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Arzobispo hace llamado a la conversión y cambiar la dureza de corazón.

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“Hoy agradecemos a todos los integrantes de la Pastoral de la Salud en todo el país”, así empezó el Arzobispo de Panamá, diciendo además que es testigo que, en las diversas parroquias de nuestras diócesis, compuestas por grupos de personas que con generosidad se dedican a visitar a feligreses, mayores y enfermos.

Celebración en la fiesta de San Camilo, patrono de los enfermos, por eso Monseñor José Domingo Ulloa Mendieta exhortó a pedir al Señor que nos regale el don de este santo a tantos hermanos que conforman la Pastoral de Salud que ha descubierto la presencia suya en los enfermos.

Recordó que San Camilo cuando servía a algún enfermo, lo hacía con un amor y compasión tan grandes que parecía como si en ello tuviera que agotar y consumir todas sus fuerzas, y se dice que de buena gana hubiera tomado sobre sí todos los males y dolencias de los enfermos con tal de aliviar sus sufrimientos o curar sus enfermedades. 

La piedad del santo para con los necesitados era tan grande, que solía decir: “Si no se hallaran pobres en el mundo, habría que dedicarse a buscarlos y sacarlos de bajo tierra, para ayudarlos y practicar con ellos la misericordia”, señaló Monseñor Ulloa.

Ya dirigiendo su reflexión hacia el Evangelio dijo que Jesús hoy alza su voz contra las ciudades que no se han convertido, pues a pesar de haber recibido profetas y mensajeros que le han animado a ello, todo ha sido inútil. «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!

Pero como bien señaló el Arzobispo, Jesús no pone el acento en el pecado, sino en los duros de corazón, en los que no quieren escuchar ni convertirse, como las ciudades de Corozaín, Betsaida o Cafarnaún, y el Arzobispo de se pregunta ¿Cuántas llamadas al crecimiento, al cambio, a la conversión he recibido de Dios? ¿Las escucho y dejo que el Señor tenga una palabra que decir sobre mi vida? 

Con firmeza dijo que no tengamos miedos de reconocer las duras palabras, ¡Señor! Y preguntarnos sinceramente:  Yo soy Corozaín. Yo soy Betsaida. ¿Qué me ha sucedido? ¿Cómo he llegado hasta aquí?

“Este Evangelio no es para deprimirnos ni para angustiarnos por el infierno, es tan solo un nuevo recordatorio del Señor de que no por el hecho de llamarnos cristianos vamos a llegar al Cielo”, advirtió Monseñor Ulloa.

Por eso, exhortó a los fieles a pedir al Señor la gracia de reconocer los milagros que ha realizado en nosotros y que salgamos a predicarlos como auténticos apóstoles. “El milagro es transformar actos, actitudes y comportamientos”.

Al final de la Eucaristía, la Secretaria Ejecutiva de la Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Panameña (CEP), Desireé Price, leyó un comunicado donde exhorta a la población a orar por los enfermos del coronavirus, de manera particular a los que se encuentran en cuidados intensivos. 

Asimismo, el comunicado recuerda a todos los voluntarios de la Pastoral de la salud que están pendientes de los enfermos de sus parroquias a los que visitaban con regularidad llevándoles el Pan de la Palabra y el Pan Eucarístico. “Ahora están pendientes de llevarles alimentos”. 

A continuación, el texto completo de la Homilía de Monseñor Ulloa desde la capilla del Seminario Mayor San José.

Homilía San Camilo Leslie

Mons. José Domingo Ulloa Mendieta

Hoy agradecemos a todos los integrantes de la Pastoral de la Salud en todo el país, en las diversas parroquias de nuestras diócesis, compuestas por grupos de personas que se dedican a visitar a feligreses y mayores y enfermos.

Por eso pidamos al Señor que nos regale el don que tuvo San Camilo y tantos hermanos que conforman la Pastoral de Salud que ha descubierto la presencia suya en los enfermos.

Nuestro santo estaba inflamado en el fuego de una santa virtud, no sólo para con Dios, sino también para con el prójimo, en especial para con los enfermos; y esto en tal grado que la sola vista de los enfermos bastaba para enternecer y derretir su corazón y para hacerle olvidar completamente todas las delicias, deleites y afectos mundanos.

Cuando servía a algún enfermo, lo hacía con un amor y compasión tan grandes que parecía como si en ello tuviera que agotar y consumir todas sus fuerzas. De buena gana hubiera tomado sobre sí todos los males y dolencias de los enfermos con tal de aliviar sus sufrimientos o curar sus enfermedades. 

Descubría en ellos la persona de Cristo con una viveza tal, que muchas veces, mientras les daba de comer se imaginaba que eran el mismo Cristo en persona y les pedía su gracia y el perdón de los pecados.

Estaba ante ellos con un respeto tan grande como si real y verdaderamente estuviera en presencia del Señor. De nada hablaba con tanta frecuencia y con tanto fervor como de la santa caridad, y hubiera querido poderla infundir en el corazón de todos los mortales. 

