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“Iglesia reafirma la real presencia de Jesús, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía”, Monseñor José Domingo Ulloa.

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Hoy celebramos el Corpus Christi, fiesta que quiere ser un clamor que recuerde a los cristianos y al mundo que la fuente de la vida sólo se halla en Dios que se hace presente en la Eucaristía.  

Y el Arzobispo de Panamá, Monseñor José Domingo Ulloa, destaca esta fiesta siempre entrañable del “Corpus”, la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor, en la Eucaristía celebrada en el Seminario Mayor San José.  

Como señaló en su homilía, la Iglesia con gran sabiduría, ha instituido la festividad del Corpus Christi para reafirmar la real presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, y estemos seguros que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser.

Para ser más explícito dijo, que cuando ingerimos alimentos, en virtud del proceso digestivo y metabólico, nuestro cuerpo asimila dichos alimentos; pero cuando recibimos el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Comunión, no pensemos que asimilamos a Cristo como asimilamos los alimentos al comer, sino que es Él quien nos asimila a nosotros; es decir, el Señor nos hace semejantes a Él, al hacernos participar de su Vida Divina. 

“Este año, esta gran fiesta la celebramos en circunstancias especiales.  Hoy se realiza, esta solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, sin la participación de fieles, sin la procesión acostumbrada, es más, sin la tradicional Cita Eucarística”, comentó.

Sin embargo, el Arzobispo considera importante la prudencia ante las actuales circunstancias, y recordó que los católicos sabemos que podemos rezar individualmente, en solitario o en comunicación virtual, con otros.  

Reconoció la necesidad de asistir a la misa y comulgar, pero ahora hay que ser prudentes debido al incremento de los casos de contagio. “Cuando se puedan celebrar otra vez la santa misa y los demás sacramentos, en el templo habrá que ser conscientes que todos debemos cumplir con las medidas sanitarias para no convertir el templo en un foco de infección”, sentenció.

Exhortó a seguir las transmisiones por los medios de comunicación y las plataformas digitales, y llamar a las parroquias, para conocer cuándo ofrecen el sacramento de la confesión y el sacramento de la comunión, para que puedan acudir sin aglomeraciones.

En este día del Cuerpo y la Sangre de Cristo pidió a la feligresía orar al Señor para volver a tener la participación presencial, para que al menos algunas personas y por turno todos, podamos también cumplir con el tercer mandamiento por la participación presencial en la santa eucaristía.

A continuación, el texto completo de la Homilía de Monseñor Ulloa desde la capilla del Seminario Mayor San José.

Homilía Festividad del Corpus Christi

Mons. José Domingo Ulloa Mendieta osa

Seminario Mayor San José de Panamá, domingo 14 de junio de 2020.

Hoy celebramos la fiesta del Corpus Christi, fiesta que quiere ser un clamor que recuerde a los cristianos y al mundo que la fuente de la vida sólo se halla en Dios que se hace presente en la Eucaristía.  

Por eso, nos hemos reunido hoy para celebrar esta fiesta siempre entrañable del “Corpus”, la solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor. 

El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte.

Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido la festividad del Corpus Christi en esta época litúrgica en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres.  Al estar presente en la Eucaristía, Jesucristo ha realizado el milagro de irse y de quedarse.  Cierto que se ha quedado -dijéramos- como escondido en la Hostia Consagrada, pero su Presencia no deja de ser real por el hecho de no poderlo ver.

En efecto, es tan real la presencia de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero en la Eucaristía, que cuando recibimos la hostia consagrada no recibimos un mero símbolo, o un simple trozo de pan bendito, o nada más la hostia consagrada -como podría parecer- sino que es Jesucristo mismo penetrando todo nuestro ser: Su Humanidad y Su Divinidad entran a nuestra humanidad -cuerpo, alma y espíritu- para dar a nuestra vida, Su Vida, para dar a nuestra oscuridad, Su Luz.

Cuando ingerimos alimentos, en virtud del proceso digestivo y metabólico, nuestro cuerpo asimila dichos alimentos. Pero cuando recibimos el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Comunión, no pensemos que asimilamos a Cristo como asimilamos los alimentos al comer, sino que es Él quien nos asimila a nosotros; es decir, el Señor nos hace semejantes a Él, al hacernos participar de su Vida Divina. ¡Así de maravilloso es este gran regalo que nos da Jesús al recibirlo en la Hostia Consagrada!

Este año esta grande fiesta la celebramos en circunstancias del todo especiales.  Se cumplen hoy más de trece semanas que no podemos celebrar la santa misa con presencia de pluralidad de personas. 

Pero a pesar de la cuarentena no hemos dejado de celebrarla. Algunos sacerdotes la han celebrado en total soledad; otros con la presencia de sacristanes y entendidos en medios para transmitirla por las diversas plataformas digitales.

Pero la celebración reclama la participación de fieles. Hoy celebramos esta solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo sin la participación de fieles, sin la procesión acostumbrada.  Es más, sin la tradicional Cita Eucarística. 

