Espiritualidad

Alegría y sentido del humor

P. MIGUEL ÁNGEL KELLER, OSA 

Pudiera parecer extraño hablar sobre la alegría en una reflexión sobre la santidad cristiana. Oración, piedad, sacrificio, obras de misericordia, compromiso con la comunidad y la evangelización…Todo eso, claro que sí. Pero ¿qué tiene que ver la alegría y el buen humor con la santidad? Pues mucho, desde luego, en el pensamiento y el magisterio del Papa Francisco, que menciona siempre la alegría en el título de sus más significativos documentos: “Evangelii gaudium” (La alegría del evangelio, sobre la Iglesia y la evangelización), “Amoris letitia” (La alegría del amor, sobre el matrimonio y la familia), “Gaudete et exultate” (GE, Gocen y alégrense, sobre la santidad cristiana). 

Y no sólo Francisco subraya la alegría en la fe y vida cristiana, sino toda la tradición bíblica tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. “Los profetas anunciaban el tiempo de Jesús, que nosotros estamos viviendo, como una revelación de la alegría: «Gritad jubilosos» (Is 12,6). «Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén» (Is 40,9). «Romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados» (Is 49,13). «¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador» (Za 9,9). Y no olvidemos la exhortación de Nehemías: «¡No os pongáis tristes; el gozo del Señor es vuestra fuerza!» (8,10)” (GE 123).

“María, que supo descubrir la novedad que Jesús traía, cantaba: «Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1,47) y el mismo Jesús «se llenó de alegría en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Cuando él pasaba «toda la gente se alegraba» (Lc 13,17). Después de su resurrección, donde llegaban los discípulos había una gran alegría (cf. Hch 8,8). A nosotros, Jesús nos da una seguridad: «Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. […] Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16,20.22). «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,11)” (GE 124)

  “El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado. Ser cristianos es «gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17), porque «al amor de caridad le sigue necesariamente el gozo, pues todo amante se goza en la unión con el amado […] De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo». Hemos recibido la hermosura de su Palabra y la abrazamos «en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo» (1Ts 1,6). Si dejamos que el Señor nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, entonces podremos hacer realidad lo que pedía San Pablo: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4,4)” (GE 122)

Hasta humanamente hablando, una persona alegre tiene un extraordinario valor y hace mucho bien. Alguien triste, amargado, pesimista, negativo, es en cambio un problema y una desgracia. Recordemos la anécdota del pesimista y el optimista: sedientos, ambos reciben medio vaso de agua; el primero llora desesperado porque el vaso está medio vacío, mientras el segundo ríe alegremente porque tiene un vaso medio lleno… 

  Claro que hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural, que «se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo». Es una seguridad interior, una serenidad esperanzada que brinda una satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros mundanos. Nada que ver con la alegría consumista e individualista tan presente en algunas experiencias culturales de hoy. Porque el consumismo solo empacha el corazón; puede brindar placeres ocasionales y pasajeros, pero no gozo. Confunde la felicidad con el placer (GE 125 y 128).

  Además, la alegría cristiana se vive en comunión, se comparte y se reparte, porque «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35) y «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). Y ordinariamente está acompañada del sentido del humor, tan destacado, por ejemplo, en Santo Tomás Moro, en San Vicente de Paúl o en San Felipe Neri. El mal humor no es un signo de santidad. “No hay buen humor que venga del infierno”, decía San Bernardo. 

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