Deseoso de inflamar a sus hermanos de religión en esta virtud, la primera de todas acostumbraba a inculcarles aquellas dulcísimas palabras de Jesucristo: Estuve enfermo, y me visitasteis. Estas palabras parecía tenerlas realmente esculpidas en su corazón; tanta era la frecuencia con que las decía y repetía: 

La caridad de Camilo era tan grande y amplia que tenían cabida en sus entrañas de piedad y benevolencia no sólo los enfermos y moribundos, sino toda clase de pobres y desventurados. Finalmente, era tan grande la piedad de su corazón para con los necesitados, que solía decir: 

«Si no se hallaran pobres en el mundo, habría que dedicarse a buscarlos y sacarlos de bajo tierra, para ayudarlos y practicar con ellos la misericordia».

Por eso Jesús hoy alza su voz contra las ciudades que no se han convertido, pues a pesar de haber recibido profetas y mensajeros que le han animado a ello, todo ha sido inútil.

Jesús no pone el acento en el pecado, sino en los duros de corazón, en los que no quieren escuchar ni convertirse. Esto me lleva a pensar ¿y yo? ¿Cuántas oportunidades, llamadas al crecimiento, al cambio, a la conversión he recibido de Dios a través de múltiples canales de comunicación, señales, guiños, mediaciones a lo largo de mi historia? ¿Las escucho? ¿Dejo que el Señor tenga una palabra que decir sobre mi vida? ¿O soy como las ciudades de Corozaín, Betsaida o Cafarnaún, más duro que una piedra?

Hoy no tengamos miedos de reconocer ¡Qué duras palabras, Señor! Y preguntarnos sinceramente:  Yo soy Corozaín. Yo soy Betsaida. ¿Qué me ha sucedido? ¿Cómo he llegado hasta aquí?

Este Evangelio no es para deprimirnos ni para angustiarnos por el infierno. Este Evangelio es tan solo un nuevo recordatorio del Señor de que no por el hecho de llamarnos cristianos vamos a llegar al Cielo. «Velad y orad». Mira que es fácil criticar este mundo y todos sus errores.

Con frecuencia señalamos a Tiro y Sidón como ciudades paganas y pecadoras, y nos regocijamos farisaicamente de que nosotros formamos parte del pueblo elegido de Dios.

¡Y somos el Pueblo elegido de Dios! Nosotros somos Cafarnaúm. Pero Cafarnaúm no debe olvidar que para escalar el Cielo se debe trabajar mucho. Especialmente, debe trabajar la humildad para implorar perdón y ayuda de Dios.

¡Cuántas personas de otras culturas, religiones y estratos sociales no habrían sido grandes santos si hubiesen tenido la oportunidad de vivir nuestra vida y circunstancias! ¡Cuántos milagros no ha hecho Dios en nuestra vida y, sin embargo, seguimos viviendo con frialdad!

Pidamos al Señor la gracia de reconocer los milagros que ha realizado en nosotros para que salgamos a predicarlos como auténticos apóstoles.

Busquemos los verdaderos milagros de Dios para nuestra vida

Por eso es necesario tener presente que el gran milagro es la conversión. Nadie experimenta milagro en la vida si no se ha convertido o no es convertido por la Palabra y por la gracia de Dios.

¿Qué mayor milagro queremos el que una persona vengativa se convierta en amorosa? ¿Qué una persona que mundana sea santificada? ¿Qué una persona que cultivaba solo el mal dentro de sí hoy siembra el bien en las almas?

Miremos para dentro de nosotros: ¿cuál es el más grande milagro que experimentamos de Dios en nosotros?

Milagro es cambiar la visión, el corazón y la dirección. No puede una persona ver lo que Jesús realiza en nuestro medio, si el corazón sigue siendo siempre el mismo, aquel corazón duro y cerrado.

Seguir siendo aquella persona que donde ella se encuentra no trae la gracia, y la presencia es muy incómoda, porque solo trae el negativo.

Por eso, Jesús está censurando la mayor parte de las ciudades, donde sus milagros fueran realizados porque las personas paraban en el espectáculo, y no en la gracia.

Milagro es convertir, es transformar la mente cerrada en un lugar donde la gracia de Dios entra

Tomemos cuidado que nuestra fe no sea un espectáculo, donde vamos en búsqueda de ver algo extraordinario, donde estamos con una enfermedad, y esta enfermedad salió de nosotros, y vimos salir del otro.

Buscas un milagro a cada día, ese milagro eres tú. Donde no solo tú, sino los demás reconocen que ya no eres más aquel hombre viejo que fuiste.

Experimentemos, el gran milagro de la vida que es aquel que vence nuestro orgullo, soberbia, nuestras vanidades y se deja guiar por la humildad de Jesús. Si no nos convertimos, no entraremos en el reino de los Cielos. Por eso, milagro es convertir, es transformar lo que era viejo en nuevo, es transformar la mente cerrada en un lugar donde la gracia de Dios entra.

Milagro es transformar actos, actitudes y comportamientos. Milagro es ver a una persona que tirada en el sofá todo el tiempo, y ver que es capaz de levantarse, moverse y cuidar de su propia salud.

Milagro es ver que una persona que se quedaba todo el tiempo con el celular, con internet, con la televisión, es capaz de dejar eso de lado para escuchar a Dios y reflexionar Su Palabra.

Busquemos los milagros verdaderos de Dios en nuestra vida.

PANAMÁ, acatemos las normas que nuestras autoridades han implementado. Por ti, por los tuyos, por Panamá -Quédate en casa.

† JOSÉ DOMINGO ULLOA MENDIETA, O.S.A.

ARZOBISPO METROPOLITANO DE PANAMÁ

 

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