo por mi causa» (Mt 5,11). Otras veces se trata de burlas que intentan desfigurar nuestra fe y hacernos pasar como seres ridículos”, (Francisco, Gocen y alégrense, GE  94).

Los medios de comunicación informan hoy cada día sobre la realidad de numerosos países donde ser cristiano es motivo de persecución, cárcel, tortura y muerte. Más de 245 millones de cristianos sufrieron persecución severa en sus países alrededor del mundo el año pasado, 4,305 personas fueron asesinadas por razones de su fe y 3150 fueron arrestadas, sentenciadas y detenidas sin juicio. 1847 iglesias y edificios relacionados fueron atacados (Informe oficial de Open doors, difundido por el Vaticano). Y la Iglesia latinoamericana, en tiempos aún recientes, ha vivido la realidad del martirio y no olvida el testimonio generoso de San Oscar Romero y el P. Héctor Gallego.

«Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos», dijo Jesús, que habló de la necesidad de cargar la cruz enseñando que “este camino va a contracorriente hasta el punto de convertirnos en seres que cuestionan a la sociedad con su vida, personas que molestan. Jesús recuerda cuánta gente es perseguida y ha sido perseguida, sencillamente por haber luchado por la justicia, por haber vivido sus compromisos con Dios y con los demás. Si no queremos sumergirnos en una oscura mediocridad no pretendamos una vida cómoda, porque «quien quiera salvar su vida la perderá ( Mt 16,25)” (GE 90). Y todo “el Nuevo Testamento habla de los sufrimientos que hay que soportar por el Evangelio, se refiere precisamente a las persecuciones (cf. Hch 5,41; Flp 1,29; Col 1,24; 2 Tm 1,12; 1 P 2,20; 4,14-16; Ap 2,10)”, (GE 92).

Como enseña el Papa Francisco, “No se puede esperar, para vivir el Evangelio, que todo a nuestro alrededor sea favorable, porque muchas veces las ambiciones del poder y los intereses mundanos juegan en contra nuestra. San Juan Pablo II decía que «está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y consumo, hace más difícil la realización de esta donación [de sí] y la formación de esa solidaridad interhumana». En una sociedad así, alienada, atrapada en una trama política, mediática, económica, cultural e incluso religiosa que impide un auténtico desarrollo humano y social, se vuelve difícil vivir las bienaventuranzas, llegando incluso a ser algo mal visto, sospechado, ridiculizado”, (GE 91).

El cristiano no puede ser cobarde ni cómodo. Vivir el Evangelio puede suponer y supone con frecuencia, sufrimientos, sacrificios, discriminación, incomprensiones, menos precios, humillaciones…Pero todo ello, aceptado por vivir el mandamiento del amor y el camino de la justicia, es fuente de maduración y de santificación. No estamos solos, el Señor no conforta con su Espíritu, nos llena de esperanza y valor.

Lo que no podemos es perseguir y hacer sufrir a los demás…“Hablamos de las persecuciones inevitables, no de las que podamos ocasionarnos nosotros mismos con un modo equivocado de tratar a los demás. Un santo no es alguien raro, lejano, que se vuelve insoportable por su vanidad, su negatividad y sus resentimientos. No eran así los Apóstoles de Cristo. El libro de los Hechos cuenta insistentemente que ellos gozaban de la simpatía «de todo el pueblo» (2,47; cf. 4,21.33; 5,13) mientras algunas autoridades los acosaban y perseguían (cf. 4,1-3; 5,17-18)”, (GE 93).

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