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Educación Integral: pilar de formación.

Prof. Montgomery A. Johnson Mirones, ocds

Desde hace centurias, la Iglesia Católica se caracterizó por la educación y formación de la juventud, no solo a nivel escolar sino también con las clásicas universidades europeas. La Iglesia, en su calidad de madre y maestra, ha propuesto modelos que promueven un camino justo, digno, y humano en nuestro peregrinar terrenal. Grandes expositores de la filosofía, humanismo y ciencia, hoy Doctores de la Iglesia como: Tomás de Aquino, Gregorio Magno, Agustín de Hipona; Teresa del Niño Jesús, maestra de espiritualidad para jóvenes (también conocida como la Doctora del Amor); y por supuesto, las figuras de San Juan Bautista de La Salle y San Juan Bosco, otros muchos más.

El amor de estos exponentes por la educación y los jóvenes, por los más necesitados y vulnerables de la sociedad ha motivado la fundación de escuelas, universidades, y congregaciones dedicadas a la educación y la formación.  Queremos apelar en este caso especial al término de “formación”, y más aún, que sea integral.

¿Quién es más genio: el ganador de las olimpiadas de matemáticas, el jugador más valioso de la liga deportiva, el que toca un recital de piano, los más bilingües que ganan 5.0 en inglés o aquel que con promedio regular es el que más quieren sus compañeros por ser el solidario y amigo? Respuesta: todos lo son. Y no es porque medimos sus coeficientes de intelectualidad ni sus boletines de nota.

El concepto de la inteligencia múltiple, propuesto por Howard Gardner, nos explica que hay formas diversas de demostrar talentos, habilidades y competencias. Tanto desde el punto de vista cristiano como el pedagógico, no podemos decir que una es más importante que la otra, sino que son manifestaciones distintas de humanismo.

Como maestros y padres de familia nos corresponde incentivar la integralidad de la educación, es decir, desarrollar la persona en sus diversas dimensiones: física, mental, espiritual, social, familiar, estética, artística, y lograr un balance entre ellas.  En la etapa escolar, incluso superior, compete enseñar de una forma completa, lo que comúnmente conocemos como “conocimientos generales”.  Esto es así aunque haya bachilleratos y especialidades. El profesional exitoso, en el campo que sea, es quien además pueda sostener una conversación inteligente, un debate respetuoso con personas de distintas culturas. 

A los niños no se les obligue que les guste de todo, pero sí nos compete formar su personalidad para que de forma autónoma puedan tener sus preferencias culturales en libertad, practicarlos y perfeccionarlos.  Con un horario que le sirva dar estructura, podrá cumplir con sus obligaciones además de sus gustos. El niño crecerá en responsabilidad sabiendo cómo combinar deberes netamente académicos, con otras competencias extra curriculares de forma sana y productiva.

Una persona con muchos diplomas, certificaciones e idoneidades que adornen su currículum, pero que no sabe ser “persona” lo dejará mal parado y presentado donde fuere. Esa capacidad de relacionarse interpersonalmente, con valores y decencia, se enseña en la casa y se practica en la escuela día a día.  Pero si como padres o maestros tampoco decimos “buenos días”, no esperemos que los niños que aprenden más por el ejemplo, lo hagan después.

Por ello, es deber de los adultos ser modelos de integralidad. No solo por su formación, sino también en el sentido de integridad, aquellas personas que solo siguen una línea y que, ante las tentaciones de caminos distintos, mantienen una sola dirección.

La educación integral nos abrirá más puertas, porque, aunque no nos especializamos en hacer, conocer o saber todo, es importante tener una base cultural que nos dé un horizonte amplio.  Cuando ese niño y joven, luego sea un profesional, podrá destacarse de diversas formas, aunque la más importante es la de ser persona que trascienda.  

Nosotros los educadores católicos le pedimos a estos Santos, patronos de la educación, de los maestros y jóvenes que sean para nosotros modelo para trazar proyectos de vida humanos y religiosos, asumiendo dignamente el compromiso de formar en la pedagogía, con el amor, que solo viene desde lo más Alto.

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