Sin embargo, debemos ser prudentes ante las actuales circunstancias. Los católicos sabemos que podemos rezar individualmente, en solitario o en comunicación virtual con otros.  Nada impide que nos aprovechemos de una predicación o de una explicación de la Palabra de Dios, a través de una transmisión en medios digitales. Advirtiendo y aclarando, que los sacramentos exigen presencia física, corporal, experiencia comunitaria. Nada puede reemplazar la experiencia comunitaria presencial.

A través de los sacramentos, no solo tributamos a Dios la adoración y la alabanza que se merece, sino que recibimos de Él la gracia y la salvación que necesitamos.  Jesucristo no salvó solo nuestra alma, también salvó nuestro cuerpo.  Jesús tocó, bañó, ungió, alimentó a aquellos a quienes comunicó la salvación durante su vida mortal.  La Iglesia, a través de los sacramentos, sigue comunicando la salvación de Dios, bañando, ungiendo, tocando, alimentando a los fieles. 

La eucaristía en particular no es solo evocación o memoria de la cena del Señor.  Es actualización del sacrificio de Cristo en la cruz. 

El sacramento del orden sacerdotal atestigua que se ha transmitido y se conserva en la Iglesia el poder y la facultad que Jesucristo dio a sus apóstoles de reiterar lo que Él había realizado en la última cena. 

Es gracias a ese poder y a la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, que, en la celebración de la misa, el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.  Es una transformación metafísica.  

Es decir, real pero no sensible; es una transformación que se realiza a través de las palabras con las que el sacerdote repite las de Cristo que declara:  Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes.  Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados. 

Hagan esto en conmemoración mía.  Las palabras lo dicen:  hay que comer y beber para que se logre nuestra unión espiritual con Cristo.  Como lo enseña san Pablo hoy:  El pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su Cuerpo?  El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.

Prudencia y prevención en la misa

Somos conscientes de la necesidad de asistir a la misa y comulgar, pero ahora hay que ser prudentes.  El incremento de los casos de contagio es elevado en las provincias de Panamá y Panamá Oeste. 

Cuando se puedan celebrar otra vez la santa misa y los demás sacramentos, en el templo habrá que ser conscientes que todos debemos cumplir con las medidas sanitarias para no convertir el templo en un foco de infección. 

Hay tres medidas que no son negociables: mantener la distancia física, corporal, entre persona y persona; la segunda, es el uso de mascarillas para evitar contagiar a los demás; y la tercera medida es limpieza con gel alcoholado, sin tocar a nadie ni nada; y si tocas, lavarte las manos.

Por ello, abrir los templos no significa que todos vamos a salir en estampida a las parroquias. No será posible asistir todos los domingos o todos los días a misa, esto dependerá de cuánta demanda de asistencia haya en cada parroquia. 

Ahora los exhortamos a que puedan seguir las transmisiones por los medios de comunicación y las plataformas digitales. Llamen a sus parroquias, para conocer cuándo ofrecen el sacramento de la confesión y el sacramento de la comunión para que puedan acudir sin aglomeraciones.

Muchos se preguntarán: ¿Qué pasa con el tercer mandamiento que manda “santificar los domingos y fiestas”?  Es un mandamiento de la Ley de Dios, por lo que no hay poder humano capaz de derogarlo. 

Lo que puede cambiar es modo de cumplirlo.  El mandamiento en su versión bíblica dice:  Recuerda el día del sábado para santificarlo.  (Ex 20,8). 

El sentido del mandamiento es que no podemos vivir tan absortos en el trabajo y en las cosas de este mundo, que nos olvidemos de Dios. 

Hay que hacer tiempo para Dios en nuestras vidas.  Desde la resurrección de Cristo los cristianos determinamos que el primer día de la semana, el domingo, sería el día dedicado al Señor. 

Por eso el domingo debemos dejar el trabajo (si es posible) para hacer tiempo para Dios.  En la ley de la Iglesia se establece que el culto que le vamos a tributar a Dios en ese día será la participación en la eucaristía. 

Pero desde que se prohibieron las reuniones y aglomeración de personas, la manera para santificar el domingo del modo como podamos es por la participación virtual en la santa misa, por la lectura y meditación de la Palabra de Dios, por la práctica de alguna forma de oración en familia. 

En este día del Cuerpo y la Sangre de Cristo, oremos al Señor para que podamos volver a tener la participación presencial, para que al menos algunas personas y por turno todos, podamos también cumplir con el tercer mandamiento por la participación presencial en la santa eucaristía

El Corpus no es sólo fiesta de recuerdos, es sobre todo fiesta de PRESENCIA. Antes de morir, Jesús nos hizo entrega de su Cuerpo, de su presencia no meramente simbólica, sino “real”, “verdadera” y “substancial” en la Eucaristía. 

Hay otras presencias de Cristo, en la Comunidad, en la Palabra de Dios, en los pobres…Pero el Cuerpo de Cristo en el sacramento de la Eucaristía es el signo viviente y primordial de la presencia del Señor entre nosotros y sólo alimentados por esta presencia podemos reconocerle y servirle en las demás presencias.

¿Vivo desde esta presencia? ¿Cuento con ella, es el fundamento de mis trabajos de mis compromisos? 

Presencia manifestada y adorada

El Cuerpo de Cristo alcanza su pleno sentido cuando lo comemos. Cuando nos apropiamos de él y lo gustamos. Pero, es distintivo de esta fiesta manifestarlo, mostrarlo públicamente, sacarlo a nuestras calles en procesión como sacramento de su presencia real entre nosotros. Exponer su Presencia para adorarla.  Mostrarla su presencia   por la Vista: en la custodia, altares, olfato: hierbas aromáticas, atreves del Oído música: danzas. No llevamos una imagen 

“Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestra ciudad. Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida cotidiana, a su bondad. Queremos con este gesto. ¡Que nuestras calles sean calles de Jesús! ¡Que nuestras casas sean casas para él y con él! Que en nuestra vida de cada día penetre su presencia. Con este gesto, ponemos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y de los ancianos, las tentaciones, los miedos, toda nuestra vida. La procesión quiere ser una bendición grande y pública para nuestra ciudad: Cristo es, en persona, la bendición divina para el mundo.  (Benedicto XVI).

Corpus Christi: Día de la Caridad

El amor brota siempre de una profunda experiencia, la de haber sido amados primero por Dios. En la Eucaristía se hace palpable ese amor. De ahí que la comunión con el Señor impulse nuestra caridad y nos comprometa a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Compartir la mesa del altar nos impulsa a compartir y luchar para que se comparta la mesa de la vida. La Eucaristía, sacramento del Amor pide de nosotros una respuesta de amor. No se puede recibir el Cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los pobres, los sufrientes y excluidos, porque como dice el Papa Benedicto XVI “la mística del sacramento tiene un carácter social, porque en la comunión sacramental yo quedo unido a todos los demás que comulgan (…) la unión con Cristo es al mismo tiempo unión a todos los demás a los que él se entrega.”.

Cada celebración eucarística actualiza, sacramentalmente, el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo…” (BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, n. 88). 

Por eso, Cáritas nace y se alimenta en la Eucaristía, Dios que se entrega, se parte y se reparte es el fundamento de nuestra entrega a los pobres. ¿Nacen y se alimentan nuestras Caritas de ese amor entregado, de esa existencia derramada, para poder entregar la nuestra en servicio a los pobres?

Arrodillarse en adoración ante el Señor

Hermanos: La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el “progreso”, sino no hay criterios de referencia.

Frente a la realidad que vivimos nos olvidemos de un elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor.

Pues arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. 

Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).

Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida,

Para muchos de nosotros, desde niños, la Eucaristía ha sido el pan de nuestras vidas. Vimos comulgar a nuestros padres, recibimos nuestra primera comunión, y apenas recordamos un domingo que no haya estado iluminado por la santa Misa. Sabemos, desde siempre, que esa hostia con apariencia de pan es el Cuerpo de Cristo.

Pero si alguien que jamás hubiera oído hablar de ese misterio nos viese arrodillados ante la custodia, y le explicásemos que allí está Dios, creador de cielo y tierra, preso por Amor, diría que hemos enloquecido, y tomaría nuestra profesión de fe por un delirio.

El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo. Estas palabras escandalizaron a los judíos, y escandalizarían a cualquiera. No somos conscientes de lo increíble que resulta ese misterio de Amor, porque lo hemos adorado desde niños.

La transustanciación se puede explicar, pero no se puede obligar a nadie a creer. Sólo quien experimenta el descomunal poder de atracción que genera la sagrada Hostia sobre el alma cae rendido, y no tiene más remedio que creer. Nadie fuera de Dios puede atraer así. No hemos enloquecido nosotros al creer; ha enloquecido Dios al amarnos.  ¡Te adoro, sagrada Hostia!

Una Iglesia servidora, solidaria y segura

Ahora más que nunca la Iglesia se avoca a vivir con mayor profundidad su identidad de ser una Iglesia servidora, solidaria y segura. La pandemia demanda de nosotros un nuevo estilo de vida eclesial, que nos permita acompañar y fortalecer los procesos de evangelizador. No podemos paralizarnos, somos gente de fe y compromiso, especialmente con los más necesitados.

Una iglesia servidora, con la disponibilidad de la Virgen María, sin miedo a asumir el proyecto de Dios, ahora, en medio de la incertidumbre y el miedo. Una Iglesia solidaria, no la que da asistencialismo, sino que busca la promoción de la dignidad de la persona y está comprometida con el bien común. Y una Iglesia segura, casa de todos, donde se provee un ambiente de paz y serenidad. 

Estamos encaminados a seguir los pasos de Jesús, sin miedo ni temores, porque nuestra fe está cimentada en quien es nuestra roca y fortaleza: Cristo Jesús.

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